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Cuenta el ensayista mexicano Juan Villoro que aprendió antes a hablar alemán que español. Eso le hizo pensar de manera distinta a quienes nos criamos monolingües.

El lenguaje construye cajas en nuestra memoria siguiendo el mismo proceso con el que levantamos casas, colegios y bibliotecas: cada una tiene su función y una manera de ser; e, igual que una casa victoriana a las afueras de Londres poco se parece a una choza en Mozambique, el alemán ordena las imágenes en nuestra cabeza en un laberinto distinto al del resto. Formas de construir verbos por allí, sujetos por allá… una tectónica del lenguaje que determina cómo somos y actuamos.

En sus primeros tanteos en el kindergarten, el escritor se percató de que el alemán tenía una conexión directa con la realidad, como si fuese un idioma sin historia, sin desinencias ni desvaríos que le hubieran hecho perder su correlación con el mundo de los objetos y los espacios. En ese empeño descriptivo del germánico, explica que ese idioma esconde metáforas fascinantes: a saber, Fahrstuhl se traduce como «ascensor», aunque en realidad quiere decir «silla que viaja», igual que Lichthaus, «faro», quiere decir «casa de luz».

En la regia lengua de Wagner —¡con qué robustez resuenan los lamentos de Tristán e Isolda, como si un palo golpeara un tronco!— una palabra puede convocar significados gracias al Kompositum, algo así como el ensamblaje de distintos términos.

El español, idioma mulato, se tiene que valer de artículos, sustantivos y preposiciones para conseguir lo mismo. Villoro explica que, por ejemplo, carecemos de una palabra para Ausnüchterungszimmer, término que refiere a la habitación donde alguien que ha ingerido demasiado alcohol debe permanecer hasta recuperar la sobriedad.

Aunque nuestra lengua sea un caudal con preciosos afluentes que brotan desde el escarpado Peloponeso hasta los Apeninos, en ciertos casos sería muy útil contar con un Kompositum, con un sistema más desarrollado que las básicas palabras compuestas —sacapuntas, bocacalle, biempensante—.

Los idiomas son altamente permeables al contexto —son el contexto mismo, nuestro canal de interacción y, por lo tanto, de construcción del mundo—, pero a veces no llegan a tiempo para bautizar sensaciones tan reales como la piedra: por ejemplo, no existe una palabra que defina la sensación de estar bregando contra el tiempo, en una batalla constante con la vida, como Sísifo renacido cada mañana.

Es un mal extendido, ese del desasosiego, el hartazgo y el arrastre que define la rutina del mundo contemporáneo, pero aun así no tenemos ningún término que lo condense. Los alemanes lo llamarían maldesísifo, o tal vez pesadezdellevarelmundoacuestas —seguro que les resultaría cómico esta vez, a ellos, leer palabras tan largas que parecen inverosímiles—.

La semana pasada, escuchando a un querido amigo, profesor en la Escuela de Arquitectura de Sevilla, impartir una conferencia magistral en el Museo del Prado, pensé en la inexistencia de una palabra para explicar cuando uno es más valorado fuera que dentro —¿desafectodecompatriota? ¿origenminusvalía, tal vez?—; más tarde, repasando las noticias locales, no encontré en el diccionario ningún sustantivo capaz de definir a un alcalde carente de proyecto de ciudad. Consulté “bandazos”, “ocurrencias” u “oportunismo”, pero nada parecido a “nociudad”, “desidiaplanificadora” o “dejacióndefuncionescívicas” —qué útil sería contar con ellas para explicar Sevilla hoy—.

Hay otros resortes cruzados, entre el alemán y el latín, que ayudan a entender la transferencia entre la lengua y el pensamiento: la actividad de leer (legere) se asocia con cosechar, y en alemán «letra» (Buchstab) quiere decir «rama de haya» —contaba Italo Calvino que la mayoría de las ferias del libro se celebran en otoño porque es cuando los árboles cambian de hojas—, lo que vendría a plantear que ponerles nombre a las cosas es como cosecharlas, apropiarse de ellas para nutrirse y seguir viviendo.

Cada letra es como un sarmiento, o un esqueje, y, ya sea con tratamientos sofisticados —la química de los frutales ha evolucionado mucho— o por pura adición —larga vida al Kompositum—, la lengua debe seguir creciendo, aunque la RAE y sus miembros se empeñen en ser una suerte de Galia carcomida. ¿Cómo, si no, vamos a nombrar a esos eruditos no reconocidos en su propia casa, a esos otros alcaldes inoperantes pero aplaudidos, o a la pesadez de transitar por la vida cargando con la piedra del pobre Sísifo?