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La semana próxima estaré en Londres. Lo escribo sin ninguna solemnidad, porque a estas alturas ya no es un viaje: es una costumbre, casi una liturgia de verano, como tantos otros veranos de mi vida.

Todo empezó en febrero de 1990. Tenía la carrera de Derecho recién terminada y esa edad en la que uno cree que el mundo lo está esperando en alguna esquina.

Me matriculé en la Pitman School, en Southampton Row, en pleno Bloomsbury, y desde aquel primer día tomé el metro hasta el norte de la ciudad, hasta Palmers Green, donde vivía. Fueron cuatro meses intensos que nunca he olvidado.

Conocí una ciudad fantástica, desmesurada, increíble; hice amigos y amigas cuyos nombres todavía pronuncio con gratitud y, sobre todo, me encontré a mí mismo, que es la única aventura que de verdad merece contarse.

He vuelto muchas veces después, con mi mujer, con mis hijos, y también solo. Volveré ahora.

Volveré a correr por Hyde Park a primera hora, cuando la hierba está mojada y la ciudad todavía no ha decidido despertarse.

Pasearé por Oxford Street y me sentaré, un año más, en la Brasserie of Light de Selfridges, donde por un precio razonable se cena espléndidamente mientras los camareros bailan detrás de la barra agitando las cocteleras con su pajarita y su esmoquin sin chaqueta, y una disc-jockey mueve la música de la última hora como si aquello fuera un pequeño teatro.

En las mesas de al lado —y allí las mesas están muy cerca— alguien celebra un cumpleaños, un aniversario, un ascenso, una buena noticia. Y ocurre siempre lo mismo: acaban ofreciéndote parte de su postre o una copa de vino. Porque, al contrario de lo que aquí suele creerse, en Londres es facilísimo hablar con un desconocido en el momento más inesperado.

Caminaré por Piccadilly Circus y por Covent Garden, y me detendré ante alguno de esos pubs de esquina que evocan los buenos momentos, las risas de los compañeros de clase cuando salíamos ya anocheciendo en los primeros días de marzo y nos tomábamos una pinta de cerveza roja.

Recuerdo perfectamente cuál era mi favorita: Old Speckled Hen, la vieja gallina moteada. Uno se hace mayor y descubre que la memoria guarda las marcas de cerveza con la misma fidelidad con que guarda los artículos del Código Penal.

Recorreremos calles, museos y rincones que devuelven días que siguen intactos. Tomaremos el metro hasta Bounds Green y llegaremos andando hasta Grovelands Park y hasta aquellas casas de Palmers Green que continúan exactamente igual, junto a los mismos árboles frondosos que hace treinta y seis años, en 1990. Nada se ha movido allí. Solo yo.

Ese es el enigma de Londres. Está la actividad de la City, la gente que camina rápido porque cada cual va decidido hacia su destino, y está, a la vez, lo contrario: bájese usted en Kensington, en Knightsbridge, en Bayswater o en Lancaster Gate, y recorra las calles. Es como si no hubieran pasado los años. Podría ser hace un siglo. Podrían ser dos.

Hay una parsimonia, una tranquilidad, una hospitalidad antigua; hay poesía junto a una fuente, junto a un lago, junto a un parque real. Pasearemos también por Lincoln's Inn Fields, tan cerca de los tribunales, recordando aquellos días con Angelo, con Cristina, con Anastasia, con Frederick.

Y el estudiante de Pitman volverá, como cada verano, a la sede de Southampton Row. Se quedará un momento parado en la acera, mirando la puerta, que es lo que uno hace cuando quiere comprobar que aquel muchacho de veinticinco años existió de verdad.

Entonces sonará —siempre suena— una canción de los Beatles. Yellow Submarine. Escúchenla con atención, porque su letra cuenta exactamente esto: un hombre que navegó, que habló del mar, y que un buen día decidió embarcarse y partir.

La banda entera acaba subiendo a bordo de un submarino amarillo rumbo a un lugar imposible; hay cielos azules, un mar verde, órdenes gritadas desde el puente, motores, música, y una tripulación que se hace amiga sin haberse conocido antes. Todos viven allí, todos caben, nadie sobra.

Cuando la escuché por primera vez en Londres no entendí ni la mitad de la letra. Ahora la entiendo entera, y no habla de un submarino: habla de irse a la aventura a los veinticinco años y descubrir que uno puede vivir en cualquier parte, con cualquiera, y ser feliz.

Nos vemos a la vuelta. Yo estaré en cubierta.