En el barrio de San Marcos hay un edificio parecido al estigma de la mano de un santo, aunque lejos de tener una condición divina, surge del empeño de unos pocos fervientes devotos de la supervivencia de Sevilla.
La antigua fábrica de sombreros Fernández y Roche tiene rendijas a varias calles —Maravillas, Clavellinas, Heliotropo, acaso un herbolario improvisado— y en sus salas todavía se respira el olor del fieltro, el pelo de conejo impregnado en las cerchas y las manos de los aprendices empapándose de un oficio nuevo. El complejo fue durante décadas uno de los pulmones laborales del norte del centro histórico, donde trabajaron cientos de vecinos —sobre todo mujeres—, y donde se sostuvo una economía cotidiana que hoy resulta lejana.
La producción paró en 2005, y desde entonces ha atravesado varios capítulos, algunos más propios de la crónica negra que de un bien patrimonial: intentos de ocuparla y darle uso, desalojos policiales, abandonos, cubiertas que envejecen y promesas administrativas que se diluyen. Cerca de cuatro mil metros cuadrados en el corazón de la ciudad protegidos por el planeamiento, pero atrapados en un limbo.
En 2018 se instalaron allí los carpinteros y artesanos de T11, provenientes de otro desalojo silencioso, el de un corralón en los Tejares de Triana vendido a un fondo de inversión.
Como una hermandad expulsada de su templo, desmontaron el taller pieza a pieza y lo volvieron a levantar lejos de la cava, con otros vecinos pero con la misma fuerza. La fábrica volvió entonces a tener ruido de herramientas, a acoger conversaciones, clases y reuniones, y el viejo recinto recuperó algo de su lógica primitiva basada en la producción a pequeña escala. Aunque pintores, ceramistas, joyeros y carpinteros se asentaron en sus remozadas salas, la sensación de provisionalidad no llegó a marcharse.
El PGOU de 2006 incluyó el conjunto en un Área de Reforma Interior (ARI) que preveía proteger sus naves y consolidar un uso sociocultural. Han pasado casi veinte años, y el Estudio de Detalle sigue sin redactarse. La sustitución de las cubiertas de uralita continúa pendiente, y el riesgo estructural intacto.
El acceso por Heliotropo tiene un aspecto impropio de un espacio protegido, con dos vallas amarillas que cortan el paso. El aparcamiento en superficie de Clavellinas funciona en una legalidad discutible, convertido en entrada principal. La imagen resultante es la de un edificio que busca esconderse, reintegrarse biológicamente en la manzana, ser engullido hasta desaparecer. La propiedad —en manos privadas— aviva ese fuego contando los días para que el contrato expire, mientras el Ayuntamiento la acompaña con una paciencia que suena a dejadez.
Rodeados de la bonanza económica del turismo y la decadencia de la gentrificación, iniciativas como T11 demuestran que el patrimonio va mucho más allá de la arquitectura o de la memoria del lugar, que también modelos asociativos alternativos merecen atención y cuidado porque son el rastro de nuestro tiempo. Con implicación, conciencia y altruismo, asumen una responsabilidad que correspondería a la administración, armada de herramientas urbanísticas y capacidad de mediación suficientes para asegurar la supervivencia del edificio y de la cooperativa.
Se desconocen las razones por las que José Luis Sanz no está interesado en dar con una salida satisfactoria para todas las partes, aunque fuese encontrando acomodo para T11 en alguno de los 130 edificios recogidos en el Plan Director del Patrimonio Histórico Municipal. Como Sísifo incansable, sus miembros verían con buenos ojos afrontar un nuevo reto rehabilitador, aunque fuese por el consuelo de no ver decenas de espacios cerrados, huérfanos de uso y función social.
La retórica cultural —las bienales de flamenco y ópera, los bonos para artesanos locales o el programa de la propia Fábrica de Artillería— convive con una realidad inmobiliaria y un modelo de ciudad que empujan en dirección contraria.
La fábrica ha sobrevivido casi ciento cincuenta años porque estuvo ligada a la vida del barrio. Hoy esa continuidad depende de decisiones políticas concretas: ejecutar el planeamiento pendiente, exigir a la propiedad el mantenimiento debido y consolidar usos productivos compatibles con la protección patrimonial.
No es poco lo que Sevilla se juega: que el centro siga siendo ciudad, o que se convierta en una pieza más de la colección de urbes borradas del mapa. El tiempo y las urnas, con su andar irrefrenable, dictarán sentencia.
