Rafa Martí Diego Rodríguez Veiga

Se ha ido uno de los grandes y uno de los mejores en lo suyo. Y se ha ido de una de las formas que él mismo asumía: muerto en un país en conflicto haciendo lo que más amaba: contar historias inaccesibles en lugares desaconsejables para la mayoría. “He tenido mucha suerte en la vida. Mis padres, mi familia y mi mujer me han querido de la manera más hermosa que se puede querer a alguien: libre. Aunque eso suponga en su caso que un día pueda haber una llamada que les diga ‘No va a volver’. Eso es un acto de generosidad del que yo no sé si sería capaz”, confesaba David Beriáin (Artajona, 1977) en una entrevista de 2017 a Nuestro Tiempo, la publicación de los estudiantes de periodismo de la Universidad de Navarra, donde pasó sus años universitarios.

Beriáin había viajado a los lugares más peligrosos del mundo. Fue en esos países donde miró a los ojos a talibanes, mareros, sicarios, guerrilleros, terroristas, traficantes de armas y todos los personajes imaginables que permanecen en el lado oscuro de la existencia. Se jugaba la vida por contar historias que residen en la penumbra y la muerte llamó a su puerta en Burkina Faso, donde, junto a su compañero, el cámara Roberto Fraile (47 años), fue víctima de una emboscada mientras acompañaba a una patrulla contra la caza furtiva en el país.

El navarro estudió periodismo en las aulas de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra y tuvo su primer empleo en Argentina, en un periódico local de Santiago del Estero. A su regreso a España, entró en La Voz de Galicia gracias a un profesor. En marzo de 2003 pudo hacer por fin lo que siempre había soñado, y a una edad prematura, a los 25 años, cubrió su primera guerra.

Beriáin, en uno de sus exclusivos resportajes con el cártel de Sinaloa (México). Discovery

Entró en Irak desde Turquía por el Kurdistán en el doble fondo de un camión y de allí salieron sus primeros despachos. Beriáin volvería a Irak en agosto de ese mismo año para cubrir el despliegue de las tropas españolas en Diwaniya y regresaría en 2006 empotrado con las tropas estadounidenses. También, en 2005 viajó a Afganistán, donde cubrió el accidente del Cougar en Herat, donde murieron 17 soldados españoles.

Las dificultades que afrontaba el periodismo de conflictos entonces -igual que en la actualidad- es que los grandes medios cada vez apostaban menos por financiar aquellos viajes. Y, cuando lo hacían, las limitaciones eran muchas. Beriáin era un espíritu libre que no podía soportar estar enmarcado en la disciplina de una gran redacción o bajo las directrices de un medio. Tampoco era amigo de las prisas, porque, para él, cada historia merecía el tiempo que fuera necesario. 

Después de aquella primera etapa, colaboró para diferentes cabeceras, radios y televisiones en coberturas en Darfur, Sáhara, Pakistán o Libia. Pero, en Libia, en 2011, donde colaboraba para la cadena SER, dijo a este periodista algo así: “Yo no quiero hacer más esto, enviar una crónica rápida e ir a por la siguiente. Yo lo que quiero es contar grandes historias, meterme en las entrañas de lo que sucede y para eso, lo que hay que hacer es televisión”.

Grandes reportajes

Así es como fundó, junto a su primer compañero, el cámara Sergio Caro, el colectivo “En pie de guerra”, con el que comenzaría sus grandes reportajes y documentales televisivos en lugares como Colombia, México, la República Democrática del Congo, siguiendo desde la pista de los carteles del narcotráfico hasta la explotación de las minas de coltán, pasando por la actividad en la jungla de la guerrilla de las FARC

Aquellos primeros trabajos, emitidos en Cuatro, con una puesta en escena y postproducción rudimentarias, eran completamente adictivos y dejaban boquiabiertos al espectador. La razón no era otra que el sello que siempre ha caracterizado a Beriáin: el acceso a realidades muy difíciles de penetrar, las cuales, hasta que él no las conocía, apenas podíamos ponerles cara y ojos.

“En pie de guerra” se convertiría en una productora, 93 metros, cuyo nombre vino dado porque es la distancia que recorría su abuela Juanita desde su casa en Artajona hasta el banco de la iglesia del pueblo en el que rezaba. 

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“Por eso nos llamamos así, porque no nos olvidamos nunca de que a veces la historia más grande está en el lugar más pequeño. Hacemos historias grandes, épicas, de esas que importan, en sitios exóticos. Lo que pasa es que a los imbéciles como yo nos resulta más obvio contar una historia cuando nos explotan las cosas a los lados. Solo hay que darse cuenta de que a la vuelta de la esquina hay algo que contar. No hay historias pequeñas: hay ojos pequeños. A mi abuela le sobraron noventa y tres metros para encontrar su verdad. Yo he andado por más de noventa y tres países, y todavía no he conseguido hacer nada”, explicaba Beriáin en aquella entrevista a Nuestro Tiempo.

Beriáin fundó 93 metros junto a su mujer, Rosaura, venezolana a la que había conocido en sus viajes al país. Lo hizo porque quería tener esa independencia y libertad de las que hablaba y contar las historias como a él le gustaban. A fuego lento y poniéndose en la piel de los personajes de los que hablaba. Por muy estigmatizados que estuvieran, él entendía el periodismo como contar, y para contar, trataba de llegar hasta el lado más humano de todos quienes aparecían en sus trabajos. Buena cuenta de la implicación de Beriáin con sus historias dan las imágenes de sus reportajes en Afganistán, donde se le puede ver vestido como los locales en las aldeas de la montaña y con una larga barba. O cuando pasó días en la selva de Laos para encontrarse con los hmong, el ejército perdido de la CIA en aquel país.

Uno de los primeros proyectos de la productora fue un documental sobre los percebeiros en Galicia. Era un encargo que él confiesa que hizo para demostrar a quién se lo mandó que podía hacer lo que fuese, de tal forma que este le financiase luego sus viajes a zonas de conflicto. Pero aquella historia local le conmovió y le aportó la sensibilidad audiovisual para que su serie más conocido, “Clandestino”, de Discovery, alcanzase un éxito que fue más allá de nuestras fronteras.

Beriáin nunca dejó de ser un periodista todoterreno aunque, en los últimos años, también hizo de productor y de gestor de una compañía que ha elaborado títulos tan exitosos como “El Palmar de Troya” o “Palomeras”, ahora en emisión en Movistar+. Sus nuevos trabajos, con el foco ampliado también a realidades que ocurren en España, nunca han abandonado una esencia basada en investigaciones minuciosas y entrevistas con personajes que hasta entonces nunca habían hablado. 

Este estilo lo cosechó ya desde el inicio: no importaba el tiempo que tuviera que dedicar si la historia merecía la pena. En Colombia, por ejemplo, pasó varios meses en Bogotá yendo de contacto en contacto hasta que llegó la llamada deseada: un comandante de las FARC lo iba a meter en un campamento de la guerrilla en la selva.

David Beriáin hacía lo que hacía para buscar respuestas a las preguntas que él se planteaba sobre la existencia humana. Lo hacía en los extremos de esta. Pero nunca fue un kamikaze ni un adicto al riesgo. Siempre rechazó quienes en este oficio se dedicaron al bang-bang exclusivamente por la adrenalina que producía. Él era consciente de los riesgos que corría y, siempre que podía, los evitaba. Beriáin no era un hombre sin miedo, pero sí un valiente.

Roberto Fraile, su dupla inseparable

Hay una frase por ahí que le atribuyen al mítico fotógrafo Robert Capa en la que decía que el reportero de guerra es aquel que va corriendo al lugar del que todos huyen. La reflexión le llegaba ante el estupor de un soldado que, antes de saltar en paracaídas sobre la Italia de la Segunda Guerra Mundial, descubrió que el fotógrafo estaba ahí porque él quería, de manera voluntaria. Roberto Fraile era, en esencia, eso mismo. 

La suya es la otra cara de esta triste historia. Muchas veces quedará ocultada porque David Beriáin es el rostro reconocible que salía en la televisión. Pero Fraile, como cámara, mostraba la misma vocación y ganas y había dejado una vida relativamente tranquila para formar dupla con el navarro y recorrer los países y las zonas de las que el resto de personas quería huir. 

Roberto Fraile en Siria, donde fue herido en 2012

De 47 años de edad, con dos hijos y casado, Roberto Fraile nació en Barakaldo, aunque provenía de una familia de Valladolid y la mayor parte de su vida la pasó en Salamanca. Ahí trabaja su pareja, la también periodista de Castilla y León Televisión Lidia Marcos

La vocación por trabajar colgado del alambre en zonas de conflicto le llegó a Fraile hace más de 20 años, cuando aún era muy joven. Al principio, lo hizo en sus vacaciones. Compaginaba el reporterismo de guerra con su trabajo en las noticias locales en la delegación salmantina de ‘La 8’ de Castilla y León. Pero lo que más le gustaba era lo primero y no dejó de intentar ir en esa dirección. 

Todo eso cambió cuando conoció a David Beriáin y empezó a colaborar de forma asidua con él, aunque siempre manteniéndose como freelance y abierto a otros proyectos. La ruptura de su colaboración llegó con la pandemia, ante la imposibilidad de hacer los reportajes que hacían traspasando fronteras y Fraile se puso a trabajar para Televisión de Salamanca. El pasado mes de noviembre, sin embargo, volvió a trabajar con 93 metros y viajando fuera de España. 

El 21 de diciembre de 2012 Fraile sufrió un accidente que casi acaba con su vida. Fue la vez que más peligro corrió hasta ahora. Estaba trabajando en Alepo, Siria, y vio que había un grupo de opositores al Gobierno acabando con nidos de francotiradores a base de lanzar granadas. Para que no las devolvieran, un joven sirio cercano a Fraile demoró el lanzamiento y el artefacto acabó estallando. 

El agujero que la metralla le dejó al cámara debajo del abdomen levantó todos los temores. Mientras era trasladado a Turquía para recibir atención médica, lo único en lo que pudo pensar Fraile fue en que no se lo dijeran a su mujer para que no se preocupara hasta poder contarle que estaba bien. Hoy, eso ya no es posible.