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El domingo de pregón en Sevilla es una fecha señalada en el calendario de cualquier cofrade. Una jornada especial en la que la ciudad celebra uno de los actos más importantes de la Cuaresma. Este año, además, con la singularidad de haber coincidido casi de lleno con la llegada de la primavera, como si Sevilla abriera la puerta a la nueva estación al mismo tiempo que la voz del pregonero anuncia la inminencia de la Semana Santa.

Cuando uno escucha la palabra declamada desde el atril del teatro de la Maestranza siente el vértigo de lo que, en apenas una semana, está por suceder. Cuando se apagan los aplausos, parece activarse un cronómetro interno que empieza a marcarnos el ritmo hasta la llegada de las primeras cofradías de vísperas y, después, del esperado Domingo de Ramos, cuando la Semana Santa comienza a desplegar por la ciudad todo su caudal artístico, devocional y emocional.

Este año ha sido el periodista José Antonio Rodríguez el encargado de pronunciar el pregón. Un texto muy personal, pero también valiente, en el que ha dejado patente su amor por Sevilla y por su Semana Santa, sin renunciar por ello a una de las esencias más nobles del periodismo, como la mirada atenta a la realidad.

Su intervención abordó cuestiones de actualidad y dejó espacio para asuntos como el acoso escolar, la dimensión social e inclusiva de las hermandades, la defensa del arte sacro de nuestra tierra o la reivindicación de las otras semanas santas de la provincia y de Andalucía. Todo ello, además, hilvanado con una prosa cuidada y una lírica capaz de emocionar. Fue, en cierto modo, un pregón innovador, también en sus formas, con la inclusión de notas musicales durante la intervención y con la incorporación de un código QR que remitía a un material digital destinado a ampliar la experiencia del texto pronunciado en el atril.

Los cofrades se quedaron ayer con la palabra de José Antonio Rodríguez exaltando la Semana Santa. Pero conviene no olvidar que, más allá de la lectura pública, hay un trabajo silencioso y discreto que a menudo pasa desapercibido. Afrontar un pregón, y más uno de la magnitud del de la Semana Santa de Sevilla, supone una exigencia enorme.

Detrás del texto están el miedo ante la página en blanco, el bloqueo creativo cuando la inspiración no termina de llegar, las horas robadas al sueño, al descanso, al ocio y también a la familia. Todo ello dentro de un plazo limitado que, conforme avanza el calendario, no hace sino acrecentar la presión.

Pero no exagero si digo que, además del texto de ayer domingo, José Antonio Rodríguez ha pronunciado durante estos meses otro pregón paralelo, muchas veces lejos de los focos, aunque no por ello menos relevante. El propio periodista reconoció el pasado lunes, en un acto de la Cámara de Comercio, que desde su nombramiento quiso acercar el pregón a la gente y hacer partícipes a los sevillanos de esta experiencia tan excepcional como irrepetible en la vida de un cofrade. Quizás ahí haya residido una de las claves de este pregón, en haberse construido también al calor de la ciudad, incorporando miradas, vivencias y emociones recogidas a lo largo del camino.

Porque en el pregón de Sevilla habita el alma de la ciudad. De ahí que muchos pregoneros, en el año de su nombramiento, participen en tertulias, mesas redondas y actos de muy distinta naturaleza. Son costumbres y rituales que se han ido asentando con el tiempo y que confieren al pregón un valor añadido más allá de su solemnidad institucional. También los regalos que recibe el pregonero de amigos, cofrades o comercios de barrio contribuyen a convertir su antesala en un auténtico rito, dotándolo de un carácter aún más simbólico y, en el fondo, profundamente sevillano.

Durante los próximos días, los ecos del pregón seguirán resonando por la ciudad. Pero quizá lo más interesante no sea solo lo que José Antonio Rodríguez dijo desde el atril, sino todo lo que Sevilla proyecta sobre su pregón cada año. Porque pocas ciudades como esta saben convertir la palabra en un ritual que es una declaración de amor profundo a su ciudad y su Semana Santa.