Aturdido por el sofocante calor estival sevillano, busco un refugio climático que me permita descansar unos minutos antes de seguir con la rutina.

Entro en una cafetería, me siento en una mesa y pido un café. Nada extraordinario, en apariencia. Un gesto sencillo, casi automático, de esos que repetimos sin concederles demasiada importancia.

Confieso que soy un gran aficionado a las cafeterías. No hablo solo del café, aunque pocas cosas reconcilian tanto con la mañana como una taza bien servida. Me refiero a todo lo que sucede alrededor.

El murmullo de las conversaciones, el sonido leve de las cucharillas, el aroma a café y bollería, la gente que lee, quien espera, quien trabaja o quien mira por la ventana como si el mundo pudiera detenerse unos minutos tras el cristal.

Sevilla es, sin duda, una ciudad muy de bares, pero las cafeterías pertenecen a otra familia del tiempo.

Funcionan con otro ritmo, con una idiosincrasia propia. En ellas se entra para alejarse del mundanal ruido de la ciudad y concederse una pequeña tregua, un paréntesis en nuestra rutina. Por eso, siempre que el tiempo me lo permite, me gusta pasar un rato en una cafetería.

Mientras me sirven con amabilidad, que también conviene agradecer en estos tiempos ásperos, pienso en cómo han cambiado las cafeterías de un tiempo a esta parte.

Algunas han dejado de ser espacios para el encuentro y se han convertido en lugares de tránsito rápido. Locales pequeños, con apenas dos mesas, diseñados para entrar, pagar y salir. Eso sí, con cafés exclusivos, de origen remoto, comercio justo y precios, en ocasiones, demasiado excesivos.

No tengo nada contra el buen café. Al contrario. Bendito sea quien cuida el producto, quien sabe prepararlo y quien entiende que una taza de ese brebaje oscuro también puede ser una forma de oficio. Lo que me inquieta no es la calidad del café, sino la desaparición del lugar.

Esa idea cada vez más extendida del café como producto de paso, como combustible urbano, como algo que se compra para llevar en un vaso de cartón mientras se camina hacia otra obligación. Un café sin mesa, sin conversación, sin pausa. Un café reducido a consumo.

Por eso conviene reivindicar las cafeterías de siempre, las que han sido descanso para quienes trabajan, refugio para quien necesita ordenar la mañana, espacio de encuentro para quienes se quieren y punto de reunión para los inquietos.

¿Qué habría sido de Lorca sin las tertulias del Café Alameda de Granada? ¿Y Ramón Gómez de la Serna sin el Café Pombo? ¿O de Hemingway sin su mesa en Le Deux Magots de París? ¿O qué decir del café cantante de Silverio Franconetti en Sevilla?

Pero hay otra idea que me interesa todavía más. La expresión “tomar un café”. Una frase aparentemente banal, hecha, dicha casi por decir, pero que entraña una gran profundidad. Porque tomar un café casi nunca significa solo tomar un café.

Puede significar literalmente eso, claro. Pero también puede querer decir “a ver si nos vemos”, “hace tiempo que no sé de ti”, “necesito hablar”, “quiero verte”, “te echo de menos”, “me gustas” o “no estoy bien y no sé cómo decirlo”.

En una época marcada por la prisa, las redes sociales y las aplicaciones para ligar, trabajar, comprar o hacer amigos, sacar unos minutos para sentarse frente a otra persona empieza a parecer un acto de rebeldía.

Frente al mensaje fugaz, una conversación. Frente al escaparate digital, una presencia real. Frente al rendimiento permanente, el humilde derecho a paladear la vida sin pedir perdón. Porque el café es la excusa. La experiencia verdadera es otra.

Apuro la taza, cierro el cuaderno de notas y me preparo para regresar al calor de la calle. Antes de salir, miro alrededor. Alguien lee el periódico. Dos amigas conversan. Un hombre remueve lentamente su café. Un camarero saluda por su nombre a un cliente habitual. Nada fuera de lo común.

Y, sin embargo, ahí sigue latiendo una forma sencilla y necesaria de humanidad. Quizá por eso conviene defender las cafeterías, porque todavía nos recuerdan que vivir también consiste en sentarse, mirar, escuchar y dejar que el tiempo pase sin rendir cuentas.