Como el de tantos otros niños, Spiderman era mi superhéroe favorito.

No era el más poderoso, cualidad codiciada por los niños, que buscan identificarse con el mejor. Precisamente porque no era el más poderoso.

Spiderman es un tipo corriente, un chaval de Queens al que le hacen bullying, que trabaja como repartidor de pizzas, cuida de su tía May, le explotan laboralmente como fotógrafo freelance, es crucificado diariamente por la opinión pública, estudia un doctorado, le deja la novia, lucha mes a mes por pagar el alquiler.

No he podido evitar fijarme en que todos estos elementos narrativos que construían el personaje han desaparecido de las nuevas películas de Spiderman. Lo único que conserva Tom Holland son los chistes desenfadados con los que el héroe sazona sus peleas.

El arte es la dimensión en la que cada época lidia con sus neuras, ya sea evidenciándolas u ocultándolas, ridiculizándolas o sublimándolas. En cada producción artística, incluso en una peli de superhéroes, uno puede preguntarse ¿dónde está puesto el foco?

¿Qué conflicto está recubierto por el devenir de esta historia?

Una escena de 'Spider-Man: Un nuevo día'. Foto de archivo

Las películas originales de Sam Raimi, protagonizadas por Tobey Maguire, se ruedan en la primera década de los 2000. El clima es optimista pero no se elude el conflicto social.

Peter Parker es un pluriempleado que no llega a todos los sitios.

Los personajes cargan con dramas reales.

Pocas interacciones bastan para insinuar varias dimensiones y humanizarlos.

J. J. Jameson es un personaje caricaturesco, manipulador y explotador, que revela su nobleza cuando es amenazado por el duende verde.

En un momento, la tía May, en riesgo de ejecución hipotecaria, le ofrece a Peter veinte dólares por su cumpleaños. Peter se niega a aceptarlos, pero ella le obliga.

Los villanos se pueden dividir en dos clases, en ocasiones coincidentes. Aquellos también damnificados por el sistema económico y aquellos que caen en la hybris de la ciencia: el Hombre de Arena recurre al crimen para pagar las medicinas de su hija, el Duende Verde experimenta consigo mismo presionado por la posible pérdida de un contrato militar, el Doctor Octopus pierde la financiación de su laboratorio y sucumbe a la máquina.

Eddie Brock-Venom es un periodista con la reputación arruinada y tendencias suicidas.

De nuevo, conflicto económico y, por otra parte, suspicacia ante el rápido avance de la técnica.

Spiderman es el superhéroe de la gente corriente, "el amigo [y literalmente] vecino" que trata de sobrevivir en un sistema injusto que descarta a la gente, a la par que hace de pequeña esperanza al margen del sistema.

En las últimas pelis del Universo Cinematográfico de Marvel (UCM a partir de ahora, que no Universidad Complutense de Madrid) el foco que apuntaba al conflicto económico se ha fundido. Spiderman ya no reparte pizzas; es un eterno estudiante financiado por el billonario Tony Stark con acceso a la última tecnología.

MJ ya no es una camarera y actriz de segunda, sino una graduada del MIT con brillantes prospectivas.

La tía May no es una precaria ancianita que reza el Padrenuestro, sino una tía buenorra.

El haz de luz encañona una nueva problemática. El foco se ha desplazado al plano de lo emotivo y la autopercepción.

Los villanos (a excepción del Buitre) son amenazas existenciales como Thanos o Mysterio, o barullos interdimensionales, no descartes de la estructura económica.

También los delincuentes comunes han desaparecido. Spiderman actúa desde dentro del sistema, colaborando con el Gobierno y Los Vengadores, con sus contactos y recursos.

El héroe no lucha desde fuera contra los juguetes rotos del sistema, sino desde el sistema y contra lo que está fuera del sistema.

Para la hegemonía cultural izquierdista de esta década, el hombre corriente no puede protagonizar una historia de opresión si no es desde la figura del opresor. El conflicto argumental se ha desplazado hacia las minorías y hacia lo identitario.

La figura de un joven que no puede pagarse un piso interesa menos que alguien que es discriminado o no es afirmado en cómo se siente.

Por otra parte, esta misma hegemonía cultural ha expulsado la crítica al sistema a los márgenes de lo irracional, la conspiranoia y el populismo.

El Daily Bugle y la prensa oficial ya no mienten, Industrias Oscorp y las grandes corporaciones cambian su logo por el Mes del Orgullo. De esta crisis salimos más fuertes. ¡Si vivimos en el mejor de los mundos posibles! ¡Mira todos estos derechos conquistados!

El problema está en que no se ha ido suficientemente lejos en la persistente reacción que amenaza estos derechos más allá del limes del imperio del bien.

Como se muestra en la última película, Spider-Man: Un nuevo día, el conflicto se sitúa en la identidad no reconocida. Peter lucha contra la soledad, la ansiedad, el burnout, una personalidad que se disocia por falta de un otro.

Repito: no hay una intención ideológica especialmente definida en el Spiderman del UCM, simplemente se retratan, de modo inconsciente, los intereses culturales del ambiente.

Un superhéroe se define por su carácter, su contexto y sus protagonistas. Batman es un vigilante fascistizoide cuyo antagonista último es Gotham, una ciudad que trastorna a la gente y cuya Plaza del Sol, o kilómetro cero, es el Asilo de Arkham [un centro de internamiento para psicópatas y criminales].

En cambio, en Superman, Metrópolis no es hipostasiada, sino que es un mero escenario. Superman es un granjero candoroso que salva el mundo. La ONU con capa.

Iron Man es un Elon Musk cuya némesis especular está constituida por otra clase de megalómanos mágicos y científicos.

Este Spiderman sistémico, con IA incorporada, que surca los aires de una ciudad naif y lucha contra amenazas globales se parece más a un Superman.

Pero Spiderman no es Superman. Spiderman era el vecino, el chico normal que no busca ser superhéroe, sino que le cae encima la responsabilidad. Un perdedor del capitalismo que opta por el bien, frente a otros perdedores que abrazan el caos.

Se convierte así en un héroe del pueblo, de un pueblo también vapuleado en la pugna cotidiana que lo sostiene y protege, como en aquella conmovedora escena del tranvía.