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A finales de junio, cuando Sevilla empieza a vaciarse lentamente hacia la costa pero aún conserva el pulso intenso de su vida social, conviene mirar con cierta distancia lo que ocurre a nuestro alrededor. Porque, aunque cambien los escenarios, hay dinámicas humanas que permanecen intactas desde hace más de dos mil años.

Séneca, cordobés y profundamente romano, describía en sus escritos escenas de intriga, ambición, rivalidad y apariencia que hoy reconoceríamos sin esfuerzo. Basta observar, sin ir más lejos, la vida interna de nuestras hermandades y cofradías. Cuando se aproximan elecciones a junta de gobierno, lo que debería ser un ejercicio sereno de servicio se convierte, en ocasiones, en un campo de tensiones.

Surgen candidaturas enfrentadas, se activan apoyos discretos, aparecen críticas veladas —o no tanto—, y lo que empieza como legítima aspiración degenera a veces en rivalidad personal. La devoción queda en segundo plano frente a la estrategia. Lo mismo sucede en la universidad. En los departamentos, en las elecciones a decanos, en la vida académica cotidiana, afloran alianzas, recelos, silencios calculados. Quien discrepa, quien introduce una crítica —aunque sea razonada y constructiva—, aprende pronto que el precio puede ser alto: aislamiento, pérdida de oportunidades, descrédito sutil. Tampoco escapan a estas dinámicas los partidos políticos.

Más allá del enfrentamiento externo, lo verdaderamente áspero suele estar dentro. La llamada “democracia interna” convive con mecanismos de control que castigan la disidencia. Quien intenta liderar una corriente crítica o simplemente expresar una opinión independiente, se expone a consecuencias que rara vez son visibles, pero casi siempre efectivas.

Y, por supuesto, Sevilla no es ajena a estas tensiones en otros ámbitos. En el mundo del flamenco, donde el arte y el reconocimiento conviven con egos y trayectorias, o en el fútbol, donde la pasión amplifica cualquier conflicto. Hoy, sin ir más lejos, el Sevilla Fútbol Club vive una etapa de fuerte contestación interna, con corrientes enfrentadas y una fractura evidente entre parte de la afición y su directiva. Nada de esto es nuevo.

Nada de esto sorprendería a Séneca.

En sus “Cartas a Lucilio”, en “De la ira” o en “De la constancia del sabio”, insiste en una idea central: el problema no está en que estas cosas ocurran, sino en cómo nos afectan. La ambición, la rivalidad, la crítica o la injusticia forman parte de la condición humana. Pretender eliminarlas es ingenuo; dejarse arrastrar por ellas, peligroso. El verdadero reto es otro: mantener la propia estabilidad en medio de ese entorno. Séneca propone una actitud que hoy resulta tan exigente como necesaria. No reaccionar impulsivamente. No dejarse gobernar por la ira. No depender del reconocimiento ni temer la crítica.

Quien actúa en función de lo que otros dicen o piensan vive en permanente inestabilidad. Frente a ello, el filósofo propone la fortaleza interior. Tener criterio propio. Obrar con rectitud, incluso cuando no resulta rentable. Y, sobre todo, mantener una forma: la corrección, la serenidad, la amabilidad. Esto último merece una pausa. Porque en ambientes donde la tensión es alta —una candidatura disputada, una votación ajustada, una crítica pública—, lo habitual es endurecerse. Responder con la misma dureza, entrar en la dinámica del enfrentamiento.

Sin embargo, Séneca plantea lo contrario: la verdadera firmeza no necesita aspavientos. Se puede discrepar sin destruir. Se puede competir sin degradar. Se puede perder sin resentimiento. Y, más difícil aún, se puede ganar sin soberbia. Aplicado a la Sevilla de hoy, esto no es una teoría abstracta. Es una forma concreta de estar en el mundo. En una hermandad, en una facultad, en un partido político o en un club de fútbol, cada uno decide si contribuye a elevar el tono o a degradarlo.

Porque, al final, la diferencia no la marca el conflicto —que siempre existirá—, sino la manera de afrontarlo. Séneca, que conoció el poder, el destierro y la caída, lo dejó claro: nada externo puede descomponer al hombre que ha aprendido a gobernarse a sí mismo. Y esa enseñanza, leída hoy en Sevilla, sigue teniendo la misma vigencia que en la Roma imperial. Quizá por eso conviene recordarlo ahora, cuando el ruido es constante y las tensiones parecen inevitables: la serenidad no depende de que el entorno sea justo o tranquilo, sino de que uno haya aprendido a mantenerse firme dentro de él.