Ha vuelto a pasar, y ya van unas cuantas desde que la Nave del Misterio aterrizó en la arena política. Arrecian las críticas y arden las redes, que diría el gran Soto Ivars.
Con las elecciones convocadas, las extraordinarias audiencias de Horizonte suponen un problema todavía mayor para los dóciles guardianes de la ortodoxia periodística gubernamental.
Braman los Évoles y los Cintoras, se santiguan los sumos sacerdotes de la buena praxis y se organiza una nueva cacería contra el periodista cazafantasmas.
Estos jetas de Bélmez que proliferan por los entes públicos no claman contra quienes tratan de convencer a unos narcos de que "eliminen" a una jueza.
Mucho peor les parece que haya un puñado de periodistas de investigación ejerciendo el cuarto poder para exorcizar la política española.
Lo verdaderamente paranormal es que un gobierno europeo haya sobrevivido hasta hoy a tanta mugre.
Iker Jiménez y Carmen Porter, con algunos de los colaboradores habituales de 'Horizonte', entre los que se encuentra Jorge Calabrés.
Los expertos buscan explicaciones psicológicas al boom de Horizonte. El programa empezó como un semanal de actualidad en el late night de los jueves y terminó comiéndose tanto a La Revuelta como a El Hormiguero. Una hazaña para la segunda cadena de Mediaset.
Los profesionales de la comunicación conjeturan sobre el efecto Zeigarnik, el tribalismo, el sesgo de confirmación, las comunidades emocionales y la muy manida polarización. Yo creo que detrás del fenómeno hay también explicaciones más sencillas.
La primera: que algunos españoles aún encienden el televisor con la esperanza de enterarse de lo que pasa.
En estos años aciagos de deterioro democrático, la televisión generalista hizo muy poco por investigar al poder.
Tertulias broncas con periodistas de bufanda, argumentario en ristre, y chorradas repetidas como cánticos de fondo sur.
Informativos del NO-DO con pantallas táctiles para explicar memeces.
Telediarios entregados a los deportes y al parte meteorológico, salpimentados con algún que otro suceso.
De RTVE, cuya sintonización accidental produce daños neuronales irreversibles, mejor ni hablar.
La investigación periodística se fue refugiando en los digitales, en redacciones jóvenes con ganas de incordiar, en periodistas sin miedo a molestar a los repartidores de subvenciones y publicidad institucional.
Lo que hizo Iker Jiménez fue devolver el gran periodismo al prime time.
La segunda explicación es el propio Iker, al que tuteo porque, aunque él a mí no me conoce, yo a él sí desde hace décadas. No soy, por lo tanto, neutral. Me cuento entre las huestes de los fieles milenarios, curtido en incontables noches de Milenio 3 y Cuarto Milenio.
Ahora que se ha metido donde no le llaman, vuelve la caricatura de siempre: platillos volantes, conspiranoias, psicofonías y, encima, facha.
Pero lo cierto es que Jiménez lleva décadas haciendo una televisión que combina inquietud intelectual, divulgación científica, historia, antropología, criminología y fascinación por el conocimiento.
Por sus programas desfilan científicos, psiquiatras, antropólogos y especialistas que, curiosamente, rara vez encuentran acomodo en las tertulias de la televisión "seria". Allí suelen preferir a los expertos en todo y en nada. A los y las mitad y mitad.
Sus aproximaciones a la España mágica, a las leyendas de nuestras ciudades, a los genios olvidados y a los pioneros españoles entroncan, sin demasiadas ínfulas, con la tradición del Menéndez Pelayo de la Historia de los heterodoxos españoles o del Sánchez Dragó de Gárgoris y Hábidis.
No hace falta creer en fantasmas para interesarse por las historias de quienes creen verlos. Una empatía elemental que se les escapa a los pelmazos cientifistas que presumen de racionalistas sin haber leído un libro en su vida; a los que creen que "la ciencia" es Fernando Simón.
Preguntarse por un misterio no supone renunciar al método científico: es simplemente el primer paso para avanzar en el saber.
Iker reivindica aquella televisión ambiciosa, imaginativa y didáctica de Chicho Ibáñez Serrador y Félix Rodríguez de la Fuente, que no trataba al espectador como a un analfabeto. Durante décadas ha ido fraguando una relación personal con su audiencia que no le regaló ningún partido. Se la ganó preguntando, investigando, acertando, equivocándose y transmitiendo una curiosidad difícil de fingir.
Sus seguidores conocemos su entusiasmo, sus manías, su talento narrativo, su amor por el oficio y por España. Ninguna noche de domingo está completa sin los acordes de Shine On You Crazy Diamond, de Pink Floyd, y sin Iker rompiendo la cuarta pared: "Y usted, ¿qué opina?".
Gracias a esa complicidad, Iker Jiménez es, en terminología financiera, too big to fail. Su credibilidad descansa sobre décadas de confianza de millones de espectadores.
Y ahora ha puesto ese inmenso capital al servicio del cuarto poder.
Horizonte ha llevado al prime time a periodistas de raza como nuestro Jorge Calabrés.
Ahí está también Ketty Garat, denostada en su día por el gremio y por el Gobierno (que tanto monta) como fabricante de bulos y chapoteadora en fangos. Aquellas supuestas invenciones han ido encontrando respaldo, una a una, en las investigaciones judiciales, sin que sus inquisidores se hayan molestado en disculparse. Ya saben, la banda del Peugeot. Hasta manifiestos en su contra llegaron a perpetrar.
Hoy conocemos testimonios sobre quienes hablaban de una jueza extremeña como "un puto grano en el culo", sostenían que había que "eliminarla" y sentenciaban que "a palos aprende el burro". Y no son las leyendas negras de Las Hurdes que tan bien ha estudiado Iker Jiménez, sino declaraciones recogidas por la Guardia Civil sobre las maniobras contra la jueza que investigó al hermano flautista del presidente.
No vivimos los años dorados del periodismo de investigación, aquellos que protagonizaron el presidente de este periódico y otros grandes nombres del oficio. Hoy todo es más precario, los periodistas están más expuestos y el poder dispone de más recursos que nunca para hacerles la vida imposible.
Si algunos contaran cuántas paralelas les ha abierto Hacienda tras publicar un artículo…
Precisamente por eso Horizonte es tan importante. Ha devuelto al horario de máxima audiencia algo que parecía desterrado de la televisión: periodistas haciendo periodismo. A los milenarios no nos sorprende. Llevamos décadas siguiendo a Iker por su afán de saber, por esa obstinación tan suya de mirar mil veces la misma pared, el mismo expediente, con la misma esperanza y el mismo entusiasmo que la primera vez.
Se burlan los listos de Iker Jiménez porque dicen que busca monstruos y fantasmas. Ahora que los ha encontrado en Moncloa, en Ferraz y en los ministerios, resulta que los "escépticos" quieren apagarle la televisión.
Y usted, ¿qué opina?
*** Carlos Conde Solares es historiador.
