¡El periodismo ha muerto! Los que nos dedicamos a esta profesión hemos escuchado esta frase como si fuera un responso que se repite generación tras generación. Se dijo con la llegada de la radio, más tarde con la televisión, luego en su momento con el tan denostado internet y hoy se reproduce de nuevo con las redes sociales y el auge de la inteligencia artificial. Y, sin embargo, el periodismo sigue muy vivo. Porque esa profecía apocalíptica es casi tan antigua como el propio oficio.
El pasado sábado, día 24 de enero, se celebró la festividad de San Francisco de Sales, patrón de los periodistas y reporteros. Una buena ocasión para reivindicar el valor de este oficio. Porque el periodismo es una profesión puramente vocacional, muchas veces maltratada, permanentemente bajo sospecha y obligada a justificarse ante una sociedad que, cada vez con más frecuencia, duda de su utilidad y de su credibilidad.
Esta ciudad sabe de la importancia del buen periodismo, pues Sevilla tiene tras de sí una tradición sólida y reconocible, hecha de nombres propios, tanto autóctonos como foráneos, que encontraron aquí un lugar desde el que contar la realidad y forjaron una manera muy propia de entender el oficio desde la cercanía y el compromiso con la vida cotidiana. Nombres como Chaves Nogales, Núñez de Herrera, María Jesús González, Antonio Burgos o Charo Padilla, entre otros muchos.
Pero hablar hoy de periodismo implica también hacerlo desde las aulas. Desde la experiencia de quienes enseñamos a los futuros periodistas y asumimos responsabilidades académicas en la formación de quienes llegan llenos de ilusión a una profesión que no se lo pone fácil. Conocemos bien las condiciones precarias, el desgaste personal, la presión constante o el descreimiento social.
Y sabemos que uno de los grandes retos es recuperar una credibilidad que se ha ido erosionando a golpe de clickbait, trincheras ideológicas y ruido permanente. Por no hablar de lo que el periodista Luis de Vega denomina «bulerías» (y no me refiero al cante flamenco), sino a los bulos y a la desinformación que circulan con una voracidad alarmante.
Por eso, muchas veces lo que se ve en los medios no invita precisamente a la confianza. Hemos confundido inmediatez con rigor, opinión con información y espectáculo con realidad. De ahí la urgencia de repensar el modelo informativo dominante y de reivindicar algo que echo cada vez más en falta, un periodismo de calidad, pero sobre todo de calidez. Ese periodismo cercano y humano, preocupado por el ciudadano, útil socialmente y veraz.
Justo lo contrario del periodismo de la confrontación permanente o de la media verdad interesada. Porque, por muy bueno que sea un producto, sin calidez ética y humana el periodismo pierde su razón de ser. Por no hablar de la inteligencia artificial, que como herramienta puede ser muy valiosa, pero como sustituta del criterio y la responsabilidad profesional empobrece el oficio y erosiona aún más la credibilidad. Por eso, en estos tiempos más que nunca el periodismo es una necesidad social y democrática.
Hoy en día resulta casi ingenuo seguir preguntándose si el periodismo se muere. Esa cuestión lleva décadas formulándose y siempre obtiene la misma respuesta, que el periodismo resiste y se adapta a la nueva realidad, aunque eso implique algunas heridas. Nunca ha sido una profesión fácil. Ni antes ni ahora. Y precisamente por eso exige compromiso, vocación y una lucha constante por dignificarla.
Por eso aprovecho estas palabras para reivindicar que mientras haya profesionales que sigan preguntando, investigando y escribiendo con honestidad y rigor, ese responso no sonará a funeral, al contrario, será, más bien, el recordatorio de que el periodismo sigue muy vivo.