Confieso al lector que, en medio de la catarata de imputaciones, diligencias previas, autos judiciales y esa costumbre nacional de desayunar con un nuevo escándalo, esperaba alguna explicación. Una palabra, un gesto, un atisbo siquiera de rubor institucional. Pero no.
España, siempre original, ha decidido mirar al cielo. Y no por elevación moral sino por recomendación directa del presidente del Gobierno, quien en un alarde de pedagogía cósmica, ha tenido a bien instruirnos sobre cómo contemplar el próximo eclipse solar del 12 de agosto.
No se podría pensar en una metáfora más perfecta. Mientras en la tierra se acumulan 126 investigados en 16 causas judiciales, que no es cifra menor, el Gobierno invita a la ciudadanía a observar cómo la luz desaparece.
Y lo hace con entusiasmo didáctico: que si el mejor lugar, que si la herramienta digital, que si el Trío de Eclipses. Solo faltó añadir que el fenómeno, aunque pasajero, puede repetirse con frecuencia si uno se empeña.
Dice el presidente Pedro Sánchez, con tono cercano, que seguro que ya estáis pensando dónde ir a verlo y con quién. Por mi parte, yo lo tengo claro: lo veremos desde el banquillo, acompañados de una nutrida representación institucional.
Porque no hablamos aquí de un desliz, ni de un caso aislado, ni de esa corrupción menor que algunos toleran como quien tolera el mal tiempo ¡No! ¡Hablamos de una auténtica constelación de imputados que crece semana a semana! Como si de un fenómeno astronómico se tratara.
Treinta y cuatro nuevos en los últimos días, entre ellos nombres de peso: la directora de la Guardia Civil, el DAO, altos mandos y responsables de empresas públicas. Un firmamento completo.
Pero nada de esto parece merecer explicación alguna. Antes al contrario, se nos ofrece una web para saber si vamos a tener buena visibilidad.
Y en esto, el Gobierno acierta: la visibilidad es excelente. Tan clara es la imagen que ya no hace falta telescopio. Basta con abrir cualquier auto judicial o seguir el rastro de contratos sospechosos para comprobar que aquí no hay eclipse, sino exceso de luz.
Aunque, bien mirado, quizá el consejo presidencial encierre una advertencia más profunda. "No te olvides de las gafas" dice al despedirse. Y tiene razón. Porque sin protección adecuada, la visión directa puede resultar dañina.
Tal vez se refiera a eso: a que conviene mirar la realidad con filtros, con prudencia, con cierta indulgencia selectiva. No vaya a ser que veamos demasiado.
Entretanto, la Hacienda pública investiga el patrimonio de un expresidente, aparecen joyas que brillan más que cualquier astro y la oposición habla de tragedia nacional y organizaciones criminales. Todo ello, naturalmente, sin alterar el calendario celeste.
España, que fue tierra de exploradores, parece haber cambiado la brújula por el horóscopo. Recuerdo ahora a aquel funcionario de Larra que, ante cualquier gestión urgente, respondía con un imperturbable ¡Vuelva usted mañana!
Hoy, la versión actualizada sería más sofisticada: ¡Mire usted el eclipse! No pregunte, no insista, no se inquiete. Espere al fenómeno astronómico, que siempre es más elegante que una comparecencia incómoda.
Y así, entre eclipses y herramientas digitales, entre consejos útiles y silencios elocuentes, el país sigue su curso. Los procedimientos judiciales avanzan, lentos como todo lo serio, y la política, en cambio, se eleva hacia alturas más seguras, donde la gravedad no alcanza.
Hay cierta coherencia en todo ello. Si la realidad resulta molesta, lo mejor es cambiar de plano. Si los hechos incomodan, elevemos la conversación. Y si las preguntas aprietan, siempre nos quedará el cielo.
Pero no olvidemos que los eclipses, por muy espectaculares que sean, duran poco. La luz vuelve. Y cuando vuelve, lo ilumina todo. Incluso aquello que algunos preferirían mantener en penumbra.
De modo que, sigan el consejo presidencial: busquen un buen lugar, utilicen la herramienta adecuada y no olviden las gafas. Pero, si se me permite una sugerencia adicional, no dejen de mirar también hacia abajo.
Porque mientras ustedes contemplan el eclipse, hay quien confía en que no miren otra cosa. Y ese, me temo, es el verdadero fenómeno digno de estudio.