Algeciras

El besugo salvaje con una pinta sobre el ojo, jugoso pez que en Algeciras llaman voraz, se vende en la pescadería hasta a 40 euros el kilo. Que le digan en la tarde de este jueves de ambiente de luto a Juan Manuel Maza Fernández que el voraz está caro. “El pescado no es caro, y menos cuando se vienen estos accidentes”. Él es el hermano mayor del patrón Antonio Javier Maza, de 52 años, y el mecánico Ángel Maza, de 59, dos de los seis tripulantes que permanecen desaparecidos desde que el pesquero Rúa Mar naufragara en la madrugada de este miércoles en aguas del caladero de Marruecos, a 28 millas náuticas al este del cabo Espartel, cerca de Tánger.

De ellos y el barco sólo se ha encontrado, flotando, la radiobaliza anaranjada que al hundirse la embarcación activó automáticamente la señal de alarma detectada por Salvamento Marítimo. Juan Manuel Maza, de 65 años y hace poco retirado de la mar, está con decenas de mujeres y hombres esperando noticias en la sede de la Federación de Andalucía de Asociaciones Pesqueras y de la Asociación de Armadores Productores de Algeciras, que preside desde hace años su hermano Pedro, y que ocupa el local 272, en el edificio del muelle pesquero algecireño.

A su alrededor, el ambiente es luctuoso, de tragedia sospechada a la que aún se le quiere dejar abierta una rendija de esperanza por si han logrado sobrevivir subidos a alguna de las dos balsas inflables del barco, si es que les dio tiempo a subirse a ellas al desplegarse automáticamente de sus contenedores y luego a cortar las amarras que las atan al navío. Hay madres, esposas, novias, hijos, hermanas, hermanos… Unas, algunos, lloran, otros familiares aguantan serios y estoicos, digiriendo el suceso que les ha cambiado ya la vida.

El barco pesquero gaditano Rua Mar, con sede en Barbate (Cádiz) E.E.

Viven en barrios humildes de Algeciras, la Piñera, el Saladillo, la carretera del Cobre, donde tener un sueldo de pescador, aunque sea tan voluble, es un honrado seguro para sobrevivir en un contexto de alto paro y mucho tráfico de hachís incomparablemente mejor pagado.

El veterano Juan Manuel, el primogénito de una saga de pescadores de cinco hermanos y una hermana dedicados al mar como armadores/empresarios y pescadores de base, tiene asumido lo peor. Por muchas medidas de seguridad que tengan los barcos de hoy, como el Rúa Mar, lejos de tierra “un accidente no es un resbalón…”, dice dejando la frase inacabada pero dando a entender que un naufragio como éste significa la muerte: la pena máxima de un trabajo en el que estos pescadores gaditanos ganan al mes “poco más de mil euros, para medio comer, y raro es el mes en que ganan más de mil euros”, dice a EL ESPAÑOL el hermano mayor de dos de los seis desaparecidos.

El barco, de 14 metros de eslora, de acero, construido en 1997, dedicado al arte pesquero del palangre, tenía su base en Barbate, costa arriba en el Atlántico gaditano, pero hace unos meses el armador Pedro Maza y su hijo, también Pedro, lo compraron y lo trasladaron al puerto de Algeciras. Sin embargo, para ahorrar costes de transporte (el gasóleo está muy caro), a menudo lo dejaban atracado en Barbate y salían a faenar desde allí, desplazándose los trabajadores en furgoneta desde Algeciras, explica Juan Manuel Maza, pues el puerto barbateño está mucho más cerca del caladero marroquí, en aguas atlánticas de la otra orilla del Estrecho de Gibraltar, y llegan a su zona de pesca en dos horas, frente a las cinco que tardarían desde Algeciras.

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Seis marineros curtidos en el mar

Subraya que cuando se hicieron a la mar el martes el tiempo estaba bueno, en calma. Iban a pescar voraces, besugos, los de 40 euros el kilo en el mercado, los que deparan modestos sueldos mileuristas. Los seis tripulantes están curtidos en el mar desde la adolescencia. “Mi hermano Ángel, de 59 años, se había enrolado de nuevo de mecánico porque quería jubilarse y le faltaban unos meses de cotización. Se iba a jubilar en mayo. Antonio Javier, de 52, iba de patrón”, explica el hermano mayor. Se ha informado de que el patrón principal del barco, de Barbate, no salió a faenar porque estaba enfermo y lo sustituyó Antonio Javier Maza, que también es patrón profesional, pero Juan Manuel Maza dice que no está al tanto de esta circunstancia.

Enseña al fondo un barco pesquero atracado en el muelle de Algeciras y señala un cilindro naranja, alto junto a un mástil en la zona de popa. “Ésa es la radiobaliza. Cuando se sumerge, se activa” la señal de socorro automática por hundimiento y entonces desde Salvamento Marítimo saben inmediatamente la posición de la embarcación naufragada. “Se activó a la una de la madrugada”. Calcula que, como los tripulantes iban a cubrir dos mareas de pesca, y estaban esperando la hora de empezar la segunda durante el día, se encontrarían quizás descansando “al rolo”, ligeramente a la deriva en la zona del caladero. Los pescadores, según apunta su compañero Miguel Suárez, otro pescador y armador retirado con toda una vida en el océano de África a América, conocen la zona del naufragio como el “banco Rige o banco Majuán”, en aguas marroquíes.

Juan Manuel Maza, hermano mayor de dos de los desaparecidos E.C.

Allí, detalla Juan Manuel Maza, se encuentra un “seco o montaña submarina”, por lo que el fondo marino está algo más elevado que en el entorno. Pero aun así, siguen siendo aguas profundas: “La zona más baja, en la cima del volcán, está a más de 80 brazas, que son cien metros y pico, y alrededor son 500 o 600 brazas”. Lo que significa que será muy complicado, aunque no imposible, sacar a la superficie el barco naufragado y a los desaparecidos, en el caso en que hayan quedado atrapados dentro tras un súbito accidente que lo envió a pique. Es lo que ocurrió en el anterior naufragio grave de pesqueros ocurrido en esta costa, cuando en septiembre de 2007 el Pepita Aurora de Barbate se hundió al escorarse por un mal equilibrio de su peso y murieron ocho tripulantes. Los cuerpos de tres de ellos nunca se recuperaron.

Las causas del hundimiento

Sostiene Juan Manuel Maza que la causa más probable del naufragio del Rúa Mar es que, mientras estaban desprevenidos descansando, sufrieran la embestida de un barco mucho mayor, como los mercantes y petroleros que surcan el Estrecho de Gibraltar, uno de los pasillos con mayor tráfico marítimo del mundo. “No he sufrido más en mi vida que pescando en ese caladero, porque los mercantes te pasan al lado, no respetan a los barcos pesqueros. Tienen aparatos que te detectan, por radar y por la vista, y que te avisan hasta dormido, pero no respetan”, critica el hermano de los desaparecidos, apuntando a una posible negligencia del barco grande que supuestamente pudo embestirlos sin darles tiempo a reaccionar y ponerse a salvo con las balsas. De ocurrir así, el otro buque seguiría su ruta sin avisar, bien porque a bordo no se dieron cuenta del atropello al pequeño pesquero o porque lo ocultaron a sabiendas.

La otra posible causa más probable, añade su colega Miguel Suárez, es que, pese a que el mar estaba en calma, hubiera un repentino mar de fondo, se produjera una depresión y el barco se inundara de agua por la proa. Que sea de acero implica que flota menos. Se va a pique antes que uno de fibra de vidrio. Alguien en los corros cuenta el caso de un pesquero embestido y partido por la mitad que sin embargo se mantuvo a flote roto en dos gracias al material de que estaba hecho, fibra de vidrio.

De momento, salvo la posición del naufragio indicado por la radiobaliza, no hay más evidencias para saber la causa.

Lo que sí comprende ya Juan Manuel Maza es cómo se han sentido sus hermanos y compañeros esta madrugada. Lo sabe por experiencia, porque él mismo salvó la vida por poco hace medio siglo. “Era joven, tenía menos de veinte años. Un golpe de mar me tiró al agua, En esos momentos te quedas atontado, impotente. Tuve suerte, porque otro golpe de mar me acercó y me pudieron coger. Si no, no lo cuento”.

Vecinos, amigos y compañeros de profesión pendientes de la búsqueda del pesquero E.C.

Mujeres y hombres, vecinos, amigos, compañeros, se acercan a Juan Manuel Maza para darle un abrazo de apoyo, como también el alcalde de Algeciras, José Ignacio Landaluce, del PP, que es quien se lo ha presentado al periodista. El alcalde habla con el Ministerio de Asuntos Exteriores y luego cuenta que el gobierno marroquí ha sacado a sus barcos militares de mayor eslora a sumarse a la búsqueda en sustitución de las patrulleras, que han tenido que retirarse al caer la tarde al empeorar el tiempo en el Estrecho.

Se suman esos navíos marroquíes a los elementos marinos y aéreos de Salvamento Marítimo, que desde la estación de la vecina Tarifa y la central de Madrid coordinan la operación para encontrar a los seis desaparecidos. “Lo peor es la incertidumbre”, dice el alcalde antes de ir a hablar con las mujeres de los perdidos: los hermanos Maza (patrón y mecánico) y cuatro pescadores más. A sus familiares los consuelan psicólogos con chaleco azul del 112.

La agónica espera

Aquí está Paqui, la madre Iván, pescador veterano de 36 años, padre de dos hijos en el barrio de la Piñera. El hijo mayor de D. (no quieren que se publique aún el nombre) cuenta que su padre, de 42 años, mantiene con la pesca a una familia con cuatro hijos. Otros dos compañeros, Óscar y Antonio, completan la lista de los seis desaparecidos, cuyas identidades completas ni el armador ni las autoridades han revelado.

Los familiares de los desaparecidos se adentran en la primera noche y madrugada de espera. En el bar de debajo de la asociación de armadores se escuchan llantos y lamentos mientras en la televisión informan del naufragio. “Estoy destrozada, llevo aquí desde las tres de la mañana”, dice una joven a otro familiar. Y la espera del momento en que vuelvan a ver a los suyos, con vida o cadáver, puede durar aún días, semanas o meses.

Una allegada, Ana Domínguez, ya pasó por esta terrible experiencia de esperar noticias de muerte o vida hace dos años, cuando se perdió en aguas de Alicante la embarcación en la que trabajaba su hijo, Iván Rodríguez (del mismo nombre de pila que uno de los desaparecidos ahora). “Se les rompió el volante y él y sus compañeros se quedaron a la deriva sin radio. Yo tenía la esperanza perdida. Pero a los cuatro días, me llamó la Policía. Los habían rescatado con vida. No quiero no acordarme de esos días”.

Angelita, que ha venido a apoyar a la madre de uno de los marineros perdidos, denuncia a través del periodista lo poco que ganan. La norma en el sector es que los pescadores cobren al menos el salario mínimo, en caso de que no pesquen nada o muy poco; si la faena es buena, superan los mil euros, dependiendo de la cantidad a repartir. El 50% del beneficio de las capturas, una vez descontado los costes de haber salido a la mar, se reparte entre todos los tripulantes. Ella asegura sin embargo que, a la hora de la verdad, el salario mínimo no siempre existe y sólo se gana algo cuando hay peces en la red. “Mi marido se ha jubilado después de trabajar de pescador desde los 15 años. El ‘sueldo base’ era simulado, no se cogía. No es verdad, es mentira. Si pescabas, comías, si no, no. Un mes no ganaba nada, otro, si iba bien, ganaba 500 o 700 euros. Nos moríamos de hambre”.