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La calle Matahacas empieza en Puñonrostro y acaba en Sol, o en San Román, según se prefiera. Nace y se pierde como un río, con pequeños salientes, orillas y saltos: un recodo vierte hacia el pasaje de la Virgen de los Gitanos, y un retranqueo aparece allá donde muere. A mitad de calle hay otro, y uno más al principio, donde el Acerao le gana tres mesas a la vía.

En esos metros parece caber Sevilla entera. Matahacas pertenece a esa colección de calles que tienen en su código genético un poco de cada casa: el Urbano, legendaria cueva de trasnochadores, es una suerte de embajada de la Alameda en un barrio acostumbrado a osarios y huertos; el despacho de vinos a granel es el reflejo de una ciudad que ya no existe, de establecimientos sin rótulo pero con zaguán —en esa puerta siempre está el dueño, convertido casi en mármol de columna—; la Casa del Nazareno y Nazarenos Tespis conforman la dupla cofrade, cada una a su aire, cada una en una acera, con olores y gustos distintos, pero con las agujas siempre a punto para la Cuaresma.

A una de ellas voy a hacerme la túnica de la hermandad de la Cena, que ya voy tarde. Desde donde se ensartan cíngulos y espartos hasta el umbral que será salvado por la cofradía solo hay dos tapias: cruzando lo que queda de las extintas Escuelas Pías —antes palacio nobiliario— llegaríamos al compás de los Terceros, y para entonces solo tendríamos que atravesar un patio y una nave.

Nada es lo que parece ni nada se parece a lo que será. Esa es la lección que nos queda al ver los rótulos y los muros mientras atravesamos parcelas. La antigua plaza de la Paja hoy se llama Ponce de León, las escuelas ahora son viviendas y oficinas, y la calle que se llamaba de la Luna hoy acoge una pizzería, en el mismo local que antes fue abacería.

Si se vuelve al epicentro de estos párrafos por Sol, encontramos la fachada de una iglesia que grita Socorro a lo lejos, huérfana de gitanos —y tal vez de alma—. A los pies de uno de los chaflanes de la torpe plaza, la cafetería Aromas de San Román nos recuerda que los desayunos contundentes no están reñidos con la innovación, ni la pureza del mollete con la viralidad de las redes.

En el siguiente giro emerge una cascada de lugares que forman una familia extraña, tan exótica como la ciudad contemporánea que los años nos van descubriendo: un centro de yoga, un estudio de arquitectura y un “Matahacas Pool & Luxury”.

El último, como las células cancerígenas alojadas en silencio en alguno de los órganos de nuestro cuerpo, solo se ve al aplicar la lupa en el mapa. Desde la calle, desde la lozana piel que enseña la ciudad, no se percibe que detrás de esa fachada no hay vecinos, sino clientes pasajeros.

En otros perfiles del sector están Casa Tarín, los Claveles, el Colmado, el 11 Sol o la Sala Cero. Todos suman relatos a esta gran familia que se apiña, como Numancia del sur, en una sola manzana. Sin salir de ella, Sevilla se entiende y se difumina, con el rostro desfigurado y el espíritu —si es que acaso alguna vez lo tuvo— perdido. Cuando Walter Benjamin la visitó se limitó a escribir sobre el Alcázar.

Más tarde diría que importaba poco no saber orientarse en una ciudad: lo que de verdad requería aprendizaje era perderse. Por eso estoy seguro de que no sustentó su teoría del flâneur sobre Matahacas porque nunca la conoció. Si lo hubiera hecho, quizá habría reconocido los pasajes parisinos en las manzanas sevillanas: la suspensión del tiempo, la resistencia al capitalismo y al higienismo que entonces amenazaban… al fango que se avecina hoy, en forma de bulos y tróleis.