Palma

Queda poca gente por las calles de Palma porque el húmedo frío de enero empieza a meterse en los huesos. César apaga su teléfono después de enviar varias decenas de currículos. Lleva varios días viviendo en su coche, aparcado junto a la clínica de la Cruz Roja de la capital balear. Enciende un poco el motor para calentar el pequeño habitáculo donde volverá a pasar la noche. Un transeúnte le observa desconfiado desde la acera. Ni se imagina que César Blasco trabajó en la ONU, recorrió medio mundo, ejerció como periodista en numerosos medios de comunicación e incluso fue dueño de un hotel en Costa Rica. La pandemia pasó como un tsunami por su vida y lo mandó a la calle. Pero, por una vez, la historia tiene final feliz. Después de unos días a la intemperie, César recibe una llamada, viaja a Madrid para una entrevista y, poco después, acaba de director de un hotel de lujo en Guinea Ecuatorial.

“Aquellos días me enriquecieron como persona y me quitaron muchos prejuicios”, cuenta a EL ESPAÑOL desde su despacho en el Hilton de Malabo. “Son vivencias, baches en la vida que te hacen darte cuenta de que algo como la pandemia puede llevarte a un sitio donde siempre piensas que estarán otros, no tú”. Ahora vive en el hotel que dirige, gana unos 4.000 euros al mes y hace paella los domingos. Y sin embargo, a principios de este año era uno más en las colas del hambre de Palma y racionaba la gasolina de su coche para poder encender la calefacción un poco cada noche.

Hasta ese momento, César siempre había llevado una vida de clase media-alta. Nacido en Barcelona hace 53 años, consiguió una beca para estudiar Comunicación y Periodismo en Ginebra y se quedó allí para trabajar en el departamento de prensa de las Naciones Unidas. Viajó por medio mundo y acumuló más experiencia laboral en medios de comunicación como la Cadena SER o Canal Sur y entidades como el Comité Olímpico de Barcelona 92 o el departamento de violencia de género de Cruz Roja España. Con 32 años, se marchó a Nicaragua y su vida cambió para bien.

César Blasco trabajó, antes de arruinarse, en medios de comunicación. Cedida

“Iba y venía a Costa Rica y allí me enamoré, me casé y tuve dos hijos maravillosos”. Después de trabajar en medios de comunicación y departamentos de prensa en el país centroamericano, decidió dar un giro profesional de 180 grados. “Me reinventé en el sector turístico trabajando y formándome en hoteles y restaurantes, hasta que en 2019 surgió la oportunidad de hacerme con un hotel en propiedad. Quién iba a pensar lo que pasaría después…”, refleja en conversación con EL ESPAÑOL.

Dos golpes pandémicos

Llegó la pandemia de la Covid-19 y el país cerró a cal y canto. Pasaron los meses, pero la recuperación no llegaba, porque el turismo tiene un notable peso en la economía de Costa Rica –antes del coronavirus aportaba el 6,3% del PIB-. “Lo perdí todo y regresé a España porque se estaban acabando los ahorros. Después de dos semanas en Madrid, me salió un empleo en Palma cuidando a una persona mayor. No lo había hecho nunca, pero había que trabajar”, relata antes de lanzar un suspiro.

Pero entonces la pandemia golpeó de nuevo. Los familiares del anciano decidieron encargarse de su cuidado y despidieron a César. Y entonces se abrió un agujero negro. “Es una espiral: pierdes el empleo, pierdes la casa y acabas viviendo en la calle, en un mundo de donde es muy difícil salir. Y nadie está exento de esto, absolutamente nadie, porque poco importa entonces la experiencia o los títulos que tienes colgados en la pared”.

El coche donde tuvo que dormir César tras perderlo todo por la pandemia. Cedida

Un día, César aparcó su coche en las inmediaciones de la Cruz Roja de Palma y ahí lo dejó. A partir de ese momento, era su casa. No había otro lugar adonde ir. Puso un colchón en los asientos traseros, colocó cuidadosamente el único traje que conservaba para que no se arrugase y encendió el teléfono para empezar a mandar currículos. “Al principio piensas que es un bache del que saldrás enseguida, pero poco a poco pierdes la esperanza porque después de mandar 400 o 500 currículos no había pasado nada. De hecho, la mayoría ni siquiera te contesta”. César empezaba a temer que el hándicap de la edad fuera demasiado lastre para conseguir incluso una simple entrevista.

A la hora de comer, había que buscarse la vida y algún día tocó acercarse hasta los comedores sociales de la capital balear, las llamadas colas del hambre. Él, que había dado alojamiento y comida a decenas de viajeros en su hotel, se encontraba ahora durmiendo en un coche y pidiendo comida a organizaciones caritativas.

“Uno tiene la perspectiva muy equivocada del tipo de persona que está en estos comedores. Crees que todos son gente que está porque quiere o porque tiene problemas de exclusión o de drogas, pero te das cuenta de que hay de todo; sin embargo, el sistema no ayuda a sacar la cabeza”, reconoce mientras critica la falta de apoyo para poder recuperar una vida personal y laboral. “Se hace un gran trabajo, pero no se crean las condiciones para que puedas ir decentemente a pedir trabajo, por ejemplo. El sistema no está pensado para ayudar a salir porque, por ejemplo, si duermes en un albergue tienes que estar todo el día fuera y encima te cambian cada 15 días. Y eso por no hablar del ambiente que encuentras”.

Pisos o ayudas temporales

César propone pisos tutelados, ayudas temporales, conciertos con empresas… “Hay mucha gente que, con un empujón, podrían salir de ahí”. Y a la gente de a pie, le pide menos palabras y más actos, aunque sean pequeños. “Muchas veces te intentan reconfortar diciéndote que todo irá bien o que tengas esperanza, pero para ser sincero, eso vale de poco cuando lo ves todo negro. Es más práctico entrar en un supermercado y comprar un bocadillo y una botella de agua”.

César Blasco, junto a varios trabajadores del hotel Hilton de Malabo. Cedida

Los días que no iba al comedor social, César exprimía el poco dinero que le quedaba para entrar en un bar a pedir un bocadillo. Entonces descubría su nueva realidad. Él seguía siendo el mismo, pero para los demás era alguien diferente. “Te das cuenta de que todos están encima de ti. '¿Tendrá dinero para pagar? ¿Vendrá a robar algo?' Es muuuuy difícil mantener la dignidad porque más que echar de menos una cama o algo material, añoras el sentido de pertenencia. En ese momento estás solo y la gente te mira diferente y eso es durísimo”. Incluso hubo momentos de rechazo explícito y con un origen totalmente inesperado. “Una noche, alguien de la Cruz Roja me dijo que daba mala imagen y me pidió que moviera el coche. Sin duda, fue el peor momento de aquellos días en la calle”. Y sin embargo, también hubo anécdotas para recordar en positivo.

“Otra noche, en la que hacía particularmente frío, una pareja de policías locales me pidió la documentación y me dijo: ‘arranque el vehículo y síganos’. Pensé que me quedaba sin coche, es decir, sin sitio donde dormir. A kilómetro y medio, me metieron en una gasolina y me dieron 20 euros de su bolsillo para llenar el depósito. Después me acompañaron de vuelta para evitar problemas porque no tenía la ITV pasada y me dejaron en el mismo sitio. Esa noche lloré”.

Nueva vida en África

Entonces entró un mensaje en el buzón de correo. Una entrevista. Por fin. Fue la primera y la última. Pero también la única, porque nadie más respondió. “Aquello me devolvió la esperanza. Me puse el traje y me fui a Madrid gracias a que un amigo empresario, que en ese momento no podía conseguirme trabajo, me prestó dinero para pagar el vuelo y adecentarme”, recuerda César, que meses después devolvió todo este ‘préstamo’. “Él no quería aceptarlo, pero yo insistí en hacerlo para que, con ese dinero, pudiese ayudar a otra persona que estuviera pasando por una mala racha”. La prueba en la capital fue bien y en 15 días, César volaba hasta Guinea Ecuatorial. “Ya no regresé a Palma. Le regalé el coche a un chaval que conocí en las colas del hambre y emprendí una nueva vida en África”.

César Blasco es el actual director del hotel Hilton de Malabo, en Guinea Ecuatorial. Cedida

El recibimiento, eso sí, fue para no olvidar. “Llegué a Bata, que es la ciudad más poblada del país para trabajar en un hotel el 5 de marzo y el día 7 un depósito de dinamita explotó y provocó 107 muertos y 615 heridos. Fue un susto tremendo”. Después de unos meses en su nuevo puesto, surgió la posibilidad de mudarse a la capital, Malabo, donde ahora dirige el hotel Hilton. “Estoy encantado. Trabajo bastante porque hay mucho que hacer, pero la gran ventaja es que, dentro de lo que es África, Guinea es un país tranquilo y estable económicamente”, cuenta de forma entrecortada por culpa de la mala conexión a internet.

Su hijo de 17 años, su hija de 16 y la pequeña de 5 no tienen ni idea de la reciente situación de su padre. “Ellos están en Costa Rica y tarde o temprano se lo contaré, pero ahora lo único que espero es poder verlos, si todo va bien, en enero en España”. De hecho, pocas personas saben que, hace unos meses, ese director de hotel trajeado y sonriente estaba viviendo en un coche en la lejana Mallorca. “No lo he contado en general, pero algunos amigos sí lo saben”, asegura antes de que la conexión se corte permitiendo una breve despedida: “¡Esto es África!

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