Hace unos días fui al cine a ver Toy Story 5. Confieso que entré en la sala sin demasiadas expectativas. Siempre se dice que segundas partes nunca fueron buenas y, en este caso, ya íbamos por la quinta entrega. Uno teme que ciertas historias, a fuerza de alargarlas, acaben pareciéndose a esos juguetes olvidados en el fondo de un cajón que, aunque conservan el nombre, han perdido toda la magia.
Sin embargo, cuando acabó la proyección salí bastante satisfecho. Me pareció una película bonita y, sobre todo, oportuna. Más allá de la nostalgia de reencontrarnos con Woody, Buzz y compañía, la historia contiene una importante reivindicación como es el valor de las personas y del juego compartido frente al exceso de la tecnología.
La película me hizo pensar en nuestra relación con las pantallas y, especialmente, con la tan nombrada inteligencia artificial que se ha abierto hueco en nuestras vidas como un torbellino, desbaratándolo todo. En muy poco tiempo hemos pasado de buscarlo todo en internet a preguntárselo directamente a una máquina. Antes escribíamos unas palabras en Google y aparecían cientos de miles de páginas. Ahora formulamos una pregunta y la IA nos entrega, en segundos, una respuesta ordenada, precisa y tranquilizadora.
Y ahí es donde reside buena parte de su éxito. La inteligencia artificial ha entendido mejor que nadie nuestro deseo de inmediatez. No queremos buscar, comparar ni dedicar excesivo tiempo a nuestro propósito. Queremos una respuesta. Y la queremos ya.
El problema comienza cuando dejamos de utilizarla como herramienta y empezamos a convertirla en compañía, consejera o refugio en los malos momentos. Le preguntamos cómo hacer un trabajo, desarrollar un proyecto o encontrar ideas para una tarea. Pero también acudimos a ella para resolver dudas sobre nuestra salud, interpretar nuestras relaciones personales, decidir qué hacer con nuestra vida o, sencillamente, conversar cuando la soledad aprieta.
Es en esa circunstancia cuando me pregunto en qué momento hemos empezado a perder nuestra humanidad para lanzarnos a los fríos brazos informáticos de la inteligencia artificial. Da igual el nombre de la herramienta. Todas parecen habernos seducido con una palabrería fabricada por algoritmos y cuidadosamente dispuesta para satisfacernos, al menos durante un rato.
Es una especie de placebo digital. Parece acompañarnos, pero no está con nosotros. Nos responde, pero no nos comprende. Nos ofrece palabras, aunque detrás no haya una conciencia capaz de sentir nuestra tristeza, compartir nuestra alegría o advertir el silencio que se esconde entre dos frases. Cuanto más esperamos que sustituya a las personas de carne y hueso, más vacíos quedamos y más expuestos a la soledad y al aislamiento.
Porque ninguna inteligencia artificial, por brillante que sea su discurso, puede devolvernos una mirada de comprensión, una caricia, un abrazo o un beso. Tampoco puede ofrecernos ese calor humano que unas veces consuela y otras corrige. La IA parece diseñada para decirnos aquello que queremos oír. Un ser humano, en cambio, puede decirnos lo que necesitamos escuchar, aunque no siempre nos guste. Puede poner cordura, sensatez y verdad donde nosotros solo buscábamos complacencia.
Por eso, pienso de nuevo en Toy Story. Durante años cantamos Hay un amigo en mí. Ahora corremos el riesgo de cambiar la letra y terminar diciendo Hay una IA en mí, como si la tecnología se hubiera apoderado no solo de nuestras rutinas, sino también de nuestros afectos.
La quinta película de la saga nos recuerda que los juguetes solo tienen sentido cuando alguien los sostiene, juega con ellos y les dedica su tiempo. Quizás nosotros tampoco seamos tan distintos. Necesitamos volver a creer —y a querer— en la humanidad, en la conversación sin pantallas, en la cercanía y en ese sencillo gesto de mirar a otro y saber que, de verdad, hay un amigo ahí.
