Koldo. A, ex-agente de la Policía, entró aquel viernes por la tarde en una comisaría de la Ertzaintza de Bilbao. Koldo era de aquellos policías duros, de los que vivieron las peores época del terrorismo en el País Vasco. De los que sobrevivió a los años el plomo. Una de esas personas que parece irrompible, de tanto agacharse a ver si hay bombas bajo el coche. Koldo, ya jubilado, se dirigió esa tarde al mostrador y anunció:

- Buenas tardes. Vengo a presentar una denuncia.

- De acuerdo, ¿contra quién?

- Contra mí mismo

- ¿Contra usted mismo? ¿Pero qué ha hecho?

- Todavía nada, pero voy a hacerlo.

- ¿Y qué es lo que piensa hacer usted?

- Voy a quitarme la vida y necesito que alguien lo evite.

Sucedió el año pasado y es uno de los pocos casos con final feliz. De esas raras excepciones en las que un agente se da cuenta de que ha tocado fondo y opta por pedir ayuda. Koldo, de 62 años, está acabando su tratamiento y su evolución es muy positiva. Contra todo pronóstico, también salvó este match ball. Peor suerte corrieron los 31 compañeros de los cuerpos de seguridad del estado que se quitaron la vida en 2020.

El suicidio policial. El mal endémico que no cesa y que se ceba con los custodios de la seguridad en nuestra sociedad. Policías nacionales, municipales, autonómicos, guardia civiles y fuerzas de seguridad. Si fuesen una región de España tendrían una de las tasas más altas de suicidio del país. La tasa española es de 11 suicidios po cada 100.000 habitantes. La Policía Nacional, por ejemplo, con 65.000 efectivos y 11 casos en 2020, la tasa es de 16,92 por cada 100.000.

Una realidad incómoda que no se aborda con transparencia. Por los tabús dentro del cuerpo, por el estigma, por la poca voluntad política y por las muchas trabas administrativas para aprobar un protocolo de ayuda. Realidad incómoda, pero muy presente. Las cifras no dejan lugar a dudas: en 2020 creció el número de suicidios en este sector. 31 frente a los 29 que se dieron en 2019. Una línea ascendente. En 2017, EL ESPAÑOL publicó un reportaje que abordaba esta problemática. Se titulaba: “¿Por qué se suicidan los policías?”. Ahora, tres años más tarde, los policías se siguen suicidando. La vida (y la muerte) sigue igual.

Una hostia de realidad

En una escena de la película “En tierra hostil”, un veterano estadounidense de la guerra de Irak regresa a casa. El militar había sobrevivido a los más sangrientos atentados en Bagdad. Pero vuelve a América y la rutina resulta mucho peor que el frente de batalla. Se va al supermercado y sufre casi una crisis existencial en el pasillo de los cereales. Está desbordado porque no sabe cuál escoger.

Es de algún modo, lo que le sucedió a Koldo, el agente que se puso una denuncia para que evitasen su suicidio. Después de haber sufrido en sus propias carnes los episodios más sangrientos de nuestro país, de vivir durante años en una carga de adrenalina diaria, llega la jubilación. La calma. El mundo real. Un escenario que no todos los agentes saben afrontar. La rutina, la maldita rutina que puede matar.

Policía Nacional lidera el ranking de suicidios, Guardia Civil es segunda. Mossos es el cuerpo que más sube en porcentaje de casos

“A Koldo le pasó lo mismo que a mí: es del norte, pero al retirarse decidió mudarse al sur. Buscaba una estabilidad, unos alicientes o una alegría que no encontró, No le fue bien y se volvió a casa. Y cuando desconectó del trabajo, después de consagrar su vida a proteger a los demás, la rutina se le hizo insoportable”, cuenta Alberto Martín, presidente de la AAPSP (Asociación Andaluza Preventiva del Suicidio Policial).

Registros desde 2016

Alberto es la persona que recogió el guante y creó esta asociación ad hoc para intentar acabar con esta lacra. Porque por su cabeza también hubo un momento en el que pasó la idea del suicidio. Él, ex-policía jubilado de la Ertzaintza, de los que también sobrevivió a los años del plomo, fue uno de los agentes que encontró el cuerpo agonizante de Miguel Ángel Blanco. Tuvo una carrera repleta de momentos críticos. Pero, paradójicamente, la mayor de la crisis le llegó tras su retirada. Él, como Koldo, se mudó a Sevilla para intentar poner en orden su cabeza. A él le funcionó y montó esta asociación pionera. Porque asociaciones para la prevención del suicidio hay varias, pero específica para cuerpos de seguridad en nuestro país, esta es la primera.

Fue precisamente la AAPSP la que empezó a llevar un registro propio de casos de suicidios en los cuerpos de seguridad del estado. Arrancaron en 2016. “Los años anteriores solamente existían datos externos”, aclara Alberto. Y lo cierto es que se notó. Hasta entonces, la cifra oficial de suicidios policiales raramente rebasaba los 10 casos anuales. 6 en 2010, los mismos en 2011, 9 en 2012, un repunte a 11 casos en 2013, vuelta a 9 suicidios en 2014 y un esperanzador descenso a 6 muertes en 2015.

Puro espejismo. Cuando la asociación empezó a documentar todos los casos, la cifra se disparó: 28 en 2016, 46 en 2017 (el peor año desde que hay registros), 27 agentes en 2018, 29 en 2019 y los 31 suicidios del año pasado. No es que los policías hubieran optado por quitarse la vida en masa de repente: es que las estadísticas sacaron muchos casos de debajo de la alfombra.

Los datos de 2020

2020 ha sido ‘el año malo’ por definición para todos. Y en este ámbito no iba a ser disinto: 31 muertos, dos más que los 29 registrado el año pasado. La proporción de suicidios ha sido la siguiente: 11 en la Policía Nacional, 10 en la Guardia Civil. 6 en las policías locales de diferentes municipios de España, 3 en los Mossos d’Esquadra, 1 en la Ertzaintza.

Las cifras son relativamente similares a las del año anterior. La Policía Nacional sigue siendo el cuerpo con más víctimas, aunque el número ha descendido respecto a 2019, de 13 a 11. Sube un caso la Guardia Civil (de 10 a 11), ascienden en 2 los de las policías locales (de 4 muertes a 6). La Ertzaintza se mantiene en un caso y Mossos d'Esquadra pasa de un solo suicidio en 2019 a 3 casos en 2020. 

Por Comunidades Autónomas, Cataluña ha sido la que más víctimas mortales ha tenido que lamentar, con un total de 7. En esta comunidad autónoma se han suicidado agentes de Mossos, de policías locales (Terrassa, L’Hospitalet y Barcelona) y de Guardia Civil. Le sigue Andalucía con 5 casos y Madrid con 4. Después van Baleares, Murcia, Canarias y la Comunidad Valenciana, con 2 casos cada una. Y cierran el País Vasco, Castilla León y La Rioja, con 1 caso cada una. Salen 27. No ha trascendido la ubicación de las 4 víctimas restantes.

Imagen de varios policías nacionales.

El perfil de agente que comete suicidio sigue siendo el mismo: mayoritariamente varón. De hecho, el año pasado solamente se registró un caso en el que la víctima fuese una mujer. Era una capitana de la Guardia Civil que se arrojó desde un hotel situado en la Gran Vía de Madrid. Para llegar al anterior suicidio femenino en las fuerzas de seguridad del estado hay que remontarse a finales de 2018.

Y respecto a la edad, no existe un patrón, pero cada vez son más los exagentes, los policías retirados que se suicidan o piden ayuda. Ellos no están, a priori, dentro de las estadísticas. Son “los juguetes rotos en el cajón del olvido”; que los llama Alberto, aunque se está trabajando por su reconocimiento.

Sobre los motivos de la subida de casos, apuntan desde la entidad andaluza que “ha ido un año muy duro para todos. Atípico, en el que han pasado muchas cosas para las que nadie estaba preparado”. La pandemia ha hecho estragos psicológicos, y en un sector en el que el suicidio está a la orden del día, no iba a ser una excepción.

La anécdota de las fechas

Aun y así, queda como dato curioso la fecha de los suicidios. Ilustra, por un lado, el compromiso de las fuerzas de seguridad en los meses más críticos. Por el otro, ese bajón traicionero que sobreviene sin avisar cuando parece que las cosas se han calmado. Lo dicen los datos: el estado de alarma empezó el 14 de marzo y expiró el 21 de junio. Fueron los meses con menos suicidios: en marzo solamente se registró el de un policía local de Valencia, y se quitó la vida el día 13, justo la víspera del inicio del confinamiento.

En abril se dieron dos suicidios, ninguno en mayo y solamente uno en junio. Tras levantar el estado de alarma, cuando las cosas parecía que empezaban a calmarse, llegó el agotamiento mental para pasar factura: el 2 de julio se notificaba el suicidio de un Guardia Civil en Algeciras. Se dieron dos casos ese mes, otros dos en agosto, cinco en septiembre y cinco más en octubre.

Hasta ahí un recuento y a partir de ahí otro, porque el 25 de ese mes, el gobierno volvió a decretar el nuevo estado de alarma. Curiosamente, los casos volvieron a descender: un suicidio el 28 de octubre, tres en noviembre y uno en diciembre. Lo primero, la obligación con los demás. Y después, los planes propios, aunque sea quitarse la vida. De eso va la vocación de servir. 

El sexto factor

La pandemia ha sido el llamado sexto factor. Siendo el suicidio una cuestión multifactorial, psicólogos y expertos consultados por EL ESPAÑOL apuntan los cinco principales motivos por los que se matan los policías. El primero, la propia naturaleza del trabajo: “El agente está expuesto cada día a asesinatos, robos, peleas, agresiones. Es muy difícil desconectar de eso. Te llevas el problema contigo” explicaban a este periódico desde la Asociación Sindical de Policía (ASP).

Gráfico con el número de suicidios por cuerpo de seguridad AAPSP

Lo que también se llevan consigo los agentes es la pistola. Es el segundo de las factores apuntados por los expertos consultados, la posesión de un arma de fuego. Pegarse un tiro con su arma reglamentaria es el principal método de suicidio entre los agentes. El tercer factor es la dificultad a la hora de conciliar la vida laboral. El cuarto la movilidad geográfica permanente y el quinto el estigma. Los policías no lloran, son duros, lo aguantan todo y otros muchos mitos que todavía perviven dentro incluso del mismo cuerpo.

“Los policías tenemos que ser superhéroes. No podemos estar mal ni mostrar debilidad. Muchos agentes entran en depresión pero no pueden contárselo a nadie. Si se entera según qué compañero te dice que estás loco. Si se entera tu superior te acusa de ser un flojo. Si se lo cuentas a los médicos te dicen que lo que no quieres es trabajar”, resumen desde la ASP. Y a esos 5 se les ha sumado el coronavirus, un contexto en el que tanto policía como ejército han realizado labores inéditas para ellos hasta la fecha. Desde desinfectar residencias de ancianos a levantar albergues. Y han visto mucha muerte.

Centro antisuicidios

¿Qué hace falta para cortar esta lacra? El problema no es exclusivo de España. Es un mal que comparten las fuerzas de seguridad de todo el mundo. Pero en nuestro país no se cuenta con más protocolos que los genéricos del resto de funcionarios del estado. Con pequeñas variaciones, pero el mismo.

Sin embargo, el último año se han dado pasos decisivos en este aspecto. “Se ha aprobado una proposición no de ley en la Diputación de Sevilla, en el Parlamento de Andalucía y en el Congreso de los Diputados. En todos los casos salió adelante por unanimidad, salvo en el Congreso, en el que se aprobó sin el apoyo del PSOE ni Podemos”, cuenta Alberto.

Una proposición que tiene que traer por fin el dichoso protocolo específico. Un documento que no se quede solamente en la teoría y realmente sirva de ayuda, Un plan psicosocial de prevención “en el que no rechazamos a nadie, no ponemos cortapisas. Sabemos que la Policía Nacional está trabajando en un protocolo propio. Nosotros incluimos en el nuestro a la Guardia Civil, a las policías municipales e incluso a Bomberos”. Dentro de dicho plan, buscan construir un centro de readaptación de personas “a la vida normal. De esas personas que no tienen a quién acudir en los primeros 20 minutos críticos”, cuenta Martín. Se espera que dicho centro se construya en Sevilla, en lo que sería un equipamiento pionera en Europa.



Poco a poco se dan pasos, y a esa esperanza se aferran los policías que padecen esa ansiedad totalmente en silencio. Porque “los polis no lloran”, ni se quejan. Ni siquiera hablan. Y cuando llegan a un punto de no retorno, se matan sin avisar. Koldo fue uno de esos que se saltó la norma y habló. Por eso Koldo ahora está bien y puede contarlo. Ahora, lo que quieren los policías, es que no haya que llegar al punto de denunciarse uno mismo para que le ofrezcan ayuda para seguir viviendo.

Noticias relacionadas