Los retratos más lúcidos de Sevilla raramente han sido trazados por quienes la habitan: ahí está Luis Cernuda, que escribe sus versos más hondos desde Oxford mientras lee a Hölderlin, u Octavio Paz, quien desgrana su análisis sobre el poeta sevillano desde Delhi, siendo embajador de México. Pareciera que la distancia es una condición propicia para ver la ciudad con claridad, mezclarse entre lo extraño para reconocer lo propio.
La nuestra es una de esas ciudades que se resisten a ser descritas, de esas que se desvelan solo cuando se las mira desde lejos, como esos frescos que deben verse varios pasos atrás para que la perspectiva funcione. Una de las razones esté, quizás, en que vivimos en un umbral construido entre la roca romana y el yeso barroco, entre la Itálica enterrada y la ciudad que crece sobre su desmemoria enterrando fosas en el olvido.
Entre fosas de huesos y fosos de anfiteatro, Rodrigo Caro escribe a finales del siglo XVI su antológica Canción a las ruinas de Itálica: «Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora / campos de soledad, mustio collado, / fueron un tiempo Itálica famosa». La ciudad de Trajano y Adriano llevaba ya siglos debajo de los pies de Santiponce, ignorada por quienes la pisaban, reconocible solo para quien llegaba desde fuera dispuesto a excavar. Caro desentierra las piedras que se dejan ver en las colinas preñadas de historia, y lo hace a través de la palabra. Ivo de la Cortina, pintor y arqueólogo, intenta hacer lo propio a través del dibujo cartografiando ese subsuelo a principios del XIX, hasta que la Junta Revolucionaria de Sevilla lo destituye en 1840 por sus «ideas liberales y progresistas». Las ruinas siempre incomodan a quienes prefieren el suelo —y el pensamiento— liso.
Lo que hacen Caro y Cortina es un ejercicio muy similar al que siglos después harán Cernuda al traducir a Hölderlin o Jorge Luis Borges a Ernst Stadler: excavar un original para encontrar lo que hay debajo. Borges teoriza sobre estas transferencias al describir la práctica traductora, definiéndola como «una modificación de un texto que conserva ciertos aspectos y elimina otros». La ciudad funciona de forma similar. Cada escritor que la describe la traduce, elimina algunos aspectos, conserva otros, y el resultado es una Sevilla que no coincide con ninguna otra pero que, acumuladas, constituyen la única urbe posible. Itálica tiene en el tiempo su traductor, caprichoso seleccionador de piedras que quita, y piedras que pone. Igual que una palabra cambia de significado al ser traducida, también las piezas colocadas de una determinada forma alteran la lectura que hacemos hoy de las ruinas, aunque no tengamos la oportunidad de discutir con su autor, porque no tiene cuerpo ni rostro el tiempo.
En un apoyo inconsciente a Rodrigo Caro, la arquitecta e historiadora Marta Llorente dice que el lenguaje «guarda mucha más arquitectura que los desmantelados yacimientos arqueológicos». Si esto es cierto —y hay razones para creerlo— Sevilla existiría más en sus nombres que en sus piedras. Por eso se pueden visitar ciudades leyendo sobre ellas, o incluso recordándolas. La memoria no hace otra cosa que almacenar imágenes a las que pone nombre, y es a través de ese glosario escrito en la cabeza que regresamos a los lugares que un día recorrimos. Cernuda vuelve siempre a Sevilla sin querer: había decidido no hacerlo después de construir toda una poética del exilio y el alejamiento, pero Itálica reaparece en sus versos irremediablemente, grabada con tinta indeleble en su cuerpo.
El último poema de La realidad y el deseo, titulado «A mis paisanos», termina con una pregunta todavía sin respuesta: «¿Culpa mía tal vez o de vosotros?». Cernuda muere en México en noviembre de 1963, y poco después Octavio Paz le dedica un ensayo luminoso, «La palabra edificante», donde describe su obra como una arquitectura construida «hora a hora, con tiempo vivo». Los versos de Cernuda se componen de palabras tan edificantes como las piedras. Por eso también tienen el riesgo de desintegrarse si no son leídos, aunque siempre las recordemos. Leer —acaso traducir— al poeta es un ejercicio de conservación, algo parecido a aplicar un mortero de cal sobre los paramentos que cobijan la memoria y los papeles del poeta.
Quizás para ahuyentar el miedo a que algún día perdamos las palabras escritas, hace unas semanas se leyó en la Universidad de Sevilla una tesis doctoral titulada Materias efímeras: arquitectura, tiempo y destrucción, en la que su autor, Pablo Blázquez Jesús, demuestra que la destrucción de la materia es en sí misma un proceso de construcción.
Según Blázquez, la entropía conduce al universo a un desorden exponencial que acaba por desintegrarnos, por fundirnos —nosotros y nuestras obras— con otras partículas hasta perder nuestra condición original. El propio volumen de esa tesis, compuesto de miles de palabras y varios cientos de páginas, acabará engullido por el tiempo, convertido en polvo, y todas sus historias se disolverán en un sistema de partículas que ya no recordarán haber sido argumento ni piedra, pero que serán los cimientos sobre los que otros Rodrigo Caro escribirán sus versos. Sin ser una tesis localista, es un relato perfecto de las historias que esconde la loma de Itálica, o el promontorio sobre el que Sevilla se apoya a catorce metros cerca de Abades y Don Remondo. Quizás la única manera honesta de describir Sevilla sea precisamente esa, la perífrasis: rodearla, aproximarse por analogía, llegar al centro después de varios desvíos o exilios, tal vez sin hablar siquiera de ella.
Inmersos en un tiempo espeso en el almanaque local, hay días en los que escaparía de aquí para verla desde fuera y separar las piedras valiosas de las de acarreo: tener frente a mí una Sevilla venidera en ruinas, como aquella Itálica que parecía resucitar del suelo enseñando sus vértices desgastados. En esas reliquias destruidas del futuro solo vivirán las grandes piedras y los cauces secos de antiguos ríos, y las nimiedades reposarán, como nuestros cuerpos, en fosas desconocidas, en polvo mudo disuelto en un suelo que pisarán nuevos tiranos y gente corriente. Almas que se volverán a ahogar en un mar de nimiedades líquidas que, en un porvenir aún más lejano, quedarán enterradas sin nombre ni fecha, borradas también de un glosario olvidado.
