Sevilla
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A sus 29 años, Luis Ybarra se ha convertido en una de las voces más jóvenes y visibles del flamenco contemporáneo.

Formado en periodismo y dedicado durante años a la divulgación cultural y flamenca, asumió la dirección de la Bienal en 2023 y ya ha llevado adelante con éxito la edición XXIII. Ahora enfrenta el reto de la número XXIV en este 2026.

Su enfoque combina la pasión por las voces tradicionales con la atención a las nuevas generaciones de artistas, consolidando la Bienal como un espacio que refleja la diversidad y riqueza del flamenco actual.

Esta edición es especialmente significativa, ya que conmemora el centenario del flamenco de los años 20, una etapa decisiva en la consolidación del flamenco como arte escénico.

Ybarra ha diseñado una programación que reúne a grandes figuras, talentos emergentes y propuestas innovadoras, manteniendo el equilibrio entre memoria y vanguardia artística.

¿Qué objetivo se ha marcado para esta edición de la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla?

En 2026 se cumple un siglo del flamenco de los años 20, una etapa clave en la que el flamenco llega a las plazas de toros y triunfa en teatros de España y del mundo con figuras como Pastora Imperio o Vicente Escudero. Es el momento en que el flamenco se consolida como arte escénico tras los cafés cantantes del siglo XIX, en lo que se llamó la ópera flamenca.

El objetivo de esta Bienal es, por tanto, celebrar ese siglo como arte escénico. Por eso se programa un gran espectáculo en la plaza de toros y grandes formatos como el de Sara Baras, o la clausura con Carmen Linares junto a mujeres de otras generaciones para conmemorar los 30 años de la mujer en el cante.

También participan grandes figuras que llenan los escenarios, como José Mercé, Juan Manuel Cañizares con la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla; Marina Heredia también con la Sinfónica, Farruquito o Israel Galván.

A la vez, es una Bienal que apuesta por lo genuino y por perlas más ocultas del flamenco, como Curro Lucena, Juana Amaya o El Toli de los Palacios, junto a nuevos valores como Macarena López, Juanelo de los Palacios y Sara Jiménez, que debuta con una propuesta más contemporánea.

Lleva dos años al frente de la Bienal de Flamenco. ¿Qué diferencia esta edición de las anteriores?

El contexto es diferente y, en esta ocasión, hemos tenido más tiempo para trabajar en equipo. Entre una Bienal y otra se ha desarrollado una intensa programación en peñas y circuitos, además del ciclo Amalgama, con el que se abrió la Fábrica de Artillería y donde se celebraron 13 encuentros a lo largo del año.

De forma paralela a todo esto se ha ido elaborando esta Bienal, que ha podido ser presentada con mucha antelación.

Por primera vez la venta de entradas se ha iniciado tan pronto, lo que permite al público nacional e internacional estudiar una programación extensa —más de 70 funciones— y organizarse mejor.

Además, desde hace más de un año hemos estado trabajando con la mirada puesta en efemérides importantes de 2026: el centenario de la Llave de Oro al cante de Manuel Vallejo, la entrada de Pepe Marchena en la ópera flamenca y el inicio, hace un siglo, de la revolución discográfica con las grabaciones eléctricas con micrófono, momento en que comienza a desarrollarse la discografía como industria.

¿Cuál ha sido el mayor reto que se ha encontrado desde que asumió la dirección de la Bienal?

La Bienal tiene muchos retos, pero uno fundamental es seguir apostando por el desarrollo escénico del flamenco en el siglo XXI con las grandes figuras actuales.

Al mismo tiempo, tenemos el compromiso de apoyar a nuevos artistas que empiezan a consolidarse en escena, como Perrete, David de Arahal, José Fermín Fernández, Juan Tomás de la Molía o Águeda Saavedra. Son muchos jóvenes por los que debemos apostar para fortalecer el tejido profesional en el futuro.

Otro reto muy importante es la creación de nuevos públicos. Organizamos espectáculos familiares, como los que hacemos con CaixaForum, y también contamos con artistas que atraen a público joven, como Israel Fernández y Ángeles Toledano, lo que nos asegura una presencia destacada de jóvenes en el patio de butacas. No significa que solo acudan a esos espectáculos —la media de edad es bastante buena en general—, pero es esencial seguir trabajando en esa línea.

Más que un reto exclusivo de la Bienal, es un reto del flamenco y de la cultura en su conjunto, ya que debemos seguir siendo atractivos para las nuevas generaciones.

¿Diría que existe a día de hoy algún tabú o prejuicio dentro del mundo del flamenco que aún persiste en Sevilla?

Yo no lo creo. La Bienal es la prueba de que conviven muchos mundos: el de las peñas y el del flamenco de teatro; los grandes y los pequeños formatos; públicos muy distintos.

No tiene nada que ver la propuesta de Andrés Marín con la de La Tremendita, Manuel Liñán, Israel Galván, Farruquito o Sara Baras, y todos forman parte de una misma programación. Eso demuestra que el flamenco es muy amplio.

Ya lo era en los años 20, con figuras como Pastora Imperio y Vicente Escudero, cuyas propuestas eran muy diferentes, y lo sigue siendo hoy.

También lo demuestra que grandes citas internacionales hayan crecido siguiendo el modelo de la Bienal: la Bienal de París, que apuesta por una línea más contemporánea; festivales como Festival Arte Flamenco Mont-de-Marsan o Festival Flamenco de Nîmes, más cercanos a la raíz.

O también el Flamenco Festival New York, cuya programación no tiene nada que ver con lo que se escucha en el Jazz at Lincoln Center frente a lo que se ve en el Carnegie Hall.

El flamenco es tan amplio que no creo que le quede ningún tabú. Hay propuestas que parecen lejanas, pero en realidad no lo son tanto. Me gusta, por ejemplo, que en esta Bienal José de la Tomasa y Andrés Marín compartan espectáculo: un cantaor sevillano muy ligado a lo clásico y un bailaor más cercano a lo contemporáneo, ambos de la Alameda. En Sevilla, tradición y vanguardia siempre van de la mano.

Si pudiera traer un artista extranjero a la Bienal, ¿quién traería?

En esta Bienal hay artistas de Sevilla, de distintas partes de la provincia, de todas las provincias de Andalucía, también de Extremadura, de Madrid, de Cataluña, y también hay extranjeros. Esto es intencionado. El año pasado tuvimos a Florencia Oz, y artistas del norte como Pablo Martín Caminero, que es vasco.

Es importante que haya artistas que se acerquen al flamenco desde fuera, y en este caso el artista extranjero ha sido Tim Ries, que estará junto a Rafael Riqueni en el Teatro Lope de Vega, que abrimos. Tim Ries es el saxofonista de los Rolling Stones y un gran músico, así que tenerlo en la Bienal es un verdadero honor y un sueño un poco cumplido.

Comentaba antes que sí se ha apostado por nuevos nombres. ¿Cabría la posibilidad de una Bienal "sin grandes estrellas", solo con artistas emergentes?

A mí no me gusta separar a los nuevos valores de los artistas consagrados. Hay programación paralela para los jóvenes y programación oficial para los mayores, pero los grandes y los pequeños van juntos, y eso me parece muy adecuado.

Es un espacio de convivencia: los veteranos se nutren de los jóvenes, a veces comparten escenario o programación, ya sea en el Teatro Alameda, en el Teatro de la Maestranza o en el Hotel Triana. Es importante que artistas de más de 80 años compartan con quienes están comenzando.

No tendría sentido una Bienal solo de jóvenes, porque el flamenco tiene una memoria viva excelente y hay artistas consagrados con los que debemos seguir contando y que también gustan a los jóvenes. Pero tampoco tendría sentido una Bienal sin jóvenes.

Es importante que haya grandes nombres que atraigan al público general: una Sara Baras, una Carmen Linares, un Juan Manuel Cañizares, un Israel Galván… Son artistas de enorme calidad y popularidad, esenciales para el flamenco.

No tendría sentido hacer una Bienal solo con ellos, aunque no llenen un aforo de 1800 personas como el de la Maestranza, porque todos los espacios —el Teatro Alameda, Espacio Turina, el Alcázar de Sevilla, el Teatro de la Vega, el Hotel Viana— son igualmente dignos y ofrecen programación de calidad.

¿Qué sueño personal le gustaría cumplir en la Bienal de este año?

La verdad es que, a pesar de mi juventud, ya estoy colmado de sueños cumplidos. Para mí es un verdadero privilegio trabajar con lo que más me apasiona, que es el flamenco, desde esta posición en la Bienal, y colaborar tanto con grandes figuras como con nuevos valores en este tejido tan hermoso y tangible que estamos tocando.

Para mí ya es un sueño poder participar en la creación de más de 52 producciones que vamos a llevar a escena, verlas crecer y aportar, en la medida de lo posible desde mi posición de director, a espectáculos que después girarán por todo el mundo durante años. Es una situación de verdadero privilegio; mayor sueño que ese creo que no tendré en la vida.

¿Ha cambiado su percepción del flamenco desde que dejó la prensa y se sumergió en la gestión como tal de la Bienal?

Sí, cambia la perspectiva porque estás trabajando con lo mismo desde otro prisma. No se conoce a un artista, a un programador, a un manager o a un peñista, un aficionado, de la misma manera cuando eres periodista que cuando eres gestor.

Antes de la Bienal ya había hecho muchas cosas de gestión cultural: organizar ciclos de recitales en el patio de Radio Sevilla, ciclos para la Fundación Cajasol, dirigir el Aula de Cultura de ABC… Estaba en contacto con ese lado de la gestión, aunque de forma diferente a la que ofrece la Bienal, que es el gran escaparate del flamenco y te permite ver matices que quizá no percibes como periodista.

Siempre me coloco primero en el papel de aficionado, tanto cuando era periodista como ahora que soy director de la Bienal. Antes trabajaba por el flamenco desde la divulgación y el periodismo; ahora, lo hago desde la gestión, pero el amor por el flamenco sigue siendo lo principal.

¿Qué sacrificios personales ha tenido que hacer para asumir la responsabilidad de dirigir el festival más importante de flamenco del mundo?

Yo no diría que tenga sacrificios como tal. Sí hay esfuerzo, muchas horas invertidas, renuncias, resiliencia, una actitud positiva y mucha mano izquierda; todo eso se presupone en un director de la Bienal, porque si no sería imposible liderar un proyecto así con tantas sensibilidades, artistas, productores, promotores y áreas del ayuntamiento.

Sí hay pequeños sacrificios, pero la pasión que se pone en el festival lo compensa. Ver cómo se venden las entradas, cómo reacciona la gente ante los artistas, armar la actividad paralela… todo eso genera un privilegio.

La cultura, a diferencia del ocio, deja algo en las personas, y para mí formar parte de ello —como aficionado, espectador y gestor— es una enorme responsabilidad y un privilegio. Por eso, hablar de sacrificio no sería lo más correcto en mi caso.

¿Cómo se llega con 29 años a dirigir la Bienal de Flamenco de Sevilla?

Yo no tengo la clave exacta para eso. Desde muy niño estoy vinculado al flamenco. Cuando estudié periodismo, quería dedicarme al periodismo flamenco, aunque todo el mundo me decía que eso casi no existía. Apenas había dos o tres que se dedicaban exclusivamente al flamenco.

Yo, en realidad, me consideraba un periodista cultural dentro del flamenco: hacía contenido literario, hablaba de otras músicas, escribía crónicas y opinión. Me gustaba el periodismo en mayúsculas, con Chaves Nogales como referencia.

Al mismo tiempo, entré en contacto con la gestión cultural: estudiaba un máster, presentaba un programa de radio de flamenco a nivel nacional, escribía en el ABC. Una cosa fue llevando a la otra y, al final, te ves envuelto entre flamencos y, en este caso, en la dirección.

Estoy super agradecido por la oportunidad y nunca olvido quién soy ni con quién estoy frente a frente: artistas como Juan Manuel Cañizares, los de la pasada edición o los de esta. Son maestros, referencias que han llevado el flamenco a su máxima dimensión, y yo intento aportar mi granito de arena. Desde la Bienal creo que son, al menos, un par o tres de granitos.