El beso de Pedro Sánchez a su mujer Begoña Gómez no es un gesto de amor.

Es una muestra del egoísmo petulante de un presidente que ya no pide el voto por lo que su Gobierno hará por usted, por los españoles, sino por lo que ustedes, los españoles, deben hacer por él: creerle, defenderle y salvarle, a él y a los suyos.

Es el populismo hecho imagen y unas elecciones convertidas en un plebiscito sobre su propia familia, no sobre los problemas de la gente: la vivienda, la imigración, el coste de la vida, el paro o la sanidad, como figuran entre las principales preocupaciones del CIS, no aparecen en ese beso.

Lo importante es él: el presidente del síndrome de hubris.

Begoña Gómez está pendiente de ser juzgada por presuntos delitos de malversación y tráfico de influencias.

Y, precisamente en este momento, cuando más necesitan las instituciones recuperar la confianza de los ciudadanos, Sánchez coloca su situación personal por encima del criterio judicial: ese beso fugaz, en el mítin, transmite ese veredicto que todavía no han emitido los tribunales.

Somos inocentes y unos perseguidos, ha venido a decir en esta campaña en la que apela a los sentimientos como insigne herramienta populista.

“Hoy estamos más unidos y somos más fuertes que nunca”, le dijo Sánchez a su esposa. El matrimonio sella su amor, solo falta saber si los españoles firmarán como testigos.