José Manuel Ramos, conocido en el mundo del flamenco como 'El Oruco', regresa al XXX Festival de Jerez, que se celebra del 20 de febrero al 7 de marzo de 2026, con su espectáculo Patrón, una obra en la que la palma se convierte en el vehículo central del compás.
Sevillano de la Alameda de Hércules, con 37 años y más de tres décadas de trayectoria —bailando desde los cinco—, Ramos ofrece en este montaje un viaje personal y musical que refleja tanto su formación como su manera de entender el flamenco.
En Patrón, el compás deja de ser una simple guía: se transforma en lenguaje, en historia y en base para que otros intérpretes se luzcan.
En Patrón se presenta con la palma como el vehículo conductor del flamenco, ¿recuerda el primer momento de su vida en el que se sintió que el compás le llevaba a usted y no al revés?
Lo he sentido prácticamente desde siempre, desde mi madre. Para nosotros el compás es fundamental para todo, no solo para el baile, sino también para la guitarra y para el cante. Es algo primordial, como si fuera una parte más del cuerpo. Es esencial para poder caminar, como si fuera una pierna más, prácticamente.
Si el compás es una forma de discurso, ¿qué historia personal está contando con Patrón?
Aunque no lo diga con palabras, lo que cuento con Patrón, también a través del compás, es que se trata de un espectáculo muy rítmico. Tiene mucho juego y una gran diversidad rítmica.
Lo que cuento, en realidad, es un poco mi vida: de dónde he bebido, dónde me he formado y de qué me he nutrido. Eso es, prácticamente, lo que estoy contando.
¿Qué espera que sienta alguien que no sabe nada de flamenco al ver su espectáculo por primera vez?
Sobre todo, placer y gusto. En este espectáculo también hay una intención de educar un poco el oído, porque hoy en día todo se ha vuelto tan visual que muchas veces se percibe todo solo a través de los ojos. Y Patrón va también de eso: de volver a escuchar.
Es verdad que utilizamos patrones rítmicos que se consideran complicados, nada fáciles, pero poco a poco vamos educando al público para que afine el oído y pueda disfrutarlos.
El flamenco tiene normas muy claras, pero a la vez mucha libertad. ¿Dónde siente hoy que termina la tradición y empieza su propia voz, su propio compás?
El flamenco siempre ha tenido libertad. Lo que pasa es que hay personas que lo encuadran según su propia visión; puedes estar de acuerdo o no. Pero, en realidad, el flamenco es libre.
Cabemos muchísimas cosas, muchísimas músicas. Hoy en día se mezclan y se funden muchas otras músicas con el flamenco. No hay una regla estricta ni un único estereotipo; a veces nos venden la idea de que "el flamenco es esto", pero en realidad es libre, muy amplio, y todavía queda mucho por descubrir.
¿Qué diferencia hay, a su juicio, entre marcar el compás y habitarlo?
Diría que son dos cosas fundamentales y, prácticamente, para mí es lo mismo.
¿El flamenco le ha salvado o le ha condenado?
No, no creo que me haya condenado, al contrario, para mí ha sido una bendición. Por ejemplo, siento que Dios me ha dado esto, y además he tenido la suerte de rodearme de muchísimos artistas con los que hoy día trabajo, como José Molina, Mercedes de Córdoba, Eva Yerbabuena, entre otros, que me han hecho nutrirme aún más. Esa diversidad también es muy importante.
En mi caso, aunque soy bailaor, también acompaño a otros bailaores, una faceta de la profesión que me gusta muchísimo. Por eso le doy tanta importancia en este espectáculo a la palma. Antiguamente, hoy día ya se está reconociendo más su valor, pero era un oficio en el que las palmas tenían un papel más discreto.
La palma es fundamental. Te doy un ejemplo sencillo: un surfista necesita una ola para poder surfear. La palma le da esa ola al cantaor o al guitarrista, le da el cuerpo, la base, para que se luzca. Tú eres el soporte, el que da la base, y los demás luego "surfean" sobre ella.
¿Qué ha tenido que sacrificar para poder bailar como baila hoy?
Sacrificar… bueno, es cierto que nos hemos perdido muchos cumpleaños y muchas fiestas de nuestros hijos. Hablo por mi caso, pero me imagino que a todos los compañeros de la profesión les pasa lo mismo: mucho tiempo fuera de casa, lejos de la familia. Eso es lo único que uno realmente sacrifica. Pero, bueno, también es por un bien.
¿Bailar le ha enseñado a amar mejor o es una profesión más solitaria?
Bailar flamenco, en general, al contrario, me ha enseñado a ser mejor persona y a ser más humano. Bueno, claro, hay de todo, ¿no? Pero yo creo que el flamenco educa mucho; el flamenco forma y enseña.
Es usted de Sevilla, ¿verdad?
Correcto. De la Alameda de Hércules.
¿Qué hay de Sevilla en sus espectáculos? ¿Es una tierra que le ha influido?
Hombre, por supuesto. Mi tierra, mi casa y mi barrio han sido siempre muy flamencos. En la historia del flamenco, en la Alameda de Hércules, se concentraba gente que venía de los mercados, de Jerez… y al final se encontraba y se mezclaba mucha gente. La zona de Los Peines también ha sido un lugar de encuentro y de mucha fusión.
Por eso me he nutrido tanto de esta tierra, y la influencia de Sevilla en mí no la cambiaría por nada.
