Los especiales de comedia se han convertido en una de las bazas más habituales de las plataformas. Son baratos de producir, a la gente les gusta y descubren a nuevos cómicos y humoristas de todo el planeta. Está claro que siempre hay estrellas que, a priori, venden más. Ahí está Ricky Gervais, uno de los ejemplos más evidentes. Pero gracias a Netflix conocimos a Hannah Gadsby, cuyo Nannette se convirtió en un fenómeno de masas gracias al que descubrimos a una cómica que rompía prejuicios y mostraba un humor político, feminista y hasta doloroso. Muchos conocieron al brillante Trevor Noah por sus especiales de la plataforma.

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Es raro que hasta ahora no se hubiera apostado fuerte por los especiales de comedia en nuestro país. Sólo Joaquín Reyes tenía el suyo en Netflix. Era cuestión de tiempo. En España hay mucha costumbre de ir a ver monólogos. Locales como La chocita del lobo están todos los días a rebosar -o lo estaban antes de la pandemia- y no sólo para ver a los más famosos, sino para descubrir nuevos talentos. Ojalá esto se rompa con el especial que estrena ahora la plataforma con Dani Roviracomo protagonista y que se llama ODIO.

No es un espectáculo nuevo, sino el mismo con el que Rovira ha triunfado por todo el país, que ha llenado salas. Es decir, es un show a prueba de balas. Sabían qué funciona y han ido a algo seguro para abrir el melón de la stand up comedy en nuestro país. Además, lo han hecho con una figura popular y querida. Pero hay algo que eleva ODIO y lo hace una experiencia, y es cómo y cuándo se rodó. Primero, en plena pandemia, con una tercera ola que azuzaba y que hizo que casi tuviera que suspenderse. El coronavirus está muy presente, es uno de esos “elefantes en la habitación” que el cómico explicaba en una entrevista con este medio.

El otro es el cáncer que sufrió Dani Rovira. Con el confinamiento recién empezado el cómico y actor comunicaba públicamente que sufría un linfoma de Hodgkin. Rovira ha sido abierto en todo momento con su situación, sus tratamientos. Y ahora ha regresado por todo lo alto. Este era el otro elefante en la habitación, y quizás el más complejo. ¿Debía hablar de ello en el espectáculo o hacer que nada pasaba? Él lo tiene claro, coge el toro por los cuernos y según sube al escenario suelta la primera: una broma sobre cómo los enfermos de cáncer aprovechan para lucir pelo cuando puedan. Una broma que desarma. Catártica. Un chiste con el que demuestra que con honestidad y mirando de frente el humor puede hablar de cualquier cosa.

Dani Rovira sale emocionado al escenario. Se nota y se contagia. El espectador se emociona con él. Se nota lo importante y especial que es para él. ODIO es un show catártico y él se abre en canal y arrastra a todos en ese viaje. Un viaje que pronto gira a donde tiene que ir, al humor. Es cierto que Rovira no es tan cañero o políticamente incorrecto como otros compañeros, pero aun así se las apaña para lanzar unos cuantos dardos a la prensa, las redes sociales, los ofendiditos o incluso el fascismo. Pinceladas dentro de un humor más blanco que funciona.

La parte dedicada a las mascotas y los niños y cómo nos comportamos como idiotas con ellas es realmente divertida, igual que cuando se compara con Hugh Jackman. No es un show que vaya a cambiar la stand up comedy, y no es tan revelador como Nannette, pero es una primera toma de contacto estupenda con el género para Netflix y con un tono que se encuentra en ese punto para gustar a mucha gente. ODIO es un especial de fácil digestión que encima tiene un componente de emoción que otros no tienen. Ojalá sea el primer paso para que lleguen otros en registros mucho más irreverentes.

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