Roberto tiene 70 años. Es fontanero. Trabaja en España desde hace décadas. Entra en casas ajenas cuando algo se rompe, cuando el agua aparece donde no debe, cuando una familia necesita que alguien resuelva lo urgente. Escucha. Observa. Se mete debajo del fregadero. Y arregla.
Mientras la inteligencia artificial avanza, muchos oficios se ven amenazados. Lo que hace unos años parecía un riesgo lejano hoy es inminente. OpenAI publicó un estudio llamado GDPval que midió cómo los modelos más avanzados pueden reemplazar tareas humanas concretas. El resultado: en varias áreas, la IA iguala o supera a profesionales en lo que antes solo podían hacer personas.
El informe incluyó 44 profesiones distribuidas en nueve sectores clave de Estados Unidos, desde la salud hasta la manufactura y los servicios profesionales. Cada tarea fue evaluada por expertos sin saber si el trabajo lo había hecho un humano o una IA. La conclusión es clara: mientras algunos oficios podrían automatizarse, otros siguen requiriendo la experiencia, la intuición y la adaptabilidad de la mano humana.
En ese contexto, la pregunta es inevitable: ¿Una máquina construida por la IA, una especie de robot fontanero, podría hacer su mismo trabajo?
Roberto no dudó cuando escuchó la pregunta.
"No", respondió. "Jamás lo podría hacer", insistió.
Su argumento no es ideológico. Es físico.
"La parte manual", dice. Y se explaya: "El conectar tuberías, hacer hilo, trabajar en espacios pequeños. Como son viviendas y muchas veces ya está todo construido, no pienso que una máquina pueda hacer lo que uno hace. Por el espacio. Por la dificultad".
Habla de espacios minúsculos. De lavaderos donde apenas entra una persona. De cocinas en las que la lavadora, el fregadero y la pared dejan un margen ínfimo para mover el cuerpo. "Es muy difícil moverse", asegura. "Muy poco espacio para trabajar tranquilo".
En la teoría, la avería puede sonar simple. En la práctica, casi nunca lo es.
Cuando se detecta un consumo de agua desconocido —no aparece humedad en las paredes, no hay charcos visibles—, el problema se vuelve más complejo. "Hay que usar un aparato que se llama hidrófono", explica el fontanero. Es un detector de fugas de agua. Se detecta por el sonido que emite el agua en el interior de la instalación.
"Eso es lo más difícil que hay", señala.
En asuntos de calefacción, todavía más. Se puede detectar por sonido o por el calor que emite el sistema al funcionar. Las máquinas para detectar esto son costosas. "Unos 1.500 o 2.000 euros, una cosa así", calcula el fontanero. Pero no resuelven solas. Indican. Orientan. Después hay que romper.
"Si tú estás hablando de avería, entonces hay que romper. Hay que hacer bastante espacio para poder hacer hilo", detalla. Y especifica que cuando la instalación es de hierro, el trabajo se complica aún más.
No siempre lo que los clientes le describen por teléfono coincide con la realidad. "Suele suceder", admite. En esos casos, muestra el problema real. Explica. Justifica. No agranda el trabajo.
"Ni agrando el trabajo, ni nada. Lo justo, justo, y ya", afirma.
En todos los sectores, dice, hay quienes buscan aprovecharse: "Abogado, periodista, lo que sea". Él eligió otra política: "No me gusta engañar a la gente porque me siento mal, personalmente".
En términos económicos, estima que el oficio tiene una base de 1.200 euros al mes, aunque deja claro que se trata de una cifra abierta. En un sector con falta de relevo generacional, quien domina la técnica puede aspirar a ingresos significativamente mayores.
El coste humano
Según Roberto, la técnica es central, pero no es lo único: "Hay un porcentaje del oficio que es el trato humano. Psicología. Confianza".
"Uno tiene que saber cómo decirles que uno tiene que trabajar", comenta sobre los clientes que se quedan conversando mientras él intenta concentrarse. Explica lo que va a hacer. Genera seguridad. Y después se pone manos a la obra.
Si puede ayudar por teléfono, lo hace.
"Si lo puedo ayudar a la distancia para guiarlo, no tengo ningún problema", asegura. "Sé que ese cliente va a quedar agradecido. Y la próxima me puede llegar a llamar". No es egoísta con el conocimiento. No teme perder un trabajo puntual si eso construye una relación.
Roberto se formó en Chile. Hizo un curso de 450 horas de Instalaciones sanitarias, gas y reparación de artefactos a gas. Antes trabajaba en seguridad, en una tienda de gran prestigio en su país. Pagaban bien. Pero sentía que no era estable.
"Uno está en la cuerda floja siempre en seguridad", recuerda.
Quería estudiar informática. Cambió de idea. Eligió un oficio manual. Se dio a conocer solo. Trabajó muchos años en su país de origen. La decisión de emigrar a Madrid en 2004 estuvo ligada a su familia. Tiene esposa y tres hijos. Cuando la mayor comenzó enfermería en la Universidad Católica, el costo de los estudios lo obligó a replantearse todo.
No podía ampliar demasiado el trabajo. Intentó contratar gente. "Daban más problemas de los que resolvían", resume. España apareció como una posibilidad, sobre todo por el sistema educativo y se siente muy agradecido.
Aquí, explica, "se puede trabajar bajo la firma de una empresa certificada. Pero si uno quiere tener empresa propia, exigen estudios y cursos de seguridad".
"Cada vivienda es un mundo"
En estos años notó pequeños cambios tecnológicos. Nuevas herramientas. Productos. Algo de domótica. "Tenés que estar constantemente estudiando", dice. Lee catálogos. Escucha al vendedor cuando compra una máquina. Aprende en la práctica.
Pero traza un límite.
"Es que uno trabaja en la parte física de la tubería", aclara. “Puede existir una aplicación que diagnostique a partir de una foto. Puede haber un algoritmo que sugiera. Eso te puede dar una orientación”, concede. Pero asegura que no reemplaza la presencia.
"Que llame siempre al fontanero", recomienda a quien tenga un problema.
Cuando se le pregunta qué habilidades invisibles necesita un buen profesional, no habla de fuerza. Habla de mirada: “Uno tiene que tener una amplia visión. Tener el todo claro y saber interpretar. Valorar todos los datos que tiene esa instalación para resolver el problema”.
Es teoría, sí. Pero también es intuición y como él dice: "experiencia acumulada".
Después de décadas entrando a casas ajenas, sabe qué se rompe más: "Inodoros. Grifos de ducha, de lavabo, de fregadero. Lo habitual".
También sabe que cada vivienda es un mundo. Entró a casas impecables. Y a otras no tanto. Recuerda una cocina con platos acumulados durante meses. Grasa adherida a las superficies. "Es lo más desagradable que me ha tocado", confiesa.
En desagües encontró anillos de oro. Joyas atrapadas en el lavabo. "No es frecuente, pero sucede", cuenta Roberto.
Sobre el recambio generacional en el oficio es escéptico. "De querer, quieren", dice sobre los jóvenes. Pero no los ve perseverar: "Terminan aspirando a otras cosas". Según observa desde su experiencia, para ellos, la electricidad es un camino más fácil. La fontanería es más física. Más dura.
Volvemos a la inteligencia artificial. Si pudiera planificar obras, calcular presupuestos y anticipar averías, ¿qué quedaría en manos humanas?
Roberto responde con una condición: "A la máquina hay que alimentarla. Darle datos exactos. Distancia. Diámetro. Medidas". Y aún así plantea: "Si entiende, no te lo va a hacer".
Puede calcular. Puede prever. "Pero alguien tiene que meterse en el espacio mínimo. Forzar una llave en un ángulo imposible. Romper una pared con precisión. Adaptarse a lo que no figura en ningún plano", afirma.
"Ya metiéndose a reparación o hacer modificaciones, no creo que valga", insiste sobre un eventual cambio en el rubro debido a la Inteligencia Artificial.
Y vuelve al punto inicial: "No lo podría hacer".
No hay grandilocuencia en su tono. No hay desprecio por la tecnología. Usa máquinas. Compra herramientas. Se actualiza. Pero distingue entre orientar y ejecutar.
En un mundo donde algoritmos ya redactan informes legales y elaboran reportes financieros con desempeño equiparable al humano, Roberto defiende un territorio más elemental. El del cuerpo en el espacio. El de la mano que gira una llave en un hueco estrecho. El del oído que detecta un ruido mínimo detrás de una pared.
Ahí, dice, todavía no hay reemplazo: "Jamás lo podría hacer".
