Sevilla

Cierra el kiosko de Mateos Gago. Es el último comercio de la calle que no es un bar. Abrió hace más de 30 años pero los dueños del edificio venden el bloque. Los vecinos temen que para apartamentos turísticos. 

Antonio Sánchez, que regenta el kiosko desde 1990, no quiere entrar en el futuro del local. Bastante tiene, dice, con liquidar la mercancía que le queda y echar el cierre. El viernes será su última jornada laboral.

El kiosko de Antonio en Mateos Gago que tiene los días contados M. M. E. E. Sevilla

"Cuando los niños del barrio se enteraron de que cerraba, me dijeron que iban a hacer una manifestación, fue un drama", recuerda. No llegaron a ponerse detrás de una pancarta pero sí algunos que aparecieron en su tienda al día siguiente con dibujos para despedirle.

A Antonio el detalle le llegó. "Sí que me emocioné, claro", señala. "Han sido más de 30 años y en ese tiempo he conocido a estos niños pero también a sus padres, que venían cuando eran niños", recuerda. 

Por jubilación

El hasta el sábado regente de este kiosko, se jubila. Tiene más de 60 años y aunque el descanso le parece bien, echará de menos, dice, el día a día. Por su tienda pasan los clientes y todos al entrar le llaman por su nombre.

Una clienta con un abrigo amarillo entra con prisas y le compra tabaco. "El de siempre, Antonio", que se lo vende sin dudar. Luego otra señora, con dos perros, que quiere regaliz Zara. "Ponme un euro, Antonio, que hay que aprovechar que lo tienes todo a mitad de precio", dice.  

Porque todo lo que tiene en el kiosko está rebajado al 50 por ciento. Hay que liquidar antes de cerrar para siempre. Antonio mira a la calle, donde llueve, y recuerda la calle antes. 

Cómo cambia la calle

"Cuando yo llegué, que cogí un traspado, en Mateos Gago había solo cinco bares. Ahora hay 20", explica. Lo dice sin reproche. "Los bares son buenos para este negocio aunque sé que los vecinos se quejan y con razón", añade. 

Recuerda, dice, el tiempo que tuvo que dejar de vender tabaco, porque fue un palo para la caja. Y que antes los niños comían "menos chucherías de bolsa".

También tiene unas palabras para sus vecinos. El cariño es mutuo porque la asociación del barrio le ha invitado "a una copa" para despedirle. Es historia del barrio. "Quiero que llegue ya el cierre porque sé que lo voy a pasar mal", señala. 

La cosa es que, cuando eche la llave por última vez este viernes, habrá cerrado 33 años de su vida y de la vida del barrio. Y de los niños de los colegios. Y de los padres, que pierden el único punto para comprar la prensa que quedaba en esta parte de la ciudad. "¿Que cómo lo llevo? Regular, la verdad", señala el casi exkioskero de Mateos Gago.