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Hay problemas que uno da por perdidos. Cuestiones que, después de muchas vueltas, de consultas y de noches en vela, parecen no tener salida. Y hay un momento, que todos conocemos, en el que alguien con criterio —un profesional, un perito, una persona de nuestra confianza— nos dice aquello de que el asunto está visto para sentencia, que no hay que darle más vueltas.

Pues bien: hoy quiero contarles que ese veredicto, en ocasiones, admite recurso. Y que el letrado que me lo ha ganado dos veces este año no es de carne y hueso: es la inteligencia artificial.

Me ocurrió por primera vez esta primavera. Tenía entre manos una circunstancia concreta que parecía imposible de resolver y que, gracias a una de estas plataformas de IA, encontró una solución importante que me ahorró, desde luego, mucho dinero.

No fue una simple idea, ni una aproximación que yo debiera después completar por mi cuenta: fue una solución definitiva, con argumentos y fundamentos sólidos, de esos que uno puede defender con la cabeza alta. Y volvió a ocurrirme este verano, con otra cuestión que ya se daba por zanjada, por definitiva.

Personas expertas en la materia me habían indicado que no había nada más que hacer. Sin embargo, mantuve una actitud optimista, quise agotar todas las posibilidades, planteé el asunto con el contenido y las instrucciones precisas, y la solución apareció donde ya nadie la buscaba.

Conviene que sea honesto con ustedes: esto no es magia ni es inmediato. Llevo apenas un año dedicado a investigar y a buscar soluciones con la inteligencia artificial, y en ese tiempo he aprendido que la clave está en la dedicación.

No me limito a un par de plataformas: son muchas las que frecuento, aunque hay unas seis principales que no voy a nombrar aquí, pero que casi todo el mundo imaginará.

Cada una tiene sus virtudes: unas ofrecen ciertas soluciones y otras aportan ideas distintas. E incluso ocurre algo fascinante: que los datos o las respuestas que te da una pueden servirte después para plantearle mejor la cuestión a otra, de modo que las inteligencias artificiales se relacionan y se aprovechan entre sí, como buenos compañeros de despacho.

Por eso insisto en que, sobre todo al principio, hay que dedicar mucho tiempo a conocerlas, a compararlas unas con otras, a saber hasta dónde puede llegar cada una. Les aseguro que su alcance y su eficiencia sorprenden.

Y una vez que uno conoce un mínimo de cada una de estas herramientas, llega el momento de servirse de ellas: para una labor creativa, para cultivar una afición —la lectura, la escritura, los viajes, las vacaciones, el ocio, el deporte—, o para lo que a mí me ha ocurrido en los dos casos que les he contado, el de la primavera y el de este verano: resolver problemas importantes de verdad.

Pienso a veces qué habría pasado si estos asuntos hubieran llegado a mis manos hace un año, cuando yo aún no manejaba estas plataformas. Seguramente no habría alcanzado los resultados satisfactorios a los que he llegado.

Habría aceptado el dictamen de que no había nada que hacer, como tantas veces aceptamos los veredictos ajenos por puro cansancio. Y esa reflexión me lleva a una convicción: la inteligencia artificial no sustituye al criterio propio, pero lo multiplica. No piensa por nosotros; nos permite pensar más lejos.

Por eso, para concluir, me permito recomendar a los lectores de esta columna que, si todavía no han profundizado en la inteligencia artificial, se animen a ello sin miedo y sin prejuicios. Tienen por delante todo un horizonte de expectativas y de soluciones para cualquier pregunta que quieran plantear.

Al fin y al cabo, en esta profesión mía llevo más de treinta y cinco años buscando salidas donde otros solo ven muros. Y les confieso que pocas veces he tenido un aliado tan incansable para encontrar la luz al final del túnel.