Devoro las últimas decenas de páginas de El Reino, de Emmanuel Carrère. Confieso que el libro me ha enganchado desde el principio, con esa visión particular y heterodoxa que tiene el novelista francés de los primeros años del cristianismo y de aquellos primeros seguidores de Jesús que, herederos de la tradición judía, eran fieles defensores y cumplidores de la Ley. Este ensayo, inevitablemente, me lleva a pensar en el tiempo litúrgico que acabamos de comenzar: la Cuaresma. Hace apenas unos días se nos imponía la cruz de ceniza en la frente y dábamos comienzo a cuarenta días, con sus cuarenta noches, en los que nos preparamos espiritualmente para la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo que viviremos próximamente, cuando la Semana Santa dé comienzo a finales de marzo. La Iglesia dice que la Cuaresma se caracteriza por la conversión, la reflexión, la oración, el ayuno y la limosna. Un tiempo de introspección y privación de determinados placeres mundanos en el que nos miramos hacia dentro, en busca de un Dios que parece revelarse en nosotros a través de la penitencia.
Sin embargo, cuando pienso en Sevilla y, en especial, en el cofrade, me planteo que la Cuaresma se vive de una forma particular, como la mayoría de las celebraciones y festividades que tienen lugar en esta tierra. Hace unos días leí una frase del gran Emilio Vara, escrita con su particular caligrafía en una hoja de cuadrícula. El mítico poeta de barra decía que la “Cuaresma es el Ramadán cristiano según en Sevilla”. Esa coletilla final, en clara referencia a la ciudad de la Giralda, es clave para entender que este tiempo es singular aquí.
Bien es cierto que, aunque entramos en un periodo de ayuno y abstinencia, para los sevillanos la privación de determinados alimentos es una tarea difícil. Quizás los viernes haga uno renuncia de la carne, como si fuese un gran sacrificio, pero no es tan mal trago si se cambia por unas pavías de bacalao, un buen potaje de vigilia o unas espinacas con garbanzos. Y, en alguna que otra ocasión, hasta cae un montadito de pringá, porque, como me dijo un camarero hace unos años, en “Sevilla hay bula”. Por no hablar de los dulces, como las torrijas, pestiños o leche frita, que endulzan tan luctuoso periodo devocional.
Luego está la particular búsqueda de la introspección del cofrade sevillano en la Cuaresma, a través de una abundante actividad social. Participa en todo tipo de actividades, como cultos, vía crucis, besamanos, ensayos de costaleros, además de la otra liturgia, la de los bares, que actúa como un auténtico acto religioso más, aunque se acerque al campo de lo profano. Pero quizás, aunque suene paradójico, esa vida social sea la forma que tiene el cofrade de esta ciudad de encontrar al Dios cuaresmal. Decía Santa Teresa que Dios está en las tareas sencillas. Quizás el cofrade sevillano tenga ese momento de encuentro espiritual en la limpieza de los enseres, al agarrar la mano de la persona amada mientras contempla un vía crucis, al escuchar los acordes de una banda en un concierto abarrotado en un templo o al departir de cofradías en la barra de un bar con los amigos.
No sé si en Sevilla seremos muy ortodoxos a la hora de vivir la Cuaresma en términos plenamente teológicos, pero estoy seguro de que esa espiritualidad se vive de una manera intensa y personal. Porque, del mismo modo que celebramos la Semana Santa con una alegría y un fervor que contrastan con el dolor y la pena de la Pasión, la Cuaresma, como antesala de todo eso, tampoco puede vivirse aquí de otra manera que no sea la nuestra. Al fin y al cabo, en Sevilla hasta la penitencia tiene acento propio.
