Sevilla
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Hay conciertos que se escuchan y otros que se bailan. El de Romeo Santos y Prince Royce en Icónica Santalucía Fest perteneció sin discusión a la segunda categoría.

La Plaza de España se transformó este jueves en una gigantesca pista de baile al aire libre donde miles de personas, muchas de ellas procedentes de la comunidad latina residente en Andalucía, celebraron la bachata como si se tratara de una fiesta de barrio trasladada a uno de los escenarios más monumentales de Sevilla.

La expectación era máxima desde mucho antes de que se apagaran las luces. Apenas quedaba un hueco libre en el recinto y el ambiente ya dejaba entrever que no sería un concierto al uso.

Romeo Santos y Prince Royce aterrizaron en Sevilla dentro de la gira Mejor tarde que nunca, nombre que comparte con el álbum que ambos han publicado conjuntamente y que ha servido como excusa perfecta para unir sobre un mismo escenario a dos referentes que llevan más de una década marcando el ritmo del género.

El arranque con Better Late Than Never fue una declaración de intenciones. La producción, con un alto protagonismo de los instrumentales, dejó rápidamente el foco en lo verdaderamente importante: las voces y un público entregado desde el primer minuto.

La Diabla, Recházame y Celeste mantuvieron el nivel de intensidad mientras la Plaza de España comenzaba a moverse prácticamente al unísono.

Pero uno de los primeros grandes estallidos de la noche llegó con Eres mía. Bastaron los primeros acordes para que miles de gargantas tomaran el relevo de Romeo Santos.

La canción, una de las más reconocibles de su repertorio, fue recibida con una ovación enorme y convertida en un karaoke colectivo que apenas dejó espacio para escuchar al propio artista.

A partir de ahí el concierto encontró un ritmo difícil de frenar. Te robaré dio paso a una delicada versión de Stand by Me. Después llegaron Dardos, Incondicional, Imitadora, Llévame contigo y El amor que perdimos, una sucesión de éxitos que mantuvo a la plaza completamente entregada.

Si hubo una constante durante toda la noche fue el baile. Resultaba casi imposible encontrar a alguien completamente quieto entre el público. Parejas improvisadas, grupos de amigos y familias acompañaban cada canción con pasos de bachata, algunos perfectamente sincronizados y otros simplemente guiados por el entusiasmo.

Romeo Santos y Prince Royce también supieron alimentar esa conexión con los asistentes. Hablaron con frecuencia entre canción y canción, agradecieron el cariño del público sevillano, bromearon entre ellos y buscaron continuamente la participación de las primeras filas.

Lejos de limitarse a interpretar su repertorio, construyeron un espectáculo cercano, con constantes guiños a quienes llevaban horas esperándolos.

El ambiente alcanzó otra dimensión cuando sonó Sensualidad. Aunque se aleja de la bachata tradicional, la canción elevó todavía más la temperatura de una Plaza de España que ya vivía completamente entregada.

Los teléfonos móviles iluminaron el recinto mientras el ritmo urbano hacía que incluso quienes habían permanecido sentados durante algunos momentos terminaran poniéndose en pie.

La fiesta continuó con Ella quiere beber, Ven conmigo y otro de los momentos más explosivos de la noche: Noche de sexo. El clásico fue recibido como un auténtico himno.

La reacción del público fue inmediata y ensordecedora. Miles de voces acompañaron cada estrofa mientras Romeo Santos y Prince Royce apenas necesitaban señalar al graderío para que este respondiera con un coro monumental.

El tramo final no perdió fuerza. Bebo, La última carta, Promesas indecentes y Deja Vu sirvieron para preparar una despedida en la que los artistas combinaron emoción y agradecimiento. Quedaban todavía dos regalos más para cerrar la velada: Loco y Corazón sin cara, dos canciones que pusieron el broche definitivo a una noche en la que la nostalgia, el romanticismo y la fiesta convivieron con absoluta naturalidad.

Cuando se encendieron las luces, muchos asistentes permanecían todavía bailando mientras abandonaban lentamente el recinto. Era la mejor prueba del éxito de un concierto que no solo reunió a dos gigantes de la bachata, sino que consiguió transformar durante más de dos horas uno de los lugares más emblemáticos de Sevilla en una auténtica capital latina.