El verano avanza y Sevilla, una vez más, cambia por completo. Hace días que el silencio se instaló en las aulas y en los patios de los colegios, que el murmullo juvenil abandonó las facultades y que muchos negocios bajaron la persiana para colgar el cartel de «Nos vemos en septiembre».
La ciudad comienza entonces su particular éxodo hacia la tierra prometida de las costas de Cádiz y Huelva. Familias enteras cargan los coches, las calles pierden parte de su bullicio habitual y en los bares se hace más fácil conseguir una mesa que de costumbre. Sevilla se va quedando huérfana de muchos de sus naturales, mientras permanecen los turistas más osados, esos que deciden conocer la ciudad precisamente cuando el Lorenzo castiga con más fuerza que nunca.
Todo queda aletargado, como suspendido bajo un calor denso que se impone en cada rincón. Si uno pasea a ciertas horas, encuentra toldos echados, persianas bajadas y cortinas corridas. El asfalto devuelve el fuego, las plazas se vacían y hasta los pájaros parecen cantar con desgana. Sevilla adopta entonces un aire extraño, casi irreal, como si hubiera decidido echarse una siesta demasiado larga a la espera de que septiembre vuelva a despertarla.
A pesar de ello, reconozco que Sevilla me gusta en verano. A muchos les parecerá una temeridad, quizá incluso una extravagancia, pero en estos meses la ciudad adquiere otro ritmo. Lejos del vértigo de la rutina del resto del año, se vuelve más lenta, más callada, en cierto modo, más íntima. Hay algo especial en recorrer una avenida casi vacía al caer la tarde, en descubrir rincones que durante el invierno quedan ocultos tras las prisas o en sentarse en una terraza cuando el sol empieza por fin a rendirse.
Pero en verano, también está esa otra ciudad, la Sevilla de los que se quedan. De aquellos que tienen que trabajar para que todo continúe funcionando: sanitarios, policías, bomberos, conductores, dependientes, camareros y tantos otros cuyo esfuerzo sostiene el día a día mientras buena parte de Sevilla descansa lejos de ella. Son quienes atienden una urgencia, apagan un incendio, mantienen limpias las calles o levantan la persiana cuando casi todas las demás permanecen cerradas.
También se quedan quienes no pueden permitirse unas vacaciones. Quienes miran el mar desde las fotografías de otros, quienes hacen cuentas antes de encender el aire acondicionado o quienes buscan refugio en una biblioteca, en un centro comercial o bajo la sombra de un parque. Y se quedan, igualmente, quienes por edad, enfermedad o dependencia no pueden abandonar la ciudad, aunque el cuerpo les pida escapar de un verano que cada año parece más largo.
Quizá por eso conviene mirar Sevilla con otros ojos durante estos meses. Detrás de su aparente abandono hay una ciudad que sigue latiendo, sostenida por personas a las que rara vez prestamos atención. Mientras unos se despiden hasta septiembre, otros permanecen aquí, cuidando de lo común, resistiendo el calor y manteniendo encendida la vida cotidiana.
Ellos son los habitantes de la Sevilla estival. Los que no se marcharon. Y tal vez, cuando regresemos con arena todavía en los zapatos y la nostalgia del mar en la mirada, deberíamos recordar que la ciudad siguió ahí porque hubo quienes, sencillamente, se quedaron.
