"Cuando regresé de combatir en Siria y en Irak, mi familia me insistió en que mi vida estaba en Alemania, así que me busqué un empleo como jefe de un equipo de limpieza en Bielefeld y durante un par de años, llevé la clásica existencia con mi coche, mi apartamento y mi salario", dice el hispanoalemán de doble nacionalidad Martin Klamper.
Lo de Klamper es el nom de guerre que adoptó cuando tomó la decisión de unirse a las YPG kurdas para combatir contra el Daesh en Siria. Eso fue en 2016. Tenía entonces veinte años.
Ahora tiene 30 y vive en Tenerife, que es la tierra de sus padres y de sus ancestros, aunque él nació y creció al noreste de Renania del Norte-Westfalia, lo que explica que hable castellano con un sutil acento germano y que tenga "un trasero de mal asiento" que pertenece a todos los sitios y a ninguno.
Martin Klamper, sirviendo en la franquicia kurda del PKK en Shingal.
Por el modo en el que conversa, interponiendo largos silencios antes de responder, se diría que se toma en serio las preguntas y, más todavía, las verdades que le interpelan.
La mayoría de milicianos regresaron de los frentes hablando de calibres, municiones y de mapas. Él volvió con un enjambre de dudas alojadas como balas en el cráneo.
"Hace como un año, comencé a pasarlo mal con el sentido de la vida y el por qué estamos aquí", continúa.
"Lo intenté, pero no conseguía acostumbrarme a la vida de civil. Y ni yo mismo sé por qué. No soy un friki de las armas ni me alienta el deseo de matar. Soy un tipo normal. Tal vez lo que sucede es que busco en la guerra las respuestas que no encuentro en la vida cotidiana. Solo quiero ayudar”.
Veterano de Rojava
Klamper pertenece a esa generación de europeos que pasaron por Rojava y Sinyar en los años en que el norte de Siria y las montañas yazidíes de Sinyar funcionaron como una especie de imán moral para voluntarios de medio continente. Antes de eso, había servido un año en el ejército alemán.
Más de cien españoles viajaron entonces a Irak o al norte de Siria para combatir contra el Daesh con los peshmergas kurdoiraquíes de Barzani o las milicias kurdosirias de Rojava.
Había comunistas, anarquistas, exmilitares, aventureros, militantes sin partido, tipos que habían leído demasiado y tipos que no necesitaban teorías para saber que el Estado Islámico estaba en el lado equivocado de la Historia.
Para unos era una revolución feminista y confederal en mitad del infierno sirio o la última trinchera antifascista.
Para otros, una guerra limpia contra los verdugos del califato; muchos, sencillamente, hallaron un lugar donde volver a sentirse necesarios, algo que se repitió de nuevo tras la invasión rusa de Ucrania, hace ahora tres años.
Rojava atrajo a gente tan distinta porque cada cual podía proyectar allí su propia guerra y sus propias fantasías, las que fueren.
Rumbo a Myanmar
Aunque Martin sirvió inicialmente con las YPG en Siria, terminó de apuntalar su currículo de miliciano con un grupo de soldados españoles y alemanes —en su mayoría de derechas o sin ninguna ideología— que crearon una sección internacional de voluntarios en la base iraquí de la filial yazidí de los kurdos del PKK.
Al frente de la unidad se hallaba el valenciano Juan Manuel Soria Monfort, quien también combatió en la guerra de Ucrania con otro veterano turolense de las YBS, solo que del lado de Moscú.
Se diría que la guerra le ensanchó a Klamper su visión del mundo, y cuando volvió a Alemania con su familia, su vida ya no cabía en una nómina y un curro de ocho horas con la fregona por AK.
Los años que siguieron a la derrota del Daesh fueron dejando fuera de combate a la mayoría de sus hermanos de armas.
Martin Klamper, sirviendo en la franquicia kurda del PKK en Shingal.
Algunos de sus camaradas de las YBS habían muerto ya en Sinyar, bajo las bombas turcas o en los frentes kurdos.
Otros sobrevivieron al Daesh para terminar cayendo en el Lugansk o un hospital de Kiev, en otra guerra, bajo otras banderas y con los mismos viejos argumentos: fascismo, invasión, resistencia, deber, camaradería, muerte al yihadista.
Martin enumera sus nombres como quien realiza un inventario de sus ausencias. Pau. Baran. Berjuedan. Rico, el Portu. Anduk, el alemán.
Él no acabó en Ucrania, sino en la frontera tailandesa, que es la última tendencia (y la más exclusiva) en esa vieja ruta de los hombres que van enlazando guerras como otros conectan trabajos temporales.
Myanmar, la antigua Birmania, apareció primero en su teléfono como una sucesión de vídeos de combate: selva, drones artesanales, columnas de milicianos, emboscadas contra la junta militar y una constelación de siglas armadas que casi nadie en Europa ha escuchado jamás.
¿Qué se les había perdido ahí a la sección más comunista de los veteranos de Rojava? En cierto modo, Myanmar parecía su destino natural.
Una guerra fragmentada
La guerra birmana arrancó poco después de la derrota territorial del Daesh y ofrecía casi todos los elementos capaces de activar de nuevo aquella vieja brújula internacionalista.
Una junta militar, una resistencia popular, guerrillas locales, pueblos perseguidos, montañas, selva, siglas armadas y la sensación de que todavía quedaba en algún lugar remoto una causa que defender.
La guerra birmana empezó a atraer a esa constelación internacionalista después del golpe militar de 2021, cuando el Ejército expulsó del poder al Gobierno civil, encarceló a Aung San Suu Kyi y convirtió la protesta democrática en una guerra civil de muchos frentes.
Desde entonces, Myanmar ya no es un solo conflicto sino un archipiélago armado: guerrillas étnicas que llevan décadas combatiendo al Estado central, jóvenes urbanos que abandonaron las pancartas por fusiles, desertores, milicias locales, grupos de defensa popular y ejércitos insurgentes que controlan valles, montañas, pasos fronterizos y aldeas donde la autoridad de la junta se ha vuelto intermitente.
Los nuevos internacionalistas no combaten allí con un equivalente birmano de las YPG ni con un viejo partido comunista salido intacto del siglo XX.
Combaten, o intentan combatir, junto a una resistencia mucho más fragmentaria: las People’s Defence Forces nacidas al calor del Gobierno de Unidad Nacional en el exilio, columnas locales de autodefensa y milicias étnicas como las chin, karen, karenni, mon, kachin, arakanesas o ta’ang, según el territorio.
Cada región tiene sus siglas, sus comandantes, sus agravios históricos y sus propias guerras dentro de la guerra mayor, de manera que los rojos de Myanmar, por decirlo en la vieja jerga española, no se han sumado a una revolución pura ni a un conflicto limpio.
Se han metido en una selva política donde conviven federalistas, nacionalistas étnicos, demócratas liberales, comunistas residuales, cristianos de montaña, guerrillas veteranas, estudiantes armados y mandos locales que aprendieron a dar órdenes antes de comprender en qué consiste su programa.
Lo que sí tienen claro es su enemigo común: la junta, el Tatmadaw, sus milicias auxiliares, sus bombardeos, sus columnas de castigo y su vieja maquinaria de Estado convertida en ejército de ocupación contra su propio país.
El frente antifascista
Ahí es donde se incrusta el Anti-Fascist Internationalist Front, el AIF, una pequeña formación de voluntarios extranjeros que se presenta con lenguaje antifascista, anticapitalista e internacionalista y que ha difundido imágenes de entrenamiento, combate y propaganda desde las zonas rebeldes del oeste birmano.
No es una columna internacional con miles de brigadistas ni una franquicia asiática de Rojava, aunque muchos de sus voluntarios sean veteranos del conflicto sirio.
Es más bien una pieza diminuta dentro del mosaico insurgente: extranjeros que entrenan o acompañan a fuerzas locales contra la junta militar, sobre todo en el entorno chin y en áreas donde operan las defensas populares.
El AIF, sin embargo, se caracteriza por el secretismo casi absoluto de sus miembros. Rostros tapados, nombres de guerra, comunicados sin biografías, imágenes donde la identidad importa menos que el símbolo.
El canario Martin Klamper, durante su etapa de servicio en las YBS de Sinyar.
En Myanmar no se hacen vídeos a cara descubierta como se hacía en Rojava, para divulgarlos luego junto al epitafio que se dedicaba a los mártires occidentales caídos.
Esa opacidad no le impide conectar su linaje con la vieja mitología brigadista española.
En sus publicaciones aparecen referencias explícitas a la Guerra Civil, consignas heredadas del antifascismo del 36 y combatientes armados con la bandera republicana cosida al uniforme.
Se desconoce si alguno de los que sirven actualmente es español. Pero la pregunta existe, precisamente porque el grupo juega con esos signos, los exhibe y los convierte en parte de su propia genealogía.
Lo que sí es sabido entre los funcionarios españoles del gobierno es que, antes incluso de que Martin viajara a la frontera tailandesa, al menos un operador armado vinculado a ese entorno habría pasado ya por Myanmar para instruir a combatientes locales, aunque no para combatir directamente.
El hecho sigue siendo difícil de cerrar con datos más precisos. Ese frente es opaco, fragmentario y está lleno de intermediarios, alias, cuentas cerradas y militantes que se protegen mejor que en Rojava.
Casi nadie entra con nombre verdadero ni sale dejando huellas visibles.
Llamando a la guerra
Y aquí es donde entra Martin, quien, según dice, podría encajar en muchos moldes pero nunca en el de comunista. Tiene más ideales que ideología.
De hecho, él no habla de Myanmar como quien ha encontrado una causa nueva en un folleto.
Se refiere a ese escenario como quien ha reconocido una estructura familiar dentro del imaginario de sus fantasías militares.
Pueblos sitiados, milicias pobres, mandos jóvenes, combatientes sin entrenamiento suficiente, fronteras porosas, intermediarios dudosos, campamentos de refugiados y una guerra tan lejos de Europa que casi nadie la mira hasta que aparece un extranjero con un fusil y una bandera conocida cosida a la gorra.
"Escribí a los antifas porque tenían la única unidad donde pensé que podrían reclutarme", dice.
"No me sentía integrado en mi existencia de trabajador en Alemania. Sentía que aquello no era mi vida y empecé a pensar en Myanmar porque aquel conflicto me ha interesado desde el principio".
"Me enganché a los vídeos que se publican porque es otro tipo de combate y comencé a informarme", añade.
"Los internacionalistas de la AIF tardaron seis meses en responder y me rechazaron. Tenía experiencia militar notoria pero un pobre o inexistente currículum político. Así que me puse a tirar hilos de viejos veteranos de Rojava y a buscar información en los grupos de Facebook".
En Myanmar, no basta con querer ir a la guerra. Hay que encontrar la puerta. Y casi todas están cerradas, vigiladas o atendidas por gente que no responde jamás a los mensajes de un extranjero que se presenta desde Europa diciendo que sabe pelear.
Martin empezó por donde empiezan todos los soldados sin padrino: escribiendo a desconocidos, buscando combatientes birmanos en las redes, perfiles de milicianos con miles de seguidores, unidades locales, grupos de apoyo, páginas de propaganda y cuentas que parecían manejarse desde algún frente.
Algunos vieron sus mensajes pero no contestaron. Otros creyeron que quería enviar dinero. Él les aclaró que no. Que quería ir allí. Que había combatido con los kurdos. Que podía ser útil.
El problema es que en Myanmar no había una ruta consolidada para voluntarios occidentales, ni una estructura capaz de absorber extranjeros con la facilidad con la que las YPG habían recibido sin preguntas durante años a comunistas, anarquistas, exmilitares, patriotas de la Alt-Right, soldados, aventureros y feministas.
En la vieja Birmania, cada frente tenía su propio idioma, su propia frontera, sus propios mandos y sus propias reglas. La mayoría ni siquiera hablaba inglés. Otros no se fiaban.
Y algunos, sencillamente, estaban demasiado ocupados sobreviviendo a la aviación de la junta como para contestar a un hispanoalemán de Tenerife que ofrecía experiencia militar desde el otro lado del planeta.
La frontera tailandesa
Entonces apareció la pista karen. Martin vio un documental sobre los campos de refugiados de ese pueblo en la frontera tailandesa y sobre los combatientes que entraban y salían de Myanmar desde el otro lado.
Aquello le pareció una grieta practicable. Si no podía llegar por la vía internacionalista, quizá podía acercarse por la retaguardia étnica de la guerra.
Compró un billete, viajó a Tailandia y subió hacia Mae Hong Son, una provincia montañosa pegada a la frontera birmana, donde los campamentos de refugiados karen forman desde hace décadas una zona gris entre el exilio, la ayuda humanitaria y la insurgencia.
Eso ocurrió en febrero de este año. De hecho, apenas han transcurrido unas semanas desde su regreso a Tenerife.
"Fui a la frontera y me presenté en su campamento", dice.
"Mi plan era cruzar con ellos a Myanmar y unirme a alguna de sus milicias. Aquello estaba lleno de hombres uniformados, con parches y botas, con la equipación completa salvo por el arma. Yo tuve la impresión de que vivían o dormían en Tailandia y después cruzaban al otro lado para hacer la guerra antes de regresar al campamento”.
Durante semanas se movió en esa periferia turbia de las guerras donde ya no estás exactamente fuera, pero tampoco dentro: hoteles baratos, alojamientos de paso, campamentos de refugiados, caminos de frontera, hombres uniformados sin arma visible, conversaciones en inglés precario, contactos que aparecen una noche y desaparecen al día siguiente.
Muy pronto comprendió que nunca lograría franquear la puerta de esa guerra sin mover los hilos de una red de favores; sin enfrentarse a desconfianzas, intermediarios, comandantes locales y tipos que decían conocer a alguien capaz de llevarte hasta el otro lado.
Lo que Martin encontró en Mae Hong Son era menos una retaguardia romántica que una frontera erosionada por décadas de guerra. Los karen llevan generaciones entrando y saliendo de ese mapa roto: refugiados en Tailandia, combatientes en Myanmar, familias partidas por una línea que para ellos es una herida.
Le pareció que la guerra estaba allí, pero en reposo. Como si la frontera fuera menos una línea en un mapa que el umbral de entrada a un turno de trabajo armado.
No había grandes discursos ni banderas para extranjeros. Había gente que sabía demasiado bien cuándo hablar, cuándo callarse y cuándo no comprometerse.
El 'flixer'
Martin no era un turista del peligro ni había venido de excursión.
Se había obstinado en pasar al otro lado para ofrecer lo único que poseía de valor en el mercado moral de aquella guerra: su experiencia como soldado en el ejército alemán y sus años de miliciano en Siria y en Irak.
"Entonces apareció el fixer", recuerda el hispanoalemán.
"Uno de esos personajes inevitables en todas las fronteras armadas: mitad guía, mitad intermediario, mitad vendedor de cosas imposibles. Y mi suerte pareció cambiar cuando me dijo que podía ayudarme".
Martin esperó instrucciones, empezó a creer que por fin había encontrado la ranura por la que entrar.
En una guerra así, un fixer puede ser un salvoconducto, una estafa, un informante, un contrabandista, un contacto real o las cinco cosas a la vez. Lo único seguro es que quien no conoce el terreno depende de él.
Durante unos días, el plan pareció existir. Había una ruta, un punto de cruce, alguien que decía que podía contar con él.
Después llegó el mensaje que lo deshizo todo. En el camino previsto había ocurrido algo: un asalto, una operación, un incidente armado, una alerta.
"No sabría decir muy bien qué sucedió porque allí los hechos llegan deformados por el miedo, la prudencia y la necesidad de no escribir demasiado en un teléfono", apunta.
El cruce se suspendió. Y Martin se quedó en el limbo de una guerra ajena.
Había visto la retaguardia, había olido la frontera, había hablado con gente de la guerra, pero Myanmar seguía al otro lado.
Mon State Army
"Al final encontré una milicia que se llama Mon State Army", afirma.
"Les mandé un mensaje: soy Martin, tengo experiencia, he estado con los kurdos y de repente veo que leen el mensaje y me mandan un número. Pensé: 'Hostia, qué bueno'. Estuve hablando con un tío de ese grupo y me dijo que había leído mi mensaje y que quería que yo fuera allí porque sus soldados no saben actuar como soldados".
"Les falta disciplina, les falta entrenamiento, les falta todo eso", prosigue el voluntario.
"Yo me veo capacitado para ayudarles, aunque va a ser una tarea supercomplicada porque tampoco tengo tanta información. El comandante de ese grupo es el que está al frente porque tiene 35 años y es el más viejo en un lugar donde mucha gente muere joven".
Guerrilleros de la Mon State Army, en Myanmar.
Los mon son una minoría histórica del sureste de Myanmar, asentada sobre todo en el estado que lleva su nombre y en las zonas fronterizas con Tailandia.
Su movimiento armado no nació con la revuelta democrática de 2021: viene de mucho antes, de la larga guerra étnica contra el poder central birmano.
Durante décadas, su brazo militar más conocido fue el Mon National Liberation Army, vinculado al New Mon State Party, una guerrilla nacionalista étnica que firmó ceses del fuego, negoció con distintos gobiernos y osciló entre la autonomía, la supervivencia y la guerra abierta.
El golpe militar volvió a partir ese mundo. Una parte del viejo movimiento mon mantuvo posiciones más ambiguas frente a la junta, mientras sectores disidentes rompieron con la línea negociadora y se sumaron a la revolución armada contra el Tatmadaw.
Panorámica del campamento mon, tomada por Martin.
De ahí salió una galaxia de siglas nuevas o reactivadas: Mon State Defense Force, Mon State Revolutionary Force, Mon Liberation Army, Mon National Liberation Army-Anti Dictatorship y otros grupos que intentan coordinarse, fusionarse o sobrevivir dentro de una resistencia donde cada minoría tiene su propio agravio, su propia bandera y su propia cadena de mando.
A ese enredado universo se refiere Martin cuando habla de una milicia mon.
No describe una gran organización homogénea ni una brigada internacional abierta a extranjeros, sino uno de esos pequeños ejércitos de frontera nacidos de la mezcla entre nacionalismo étnico, autodefensa local y guerra contra la junta.
Hablamos de hombres jóvenes, mandos improvisados, falta de entrenamiento, necesidad de instructores y una causa que, vista desde Europa, puede parecer una nota a pie de página, pero que para los mon forma parte de un conflicto intergeneracional y enquistado en su ADN.
Caídos de la Mon State Army, en Myanmar.
Volver para regresar
"No me fui directo ya con ellos estando en la frontera de Tailandia porque la comunicación allí tarda un par de días", afirma.
"Pasa como en Rojava y toma al menos un par de días desde que les mandas un mensaje hasta que te responden, y al final me tuve que volver por el visado y porque se me acabó el dinero. Me gasté cuatro mil euros. Me fui con dos mil y luego recibí otra nómina de dos mil más".
A principios de marzo, Martin volvió a Europa, pero no a Alemania, sino a la tierra de sus padres, Tenerife.
"He empezado otra vez desde cero en las Canarias, porque dejé toda mi vida en Alemania para ir a Tailandia", explica.
Martin está considerando ir a entrenar y disciplinar a comandantes de la Mon State Army.
"Desde el primer día me puse a trabajar en hoteles, en el muelle, en lo que saliera. No ha pasado ningún día sin trabajar. Hay curro, pero estoy ganando superpoco".
"El plan es volver, claro. Tengo ese contacto y le gustaría que fuera allí para enseñar a sus comandantes cómo va este rollo. Estoy de paso. Cuando tenga el dinero suficiente, me voy. Y me iré de España porque, desde Alemania, todo son problemas".
"¿Que a mis padres qué les digo? Mi padre falleció hace un par de años y a mi madre le he vuelto a mentir. No creo que ninguna madre esté muy orgullosa de que su hijo le diga que se vuelve a la guerra", concluye.
En su viaje a Myanmar, le acompañaba otro alemán de 19 años al que terminó pagándole el billete de avión.
El chico se lo confesó todo a su madre antes de salir. La madre fue a la policía. Y en algún punto del trayecto, entre Ámsterdam y Bangkok, el pasaporte germano del muchacho dejó de servir para cruzar fronteras.
El amigo se quedó fuera. Martin también. Uno por haber dicho la verdad en casa; el otro porque, aunque la escondió demasiado bien, no encontró la puerta a tiempo.
