La semana pasada, Jordan Bardella (delfín de Marine Le Pen y figura central de la derecha francesa de cara a las elecciones de abril-mayo próximos) visitó Ceuta junto a Santiago Abascal y luego habló en un desayuno de empresarios y periodistas en Madrid al que yo, de paso por la ciudad, acudí.
Bardella creció en Saint-Denis, uno de los barrios más conflictivos de la periferia parisina, y sabe de lo que habla cuando habla de inmigración y de declive.
Dijo lo que había que decir. Que "en Ceuta se juega el futuro de Europa", que hay que reformar la UE de raíz, que el pacto verde es un desastre, que Francia necesita recuperar su soberanía energética e industrial.
Dijo también, con elegante ambigüedad, que quieren "cambiarlo todo sin destruir nada". Lo que ocurrió en Francia el 17 de octubre (apenas cuatro días después) sugiere que ya no hay manera de cambiar todo sin destruir bastante.
En otoño de 2001, llegué a París para cursar un MBA en HEC, una de las grandes escuelas de negocios europeas. Venía de pasar cinco años en Nueva York (la segunda mitad de los noventa) una de las ciudades más diversas y multiculturales del mundo, con un largo historial de inseguridad que sin embargo se sentía entonces considerablemente más segura que París.
Lo que encontré en la capital francesa fue otra cosa. El metro, los suburbios, ciertos barrios: una tensión que no se veía pero se sentía, grupos de jóvenes africanos cuya sola presencia hacía recalcular la ruta.
No era miedo irracional, era información.
Y eso era Francia en 2001, cuando Jordan Bardella acababa de cumplir seis años, y antes de que las cosas empeoraran considerablemente.
Radicales montan una barricada en París durante los disturbios provocados por la extrema izquierda y la inmigración de segunda y tercera generación.
Pocos meses después, el 1 de enero de 2002, el euro entró en circulación. Yo estuve allí. Fue un momento de euforia institucional, de celebración tecnocrática. Los europeístas de la época estaban convencidos de que la moneda única les permitiría competir de igual a igual con Estados Unidos, cuyas economías eran entonces comparables en tamaño.
Ocurrió lo contrario.
Los estados estadounidenses comparten moneda, pero también comparten un mismo Gobierno federal, una misma política fiscal y una misma cultura económica de base.
Europa no tiene nada de eso. Son naciones soberanas con historias, idiosincrasias y políticas fiscales radicalmente distintas, forzadas a convivir bajo un mismo tipo de cambio y una misma política monetaria sin los mecanismos de ajuste que esa diversidad exige.
Décadas después, Estados Unidos es mucho más rico y más dinámico que una Europa que lleva décadas estancada. Y esa brecha es, en buena medida, el resultado de las propias políticas europeas.
"Francia salió de la II Guerra Mundial devastada, y en tres décadas se convirtió en una potencia industrial, tecnológica y cultural de primer orden"
Francia es quizás el ejemplo más elocuente de ese declive. Y el contraste con lo que fue es brutal.
Los Trente Glorieuses (los treinta años de crecimiento ininterrumpido entre 1945 y 1975) fueron quizás el período más brillante de la historia moderna del país.
Arrancaron con el impulso del Plan Marshall (la generosa apuesta norteamericana por reconstruir una Europa libre) aunque Francia, fiel a su tradición gaullista, nunca fue suficientemente agradecida al respecto.
Francia salió de la Segunda Guerra Mundial humillada y devastada, y en tres décadas se convirtió en una potencia industrial, tecnológica y cultural de primer orden. El Concorde despegó en 1969 y alcanzó Mach 2. El TGV pulverizó sucesivos récords mundiales de velocidad en raíl.
Dassault, Sud-Aviation, EDF, Framatome: los ingenieros franceses tenían diez o veinte años de ventaja sobre casi todo el mundo.
Todo esto ocurría, paradójicamente, en paralelo con la guerra de Argelia (el gran trauma no resuelto de la República).
Argelia no era una colonia en el sentido convencional: era Francia, pero con mayoría musulmana.
Emmanuel Macron, presidente de Francia.
Organizada en departamentos, incorporada en 1957 al Tratado de Roma (el acuerdo fundacional de la entonces llamada Comunidad Económica Europea) como extensión del territorio francés. Su población europea de origen cristiano, los pieds-noirs, llevaba generaciones allí: el 70% había nacido en suelo argelino.
La comunidad judía argelina, cuyas raíces en la región precedían a la propia llegada del islam, llevaba allí aún más tiempo.
En 1962, tras los Acuerdos de Évian, aproximadamente el 10% de la población de Argelia fue expulsado en cuestión de meses. En poco tiempo lo perdieron todo (unas 250.000 propiedades, más de dos millones de hectáreas de tierras agrícolas, negocios, viviendas) y llegaron a Francia metropolitana como refugiados.
Los Acuerdos de Évian garantizaban expresamente que no habría expropiación sin compensación previa. Argelia no cumplió ni un artículo. Clasificó los bienes como "vacantes" y los nacionalizó. Francia pagó una compensación parcial. Argelia no pagó nada, y ha dejado claro que no piensa hacerlo.
No fue ninguna sorpresa. Fue la continuación lógica de décadas de hostigamiento, pogromos y violencia bajo dominación árabe y musulmana. El islam político no tolera la apostasía, no acepta la igualdad de credos, y donde alcanza masa crítica, tiende inexorablemente a imponer sus normas sobre el resto.
Lo que les ocurrió a los judíos y cristianos del Magreb no fue una anomalía histórica. Fue la expresión de una cultura que concibe la convivencia en términos de dominación, no de igualdad.
Y esa misma cultura es la que hoy puebla las banlieues francesas.
"Lo que no se dice nunca es que el porcentaje de población que fue expulsado de Argelia en 1962 supera al porcentaje de musulmanes que los sectores más duros de la derecha francesa de hoy quieren remigrar"
Lo que le pasó a Argelia tras la expulsión de los pieds-noirs y los judíos argelinos debería bastar como lección sobre lo que ocurre cuando se destruye una clase productora.
Hasta 1962, la región francesa de Argelia era el cuarto productor mundial de vino y el mayor exportador del planeta (en su apogeo, dos tercios de las exportaciones mundiales). No era Argelia quien producía ese vino: era la población de origen cristiano y judío que había transformado el territorio.
Tras la independencia colapsó, víctima de las nacionalizaciones y de la decisión del gobierno argelino de arrancar los viñedos por razones religiosas.
De primer exportador mundial a productor marginal en una generación. No por falta de tierra, ni de sol, ni de agua, sino por su sustitución por el islam político, que consideraba la viña un vestigio impío incompatible con la sharia.
Lo que no se dice casi nunca es que el porcentaje de población que fue expulsado de Argelia en 1962 supera al porcentaje de musulmanes con doble nacionalidad que los sectores más duros de la derecha francesa de hoy quieren remigrar.
Y sin embargo, nadie en el establishment progresista francés (que condena la remigración como una idea monstruosa) tuvo entonces el menor problema con lo que le hicieron a los pieds-noirs y a los judíos argelinos. Ni lo tiene ahora.
Cuando la crisis del petróleo de 1973 puso fin a los Trente Glorieuses y expuso la vulnerabilidad energética de Occidente, Francia respondió con el Plan Messmer, el mayor programa de energía nuclear civil de la historia: 58 reactores, hasta el 70-80% de su electricidad generada sin depender de un solo barril árabe.
Era una independencia energética que el mundo entero envidiaba. Pero no duró.
En 1981, Mitterrand llegó al poder y nacionalizó masivamente: bancos, acero, química, electrónica, aeronáutica. El primer gobierno socialista redujo la semana laboral de cuarenta a treinta y nueve horas.
El siguiente, bajo Jospin, la bajó aún más: a treinta y cinco. Una calamidad que ninguna otra gran economía del mundo ha imitado.
Las cargas sociales se dispararon. El derecho del trabajo se rigidizó hasta hacer casi imposible despedir a nadie.
La industria, que representaba el 28% del PIB, cayó hasta el 11%.
El Concorde fue abandonado.
El programa nuclear languideció durante décadas por falta de voluntad política.
El socialismo transformó un país de ingenieros visionarios, que hacían lo que el resto del mundo decía que no se podía hacer, en un país de huelgas, regulaciones y estancamiento relativo.
Y sobre ese declive, el euro y el socialismo de Bruselas vinieron a caer como lluvia sobre mojado. El mercado común, el libre comercio, la libre circulación de bienes, capitales y ciudadanos europeos: eso funciona y vale la pena preservarlo.
Lo que no funciona es la unión política.
Jean-Luc Mélenchon, líder del partido de extrema izquierda francés La Francia Insumisa (LFI).
La burocracia de Bruselas imponiendo un modelo socialdemócrata sobre naciones soberanas con historias, culturas y necesidades distintas. Recuperar soberanía monetaria o al menos flexibilidad cambiaria, recuperar el control de las fronteras, liberarse de la camisa de fuerza regulatoria que Bruselas llama solidaridad y que en la práctica es socialismo continental. Eso es lo que Francia necesita.
Y con ella, el resto de Europa.
Queda un elemento, la inmigración.
Los primeros magrebíes que llegaron a Francia en los años sesenta y setenta venían a cubrir vacantes laborales. Eran ajenos a la cultura francesa, pero el islamismo radical no era todavía la corriente dominante y muchos encontraron una forma de coexistencia precaria.
Sus hijos y nietos son otra cosa. Más radicalizados, más hostiles, más convencidos de que Francia les debe algo que nunca les podrá pagar.
Que las segundas y terceras generaciones sean más violentas y más refractarias que sus padres y abuelos no es ninguna paradoja: es la prueba de que esta integración no va a ocurrir.
Y no ocurre en el vacío. La izquierda europea lleva décadas alimentando activamente este proceso, consciente de que una población inmigrante radicalizada y resentida es un ariete útil contra las instituciones nacionales que quiere demoler.
Ya lo advirtió el rey Hassan II de Marruecos en una de sus entrevistas con Anne Sinclair en TF1: "Les desaconsejo intentar convertir a los míos, los marroquíes, en franceses, porque nunca serán 100% franceses, eso puedo asegurárselo".
Lo que Hassan II decía de los marroquíes se aplica al conjunto de la inmigración musulmana en Europa.
Lo que hoy vive Francia es un aviso para el resto del continente, España incluida.
Una cultura que no separa la ley religiosa de la civil, que no reconoce la igualdad entre hombres y mujeres, que castiga la apostasía, no puede integrarse en una sociedad liberal occidental sin abandonar aspectos esenciales de sí misma.
Muchos no están dispuestos a hacerlo. Y quienes no lo están tendrán que volver a sus países de origen.
El 17 de octubre quedará como fecha señalada. En más de 1.200 puntos de Francia, bajo el pretexto del coste de la vida, se produjo una convergencia que lo dijo todo: saqueos en Lyon, Marsella, Burdeos, Nantes y Niza, ayuntamientos incendiados en Limoges y asaltados en otras ciudades, banderas palestinas y argelinas ondeando donde apenas se veía una francesa, y la ultraizquierda y las banlieues actuando en perfecta sintonía.
Al final del día, más de 1.200 arrestos en todo el país y 150 policías y gendarmes heridos.
Bardella lo llamó "la convergencia del terrorismo de ultraizquierda y la población delincuente de las banlieues".
Melenchón, el líder de la izquierda radical francesa, lo celebró.
Quien necesitara más pruebas de que Francia tiene un problema que va mucho más allá del coste de la vida, ahí las tiene.
Bardella lo sabe. Le Pen también. Ambos dicen las cosas correctas, y Bardella, que creció en Saint-Denis, las dice con una autoridad biográfica que pocos políticos europeos pueden igualar.
Pero decir las cosas correctas no es suficiente. Las elecciones presidenciales del próximo abril-mayo pueden ser una oportunidad histórica. Sin embargo, "cambiarlo todo sin destruir nada" es una promesa que suena bien en un desayuno de empresarios en Madrid, pero que no alcanza para describir lo que Francia realmente necesita.
Y la reciente declaración de Le Pen de que "el islam es compatible con la República" genera dudas legítimas sobre si tiene el temple necesario.
No es una pregunta teológica lo que Francia necesita responder. Es una pregunta demográfica, cultural y civilizacional. Y esa pregunta exige una valentía que Le Pen no está demostrando aún tener en esta campaña.
Francia necesita algo parecido a lo que Argentina está intentando con Milei: un shock de realidad, una ruptura con el consenso disfuncional que la ha traído hasta aquí, una clase política dispuesta a decir verdades incómodas aunque cueste votos.
Necesita reformar sus instituciones de raíz, recuperar el control sobre sus fronteras y su soberanía económica, y atreverse a plantear la pregunta que nadie en el establishment europeo se atreve a hacer: ¿qué clase de país quiere ser Francia en 2050?
La respuesta a esa pregunta determinará no sólo el futuro de Francia sino el de Europa entera. Y el tiempo se acaba.
*** Pablo Kleinman es empresario de medios de comunicación y presidente del Hispanic Jewish Endowment en Miami.
