Salgo del Real y cruzo la portada con la mezcla de euforia y cansancio con la que uno abandona la Feria bien entrada la madrugada. El Real parece un mundo paralelo, un lugar al que uno entra para evadirse de la realidad que queda fuera de las casetas y donde el reloj, como dijera el bolero, parece no marcar las horas. Al salir, compruebo que he perdido por completo la noción del tiempo.

No sé las horas que he estado allí, ni las casetas que he visitado, ni las sevillanas que he bailado o los amigos que he saludado. Pero todo eso me da igual, porque la Feria se rige por el reinado de la improvisación. No se puede venir con un plan, porque entonces no es posible disfrutar de ella tal y como es.

Uno llega al Real y la propia Feria le va guiando los pasos de un lugar a otro hasta que uno reconoce el momento oportuno de batirse en retirada.

Con el cansancio propio de haber pasado horas de un lado para otro, emprendo la recogida hacia casa. Como manda la tradición, antes de comenzar tal hazaña, uno se detiene a “tomarse la última” en los buñuelos de las gitanas, un dulce bocado que parece reconfortar hasta el alma.

Comienzo entonces la peregrinación de vuelta como una hermandad que sabe cumplida su estación de penitencia. No puedo evitar fijarme en ese cruce de caminos entre quienes, como yo, enfilamos ya el camino al hogar y quienes llegan al Real en busca de una Feria más nocturna, en la que el reguetón ha ganado la batalla musical a las sevillanas y la rumba.

Conforme avanza el camino, uno va notando cómo pesan los pies, probablemente por haber bailado sevillanas, bien con amigos, con alguna desconocida con la que por casualidad se ha cruzado en la estrecha pista de baile improvisada de alguna caseta o con la persona amada, a la que uno se agarra con fuerza al final de cada pase.

Mi curiosidad natural hace que me fije en la gente. Me alegra saber que aún quedan galanes de la vieja escuela que escudan a sus parejas y las cubren con su chaqueta para protegerlas del relente primaveral que cae inmisericorde al cruzar el puente de los Remedios de vuelta. Se ven parejas abrazadas, peluches de grandes dimensiones ganados en alguna tómbola de la Calle del Infierno y algún que otro borracho que zigzaguea intentando encontrar un equilibrio al que hace ya mucho tiempo que el rebujito le ganó la batalla.

Luego, llega un punto en el que el cansancio vence al orgullo y uno se ve obligado a coger un bus que alivie el duro regreso en la noche. Subo a un autobús y parece que aún quedan ganas de Feria, de saborear lo vivido en el Real. Un grupo de personas mayores, que demuestran en sus rostros estar curtidas en muchas ferias, canta de manera improvisada un variado popurrí de sevillanas. Desde El Pali a Chiquetete.

No será la mejor interpretación de una sevillana, pero sin duda es la más emocionante que he escuchado ese día. Pareciera que el calendario del alma les marcara aún sus veinte años. Los escucho cantar con cierta admiración mientras llevo el compás con el puño cerrado sobre el muslo y canto, casi en un susurro, las letras que van entonando. Prefiero no alzar la voz, pues estaría malogrando tan bella estampa.

Al cabo de un rato, me bajo del bus que se ha convertido en una caseta móvil y recorro el último trayecto de la parada a casa, cuando la madrugada parece despuntar en el preludio del alba, en ese momento en el que se produce la curiosa confluencia entre el feriante que vuelve a su morada y el ciudadano que madruga camino al trabajo.

Al llegar, me despojo de los zapatos llenos de albero y me dejo caer sobre la cama. Tumbado, rememoro todo lo vivido, compartido, disfrutado y celebrado en el Real. Entonces pienso que es ahí donde reside la esencia misma de la Feria. Cuando el sueño empieza a vencerme, sonrío con el pensamiento de que la Feria es el paraíso de la primavera de Sevilla.