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Ha pasado una semana desde que España entera vivió uno de sus momentos deportivos recientes más emocionantes. Nuestra selección volvía a levantar la Copa del Mundo, la segunda de su historia, después de imponerse a la Argentina de un Messi que disputaba sus últimos minutos en un Mundial.

Durante unas horas, el país volvió a salir a la calle. Regresaron las banderas a los balcones, las camisetas rojas (y las blancas), los cláxones y los abrazos entre desconocidos y España celebró de nuevo un éxito deportivo dejando a un lado las diferencias. Quizá esa sea una de las pocas cosas que todavía puede conseguir el fútbol, hacernos sentir parte de algo común.

Pero si algo ha tenido este Mundial, desde que comenzó el pasado 11 de junio, ha sido su capacidad para devolvernos constantemente al campeonato de Sudáfrica de 2010. Desde el primer partido hemos buscado señales que nos permitieran creer que la historia podía repetirse.

Hemos comparado a los futbolistas, el estilo de juego o la forma en la que la afición acompañaba a la selección. Cualquier coincidencia parecía un presagio y cualquier dificultad nos recordaba que tampoco entonces fue sencillo.

Las dudas surgidas tras el empate frente a Cabo Verde se fueron disipando conforme avanzaron las eliminatorias. Poco a poco, casi sin atrevernos a decirlo en voz alta, la posibilidad de volver a ser campeones comenzó a parecer real. Cuando España llegó a la final, muchos sentimos que el torneo cerraba un círculo abierto desde aquella noche de Johannesburgo.

En cierta medida, lo vivido el pasado domingo fue una especie de regreso a la final de 2010.

Dieciséis años después, volví a ver el partido con mi familia. Cuando Ferran Torres marcó en la prórroga, la casa estalló como entonces. Y cuando España levantó la copa, salí con mi padre en coche para repetir el mismo recorrido de hace más de tres lustros por las calles, ondeando la misma bandera que durante semanas colgó de mi balcón durante el mundial de Sudáfrica.

Fue emocionante comprobar cómo centenares de personas habían tenido la misma idea. Las calles se llenaron de coches, motos, banderas y rostros eufóricos. Los claxones sonaban sin descanso y las emociones estaban a flor de piel. Durante unos minutos, todo se parecía mucho a aquella noche lejana de 2010. O quizá éramos nosotros quienes necesitábamos que se pareciera.

De regreso a casa, con la emoción ya más contenida, miré a mi padre y le dije que este Mundial había sido especial.

La selección había vuelto a unirnos bajo unos mismos colores y a darnos una alegría cuando el mundo parece cada vez más empeñado en complicarse. Sin restar un ápice de mérito a esta generación, también le confesé que como aquel Mundial de Sudáfrica no habría ninguno.

Aquella selección rompió el temido techo de cuartos y nos enseñó que España también podía ganar.

Antes de levantar aquella copa, habíamos aprendido a convivir con la derrota y las injusticias que tiene muchas veces el fútbol. Los jugadores de 2010 cambiaron para siempre nuestra forma de mirar a la selección. Esta generación ha llegado hasta aquí porque antes hubo otra que demostró que España, cuando quiere, es mucha España.

Tal vez por eso la nostalgia nos ha acompañado durante todo el torneo. No buscábamos únicamente señales de aquella victoria. Buscábamos también a quienes éramos entonces, las casas en las que vimos los partidos y las personas con las que celebramos los triunfos.

El Mundial de 2026 no podía ser igual al de 2010, porque nosotros tampoco somos ya los mismos. Pero nos ha regalado algo quizá igual de valioso como es la posibilidad de regresar por un instante a aquella noche en Johannesburgo. Una victoria que se ha celebrado recordándonos quiénes somos, pero, sobre todo, de dónde venimos.