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Benito Antonio Martínez Ocasio ha hecho historia. Pero no sólo en la música: también en la política cultural de Estados Unidos. En sus ocho días de oro, Bad Bunny ha encadenado dos hitos que explican, mejor que ningún discurso, el lugar que ocupa el artista en el mapa norteamericano.

Ha ganado tres premios Grammy, entre ellos el de Álbum del Año por Debí Tirar Más Fotos, el primero concedido a un trabajo íntegramente en español en los casi setenta años de historia del galardón.

Y, por si fuera poco, este fin de semana actúa en el mayor escaparate del país, el espectáculo americano por excelencia, la Super Bowl, sin cambiar de idioma ni de relato. No es sólo una actuación: es una toma de posesión.

Bad Bunny recibe emocionado el premio a mejor álbum del año por 'Debí tirar más fotos'. Reuters

Nada de eso ha ocurrido por accidente. En los últimos meses, Bad Bunny ha tensado su figura pública hasta convertirla en algo más que un fenómeno musical.

En la gala de los Grammy, ante millones de espectadores, pronunció dos palabras —"ICE Out" (fuera ICE)— que rompieron el guion del espectáculo y lo situaron de lleno en el centro del debate político.

No era una consigna improvisada, sino la cristalización de una trayectoria en la que identidad, inmigración y pertenencia llevan tiempo entrelazándose.

Para él, hablar de inmigración no es un acto de activismo político, sino una experiencia que atraviesa su biografía, su entorno y a buena parte del público que lo ha acompañado hasta la cima.

El gesto no ha pasado inadvertido. Donald Trump ha reaccionado desde Truth Social con desprecio explícito. Primero lo hizo cuestionando quién era Bad Bunny, por qué había sido elegido para cantar en la Super Bowl y, después, criticando una gala que, a su juicio, se ha vuelto "política", como si antes no lo fuera.

La animadversión no es nueva, pero ahora se produce en un momento particularmente simbólico: justo cuando el artista puertorriqueño entra en el corazón del entretenimiento nacional sin traducirse ni rebajarse, después de haber concentrado sus conciertos en Puerto Rico y haber llevado allí una riqueza que rara vez se queda en la isla.

En una América que sigue viviendo bajo el trumpismo, Bad Bunny ha asumido que la neutralidad ya no es una opción creíble para alguien con su alcance mediático.

Y al hacerlo ha dejado de ser sólo el músico más escuchado del mundo para convertirse en una figura incómoda: una voz que decide no separar su éxito del tiempo histórico que le ha tocado vivir.

El niño de la vida normal

Antes de convertirse en Bad Bunny, Benito Antonio Martínez Ocasio fue, en sus propias palabras, "un chamaco normal". Nació en 1994 en Bayamón, una ciudad extensa y calurosa del área metropolitana de San Juan, más asociada a centros comerciales, urbanizaciones y autopistas que a cualquier mística cultural.

Bayamón es una ciudad de clase media trabajadora, un lugar donde la vida transcurre entre turnos, tráfico y rutina, y donde crecer no implica necesariamente imaginarse lejos.

Su infancia estuvo marcada por una educación religiosa estricta. La iglesia fue uno de los primeros espacios donde aprendió a escuchar antes que a hablar, a medir los tiempos, a respetar silencios. Cantó durante años en el coro, en un entorno donde la música no era espectáculo sino servicio, y donde la voz tenía que encajar en un conjunto más amplio.

Esa formación temprana dejó una huella visible: una manera de cantar contenida, casi solemne, que más tarde contrastaría con letras explícitas y ritmos agresivos sin perder nunca el control. Incluso hoy, cuando su música habla de exceso, su voz rara vez lo hace.

En casa, la normalidad era virtud. No había una narrativa de excepcionalidad ni una presión por destacar. Había horarios, normas y una idea clara de responsabilidad. Benito es el mayor de tres hermanos, una posición que, según ha contado, lo obligó desde pequeño a ejercer cierta contención.

Sus hermanos menores —Bernie y Bysael— crecieron junto a él en ese mismo entorno doméstico, lejos del ruido mediático que llegaría después. Mantienen una relación cercana y han permanecido deliberadamente fuera del foco público, algo que él ha respetado siempre, como si proteger ese núcleo fuera una forma de preservar su propio equilibrio.

Tras acabar el instituto, se matriculó en Comunicación Audiovisual en la Universidad de Puerto Rico, en Arecibo, y trabajó en un supermercado para mantenerse.

Recuerda esa etapa como un tiempo de incertidumbre y cansancio, de días largos y noches cortas. "Cuando cumplí veinte años estaba deprimido; sentía que era el final de mi vida", dice al mirar atrás, describiendo un momento en el que la música aún no era una salida clara, sino una posibilidad frágil.

Bad Bunny en los Grammys 2026. EFE

Grababa canciones en su cuarto, las subía a internet sin estrategia y volvía al trabajo al día siguiente sin saber si alguien las escucharía.

Las primeras letras que empiezan a circular reflejan ese estado emocional más que cualquier ambición de éxito. Diles hablaba de deseo y afirmación personal; Soy Peor, de despecho y herida. No eran canciones políticas, pero sí eran canciones de alguien que ya había aprendido a hablar desde dentro, sin teatralidad. La violencia aparece desplazada, simbólica; la masculinidad, contenida.

Todo eso ocurre en un territorio con una carga política particular. Crecer en Puerto Rico, un territorio no incorporado a Estados Unidos, es hacerlo dentro de una anomalía institucional que se vive con normalidad cotidiana. Los puertorriqueños son ciudadanos estadounidenses, pero no tienen permitido votar en las elecciones presidenciales si viven en la isla.

No eligen senadores con voto pleno. Tienen gobierno propio, pero no soberanía completa. Es una ciudadanía a medias, legalmente reconocida y políticamente limitada, que no se explica en la escuela, pero se aprende en la práctica.

Esa condición atraviesa la vida diaria: en la economía precaria, en la dependencia energética, en la emigración constante hacia el continente. Está en los apagones y en la sensación persistente de que las decisiones importantes se toman lejos. Bad Bunny ha resumido esa experiencia con una frase recurrente: Puerto Rico es parte de Estados Unidos "cuando conviene".

El punto de inflexión generacional fue el huracán María en 2017. La isla quedó meses sin electricidad y la fragilidad estructural del territorio se vio expuesta ante el mundo. Para entonces, Benito ya empezaba a ser conocido, y la distancia entre lo que vivía su entorno y el discurso oficial se volvió imposible de ignorar. A partir de ahí, Puerto Rico dejó de ser sóloel lugar de origen para convertirse en el centro explícito de su relato.

El niño de la vida normal no desaparece con el éxito. Sigue ahí, en la forma de hablar, en la resistencia a la grandilocuencia, en la negativa a traducirse para resultar aceptable. Puerto Rico no es para él una etiqueta ni un recurso estético: es el punto de partida.

Entender esa infancia, atravesada por fe, disciplina y una ciudadanía incompleta, es clave para entender por qué hoy Bad Bunny no ocupa el centro como invitado agradecido. Ha crecido sabiendo que la neutralidad, en determinados contextos, no es una opción inocente, sino una forma de aceptar el lugar asignado. Y desde ahí —desde Bayamón, desde una casa y una vida normal — empieza a construirse la figura que hoy incomoda.

Cuando la voz empieza a pesar

Ese proceso no es inmediato. Durante un tiempo, Bad Bunny sigue siendo, a ojos del gran público, un artista que se mueve en los márgenes del mercado. El cambio empieza a notarse entre 2016 y 2017, cuando algunas de las canciones que subía sin estrategia clara comienzan a circular fuera de Puerto Rico. Primero en comunidades latinas de la costa este de Estados Unidos; después en playlists, clubes y redes donde el idioma deja de ser un obstáculo y pasa a funcionar como seña de identidad.

Diles, sobre todo en su versión remix, actúa como punto de entrada: no lo convierte aún en una estrella, pero sí en una voz reconocible dentro de un sonido emergente, el trap latino, que empieza a filtrarse en Estados Unidos sin pedir permiso. Cuando la industria se fija en él, ya no es maleable.

En los años siguientes, su crecimiento es sostenido y poco teatral. Discos, colaboraciones y giras lo sitúan cada vez más arriba sin un gesto claro de consagración. Recorre Estados Unidos, llena estadios y encabeza festivales. El mainstream no lo adopta de golpe; se acostumbra a su presencia.

Durante ese periodo, Puerto Rico sigue siendo el origen emocional de su relato, pero todavía no el centro operativo de su carrera.

Ese tramo intermedio es decisivo. Bad Bunny se hace enorme sin cambiar de idioma ni suavizar referencias. El éxito no le exige adaptación, y esa anomalía empieza a producir una conciencia nueva: ocupar un espacio tal como es no sólo es posible, sino eficaz. Su voz deja de ser sólo reconocible y empieza a ganar peso. Lo que dice —y cuándo decide decirlo— empieza a generar reacción.

El primer gesto claro de ese cambio llega en 2022 con El Apagón, una canción incluida en Un Verano Sin Ti. No es la primera vez que habla de Puerto Rico, pero sí la primera en la que lo sitúa como conflicto estructural y no como paisaje.

Los apagones eléctricos, la privatización del sistema energético y la gentrificación entran en la canción sin metáfora ni voluntad explicativa. No hay consigna ni pedagogía: hay señalamiento. A partir de ahí, la música deja de funcionar sólo como expresión personal y empieza a operar como intervención.

Ese giro coincide con algo menos visible, pero igual de revelador: su obra empieza a circular fuera del entretenimiento. Historiadores, profesores y estudiantes comienzan a usar sus canciones como material para hablar de colonialismo, migración y ciudadanía.

Bad Bunny, en una fotografía tomada en París en junio de 2024. Gtres

El historiador puertorriqueño Jorell Meléndez-Badillo, profesor en la Universidad de Wisconsin–Madison, lo describe como un desplazamiento cultural poco común. "Hay un verdadero interés por aprender. Yo lo llamo el fenómeno Bad Bunny", explica. "Su música está empujando a millones de personas a hacerse preguntas que antes no se hacían: qué es Puerto Rico, cuál es su historia y por qué su relación con Estados Unidos es tan contradictoria".

Para Meléndez-Badillo, lo relevante no es la popularidad, sino el efecto: "No es sólo entretenimiento; es una puerta de entrada a una conversación histórica que llevaba décadas fuera del foco".

A partir de ahí, su relación con el poder cultural estadounidense empieza a cambiar. No por rechazo, sino por elección. El artista que ha recorrido el país entiende que el éxito también le permite decidir dónde y cómo aparecer. No multiplica mensajes ni adopta un tono militante. Afina los gestos.

Esa lógica explica la decisión de 2025: concentrar su actividad en Puerto Rico con una serie de treinta conciertos en el Coliseo José Miguel Agrelot, en San Juan. No como regreso sentimental, sino como reorganización del mapa. Las primeras fechas se reservan para residentes de la isla, priorizando a la comunidad local frente al turismo musical.

El gesto no es retórico: es logístico. No llevar Puerto Rico al mundo, sino forzar al mundo a desplazarse hacia Puerto Rico.

El impacto es material. Hoteles llenos, empleo temporal, consumo local, cifras que distintas estimaciones sitúan en 400 millones de dólares entre impacto directo e indirecto. Pero el dato más significativo no es económico, sino simbólico: un artista global decide concentrar capital cultural y financiero en una región históricamente tratada como un territorio.

Ese movimiento también redefine su posición en Estados Unidos. Bad Bunny empieza a ocupar un lugar incómodo: el del artista que no actúa como invitado agradecido. No traduce ni suaviza para tranquilizar.

El profesor de Yale Albert Sergio Laguna, especialista en latinidad y cultura popular, lo formula con claridad: "Bad Bunny no está intentando ser aceptado por el centro cultural estadounidense. Está obligando a ese centro a convivir con una latinidad que no se disculpa ni se traduce". No negocia su presencia; la ejerce.

Donald Trump y Bad Bunny. Reuters / EFE

Esa incomodidad se intensifica cuando sus decisiones se cruzan con el clima político. Tras años de giras por el territorio continental, decide enfocarse en su Puerto Rico natal en esta etapa. Ha explicado que la preocupación por la posible presencia de agentes de inmigración en los recintos y el miedo que eso genera en parte de su público pesan en esa elección. La celebración, entiende, no es neutral cuando algunos cuerpos viven bajo amenaza. Y opta por no fingir normalidad.

Por eso, cuando hoy su nombre se instala en el espectáculo más icónico de la cultura americana, no lo hace como una irrupción inesperada, sino como consecuencia lógica. No llega para integrarse. Llega porque el centro, poco a poco, se ha desplazado hacia él.

El centro, sin traducción

Que Bad Bunny cante en el intermedio de la Super Bowl no es sóloun triunfo artístico. Es una escena cargada de significado en un país donde millones de personas viven con la sensación de que su presencia es frágil: gente que mide las horas a las que sale, que evita determinados trayectos, que aprende a convivir con el miedo a una autoridad que puede convertir una rutina en una ruptura.

Cuando en los Grammy pronunció "fuera el ICE" y añadió que "lo único más poderoso que el odio es el amor", no estaba lanzando una consigna. Estaba nombrando una experiencia cotidiana.

Ese gesto no funciona como promesa ni como consuelo fácil. Funciona como reconocimiento. Para quienes viven con la sensación de ser ciudadanos de segunda, ver a alguien como Bad Bunny ocupar el lugar más visible del país cantando en español, en la primera Super Bowl desde que se oficializó por primera vez en la historia el inglés como idioma nacional tiene un efecto difícil de medir, pero fácil de entender. No elimina el miedo, pero lo hace visible.

En esta América gobernada por Donald Trump, donde la lengua vuelve a ser frontera y la pertenencia un campo de batalla político, esa presencia resulta incómoda precisamente porque no adopta la forma esperable de la protesta. Bad Bunny no alza el puño ni redacta manifiestos. Canta. Habla de amor. Se mantiene en su tono.

Y llega así al intermedio del espectáculo televisivo más visto del mundo año tras año, el ritual más vigilado del consenso estadounidense.

Cuando se anunció su actuación, dijo tajantemente que quien no entendiera español tenía cuatro meses para aprenderlo. La frase no buscaba humillar ni provocar. Era otra cosa: una inversión silenciosa de la norma. Por una vez, no se pedía a la cultura latina que se adaptara, sino a los americanos que se adaptasen a ella.

Para muchos, Bad Bunny no es un líder ni un salvador. No pretende serlo. Es algo más sencillo y, por eso mismo, más potente: una prueba de que se puede ocupar el centro sin dejarse traducir; de que una voz en español puede sonar donde siempre se exigió el inglés; de que el éxito no tiene por qué venir acompañado de renuncia.

Cuando empiece a sonar el intermedio del Super Bowl, cuando la gente empiece a bailar y se deje llevar, no será solo una actuación histórica por ser en español, será una imagen difícil de borrar: la de un país mirándose a sí mismo y descubriendo que el centro ya no es un lugar cerrado. Que también pertenece a quienes durante años aprendieron a vivir en los márgenes. Y que, esta vez, no han venido a pedir permiso sino a quedarse.