España ha recibido con orgullo al papa León XIV en su primera visita a nuestro país como pontífice. Madrid, Barcelona y Canarias se han convertido estos días en una especie de trinidad hispana que nos ha dejado momentos para el recuerdo como la vigilia de oración con los jóvenes en la Plaza de Lima, la misa en la Sagrada Familia con la inauguración de la torre de Jesucristo o los encuentros con migrantes en Gran Canaria y Tenerife. Yo tenía previsto acercarme a la capital para vivir de cerca este encuentro tan especial con el Santo Padre, pero un contratiempo de última hora me impidió asistir.
Resignado en casa, he seguido esta histórica cita a través de los medios de comunicación y he pensado en nuestra querida Andalucía. Sin desmerecer, por supuesto, a ningún rincón de España, uno no podía evitar preguntarse por qué León XIV no ha decidido bajar al sur. No es cuestión de vanidad, sino de constatar que la religiosidad popular andaluza vive un momento de enorme vitalidad y merece ser contemplada en primera persona por quien ostenta la cátedra de San Pedro, como ya le hizo saber el propio Antonio Banderas al pontífice durante su intervención en el Movistar Arena.
Por desgracia, durante años se ha reducido el mundo de la piedad popular a sacar santos a la calle. Pero detrás de la profesión pública de fe hay mucho más. Hay formación cristiana, un trabajo constante de recuperación patrimonial, una transmisión cultural y social y, sobre todo, una obra social que rara vez ocupa los titulares y que supone un eje básico de cualquier corporación andaluza de esta índole. Estamos ante comunidades que sostienen, acompañan, educan y ayudan a quienes más lo necesitan, independientemente de que su carácter sea penitencial, glorioso o sacramental. Las hermandades están ahí cuando se las necesita.
Por eso, mientras contemplaba los actos de la visita pontificia, imaginé cómo habría sido recibir al Santo Padre en Sevilla. Quizá con una vigilia de jóvenes en la Plaza de España o con un encuentro diocesano en el Estadio de la Cartuja, que acoge los grandes acontecimientos de esta ciudad. Quizá con la procesión del Corpus el domingo por la tarde, tal y como sale el jueves, con sus niños carráncanos, sus altares, sus imágenes y su aroma a juncia y romero. Y, por qué no, con una parada en la casa de las Hermanas de la Cruz para conocer de cerca su profunda labor social.
Puestos a imaginar, tampoco habría estado mal acercarlo a algunos templos de las hermandades para que conociera de primera mano lo que allí se hace cuando las imágenes no están en la calle, especialmente esa obra social que sostiene en silencio a tantas personas. O una tarde en los barrios más humildes de la ciudad, donde la fe se vive con una fuerza especial y la devoción no es impostada, tal y como se vio durante la misión de la Esperanza de Triana.
Y, ya que soñamos —permítanme el atrevimiento— qué menos que ver al Papa probar un montadito de pringá o unas pavías de bacalao en algún bar cofrade, mientras suena Amarguras de fondo y un grupo de parroquianos conversa con el vicario de Cristo sobre la carrera oficial o el exceso de magnas y extraordinarias. La escena quizá no entraría en el protocolo vaticano, pero tendría un valor teológico incalculable: la encarnación también pasa por la barra de un bar, si uno sabe mirar con un poco de gracia divina.
Sinceramente, no sé cuándo volverá un pontífice a España. Tal vez sea León XIV o tal vez alguno de sus sucesores. Lo que sí está claro es que la Santa Sede tiene una deuda con Andalucía, que espera desde 1993 que el pastor de la Iglesia universal vuelva a encontrarse con sus ovejas en la llamada tierra de María. Como somos buenos cristianos, aceptaremos su voluntad y aquí seguiremos esperando con la misma fe y devoción de siempre. Pero esperemos que no se haga mucho de rogar. ¡Amén!
