La miro y siento que ella me mira. No puedo quitarle los ojos de encima. Su rostro macabro me incomoda, pero también me fascina. Me infunde un temor antiguo y, sin embargo, despierta en mí un extraño atractivo.
Me resulta hipnótica. Con sus dedos huesudos apaga de un chasquido la vela de la vida mientras sostiene bajo sus brazos, con total naturalidad, el ataúd y la guadaña. Bajo sus pies temblorosos pisa el mundo. Todo aquello que es banal, que creemos nuestro y que no nos llevamos al pasar a la otra vida. Todo ocurre en un abrir y cerrar de ojos. In ictu oculi.
Aquí estoy, una tarde fría y lluviosa de invierno, en el Museo de Bellas Artes, refugiado bajo la tenue luz de la exposición dedicada al Hospital de la Caridad.
Nada más entrar en la sala me reciben las postrimerías de Juan de Valdés Leal, como un golpe de realidad que me recuerda los versículos iniciales del Eclesiastés: Todo es vanidad. Frente a esa alegoría del tiempo y de lo inesperado, me cuesta no pensar en lo que ha sucedido estos días atrás, en el accidente de tren de Adamuz, en Córdoba, que segó de golpe decenas de vidas. Probablemente, ninguno de ellos pensó antes de subirse al vagón que aquel trayecto sería, como diría Machado, el viaje definitivo.
Hace unos días, en su monólogo matinal, Carlos Alsina reflexionaba sobre nuestra manía de hacer planes, de vivir proyectados hacia adelante, aunque no sepamos qué será de nuestras vidas.
A partir de esas palabras, muchas personas llenaron las redes de recordatorios sobre la fragilidad de nuestra existencia. Y durante unas horas, o incluso días, muchos de nosotros estuvimos pensando sobre ello. Nos preguntamos cuántos abrazos nos hemos guardado, cuántos “te quiero” se han quedado sin decir, cuánta energía hemos gastado en lo irrelevante y cuántas veces hemos aplazado lo importante con ese “ya si eso, lo hago mañana”.
Yo mismo he sido ejemplo de esa postergación, pues llevaba meses diciendo que iba a ir al Bellas Artes a ver la exposición con calma, pero siempre aparecía algo que lo aplazaba.
Pero el ser humano, como siempre, tiene la memoria muy corta. Y una vez pasada la novedad mediática, la conversación se desplaza a otros derroteros. Ya ocurrió con la dana o con el volcán de La Palma y ocurre también con las tragedias que hoy nos estremecen y mañana se diluyen en el carrusel de titulares. Y acabamos volviendo a lo de siempre, a la prisa, a los abrazos contenidos, a los “te quiero” sin decir y al “ya lo haré mañana”.
Por eso, cuando el otro día me di de bruces con las postrimerías de Valdés Leal, se abrió en mí una rendija de lucidez al ritmo de los versos de Jorge Manrique: «Recuerde el alma dormida cómo se pasa la vida».
Ojalá todos tengamos presente esa idea. No para vivir con la ansiedad de que la vida se escapa, sino para no dejar para “cuando pueda” lo que, en realidad, se sostiene en un “cuando me atreva”. Para decir más y callar menos. Para querer mejor. Para mirar a los nuestros como si fueran, de verdad, lo único importante.
Ojalá sigamos viviendo sin esperar a que la vida nos obligue a entenderla. Digamos el “te quiero” a tiempo, demos el abrazo que hoy podemos dar, hagamos la visita pendiente, cuidemos a quien está cerca y escribamos, también, a aquellos que nos importan. Y que, de esa forma, al menos podamos decir como Miguel Hernández: “Aquí estoy para vivir mientras el alma me suene”.
