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Salgo a las 6:00 horas de la mañana desde Pall Mall East. Cruzo hacia St James's Park, dejo a la izquierda el palacio de Buckingham y llego, cuando los ciclistas y su velocidad me lo permiten, a la entrada de Hyde Park.

Primero el jardín de flores. Después una cuesta suave, y arriba aparece el Serpentine con esa luz que sólo tiene Londres a primera hora: el reflejo en el agua, la majestuosidad de los cisnes y los patos que me van acompañando por la orilla hasta el puente de piedra. Allí, cumplida la hora, doy la vuelta.

Voy grabando casi todo el camino, porque quiero terminar el libro sobre los cuatro meses que pasé en esta ciudad en 1990. Han pasado 36 años y sigo recordando con nitidez lo que viví aquí, y sobre todo a quienes lo vivieron conmigo: los compañeros y compañeras de la academia.

El lunes vuelvo a aquellas aulas. La escuela ya no se llama Pitman School sino St Giles International, pero está en el mismo edificio de Southampton Row, en Bloomsbury, con el mismo reloj asomado sobre la acera.

Hago el viaje con mi mujer y Londres sigue siendo mi ciudad favorita por muchísimas razones.

Hemos vuelto a Grenoble Gardens, en Palmers Green, a la casa de la familia irlandesa que me acogió aquellos meses, y bajé andando desde la estación de Wood Green, como hacía por las tardes al regresar de clase.

El viernes estuve en el Hippodrome de Leicester Square. Hoy es un casino; entonces era la discoteca más famosa y más moderna de Europa, con pistas que se elevaban, cambios de luces, la última música del momento y un ambiente inmejorable.

Y de allí a Covent Garden, al mercado y a la plaza donde quise perderle el miedo a los reptiles haciéndome una fotografía con una serpiente pitón.

Su dueño estaba siempre en el mismo sitio, con la cámara preparada para disparar al instante. Yo creía que la tenía adormecida. Gracias a Dios no me atreví y creo que aquella vez obré muy bien.

Los paseos por Oxford Street, por Knightsbridge, por Regent's Park, por Little Venice, por Camden Town. Y una cerveza con un fish and chips en el Swan, el pub de Cosmo Place, justo al lado de la escuela: ahí es donde me vuelven enteros aquellos meses.

Porque aquellos cuatro meses decidieron todos los demás. Fue aquí donde resolví no hacer el MBA que traía planeado y ponerme a ejercer la abogacía en cuanto pisara Sevilla.

Angelo, Nicolás, Kristina, Dominique, Jesús, Tomás. Y tantos otros. Imagino que ellos habrán pensado lo mismo de aquel curso, y que también habrán vuelto.

No voy a dar todavía sus nombres, pero es casi seguro que me reencuentre, tantos años después, con un compañero francés y con otro italiano: guardé sus direcciones en la agenda de 1990 y eso me ha permitido localizarlos en internet.

Me quedan por buscar los de Japón, Corea, Turquía, Grecia, Chipre, Alemania y Portugal. Y queda lo que de verdad quería contar aquí.

Cualquiera que me hubiera visto entonces habría dicho que aquello era un paréntesis. Un recién licenciado que se va unos meses al extranjero antes de ponerse a trabajar.

Un año sabático en versión reducida. No lo fue.

Yo no había estudiado inglés en mi vida: en el colegio y en la carrera hice francés. De modo que aquello fueron muchísimas horas, primero preparándome en Sevilla y después aquí, con treinta horas de clase a la semana, seis diarias.

Y de ahí salí con un certificado de Upper-Intermediate, alto intermedio, que todavía conservo. Para quien un año antes no había dicho una sola frase en inglés, no estaba nada mal. Aquel ha sido después mi capital.

Con ese nivel he viajado por todo el mundo y me he defendido en cualquier ciudad, en cualquier aeropuerto y en más de una reunión de trabajo. Treinta y seis años de rentabilidad de unos meses que parecían perdidos.

Lo escribo por si a alguien le sirve, y pensando sobre todo en los que terminan ahora una carrera y sienten que el tiempo que no cotiza es tiempo tirado. No lo es. Lo que uno aprende a los 25 a fuerza de horas se le queda dentro y le paga la vida entera.

El lunes, a las 15:00 horas de la tarde, volveré a cruzar aquella puerta de Southampton Row. Habrá cinco alumnos en el aula y yo seré uno de ellos, a los 62 años.

Es lo mejor que traía planeado de este viaje. Y todavía no ha empezado.