"Noventa milhões em ação / Pra frente, Brasil, do meu coração / Todos juntos vamos / Pra frente, Brasil / Salve a seleção!"

(Marchinha oficial del Mundial de México '70, adoptada por el gobierno de Médici como himno extraoficial del milagro económico)

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El pasado 4 de octubre, Brasil celebró la primera vuelta de sus elecciones presidenciales y el resultado dejó con la boca abierta a quienes no querían verlo venir.

El senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro (condenado por un poder judicial que el propio candidato ganador prometió reformar, y en arresto domiciliario sin poder votar) obtuvo el 47% de los votos frente al 45% del presidente Lula, que buscaba su cuarto mandato.

La segunda vuelta se celebra el 25 de octubre. Flávio llega como favorito. El Partido Liberal arrasó además en el Senado, donde tendrá la mayor bancada de un solo partido en la historia del país.

Tarcísio de Freitas, gobernador conservador de São Paulo y figura emergente de la política brasileña, fue reelegido en primera vuelta.

Hay muchas maneras de leer este resultado.

La mía es esta: los brasileños están empezando a rechazar en las urnas una narrativa que durante décadas les fue impuesta como verdad inapelable: que el período militar de 1964 a 1985 fue una época de pura oscuridad, represión sanguinaria y miseria, comparable en su brutalidad a las dictaduras del Cono Sur.

Esa narrativa tiene varios propósitos: Demonizar a la derecha.

Justificar décadas de hegemonía cultural progresista.

Y sobre todo, tapar que quienes hoy controlan las universidades, los medios, las instituciones culturales (y hasta el propio Tribunal Supremo, protagonista central de esta campaña) son los herederos ideológicos de quienes en aquel entonces intentaron llevar a Brasil a una dictadura de izquierda al estilo cubano. Y afortunadamente fracasaron.

Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil, tras conocer los resultados electorales, en Sao Paulo. Reuters

Los números cuentan otra historia.

La Comisión Nacional de la Verdad, nombrada décadas después de los hechos con una composición que nadie acusaría de simpatizar con los militares, documentó 434 muertes y desapariciones políticamente motivadas en 21 años.

Argentina registró alrededor de 9.000 según su propia comisión oficial (en apenas siete años y con apenas un cuarto de la población brasileña).

Chile, con apenas el 10% de la población de Brasil, registró entre 3.000 y 3.200.

Equiparar la dictadura brasileña con las del Cono Sur no es matizar nada: es mentir.

Y para quienes prefieren los datos contemporáneos: en 2024 Brasil registró cerca de 38.700 homicidios, un promedio de 750 por semana. Las 434 muertes políticas de toda la dictadura equivalen a menos de cuatro días de violencia común en el Brasil democrático de hoy.

Pero no hace falta quedarse en los números.

Yo visité Brasil por primera vez en 1979, con ocho años, acompañando a mi familia a ver a un tío que se había ido a vivir allá (tío progresista, por cierto, lo cual ya dice mucho sobre cómo era aquella temible dictadura). Fue el primero de muchos viajes familiares a un país que se sentía extraordinariamente libre y feliz.

"Las 434 muertes políticas de toda la dictadura equivalen a menos de cuatro días de violencia común en el Brasil democrático de hoy"

Veníamos de la Argentina del Proceso de Reorganización Nacional (un régimen considerablemente más represivo, con censura real y una violencia de otra escala).

Lo que encontramos en Brasil no tenía nada que ver. Los programas de variedades en horario estelar (el propio Chacrinha, leyenda de la televisión brasileña, era un espectáculo de libertad y alegría desbordante) presentaban bailarinas con vestuarios que habrían escandalizado al público en la mayoría de las democracias occidentales.

¿Era este la pesadilla totalitaria?

La propia Dilma Rousseff, que hoy se presenta como mártir de la represión, era una guerrillera que asaltaba bancos y ponía bombas (y sin embargo nunca tuvo que exiliarse, estuvo presa un tiempo breve para lo que había hecho, y fue soltada antes de cumplir su condena).

Patricia Bullrich, que tuvo que huir de Argentina por su activismo izquierdista, pasó buena parte de su exilio en Brasil. A la Italia de Mussolini no habría ido ningún izquierdista a refugiarse.

Hay otro punto que conviene mencionar.

Buena parte de la represión de aquella época tenía menos que ver con la dictadura que con lo que era la policía latinoamericana en general en los años sesenta y setenta.

En toda la región (democracias incluidas) la policía era brutal, los detenidos eran maltratados y los excesos eran la norma. Echarle la culpa exclusivamente al régimen militar brasileño de lo que era la norma en toda la región es, cuando menos, deshonesto.

¿Y qué más pasó en esos años, además de la represión que sus detractores se empeñan en magnificar? El llamado milagro económico.

El gobierno de Emilio Garrastazú Médici (hijo de padres inmigrantes uruguayos, casados en Uruguay el año anterior a su nacimiento, nacido a tiro de piedra de la frontera uruguaya, en Bagé, hoy denostado hasta la caricatura por la izquierda que tanto glorifica al inmigrante) coincide con el período de mayor crecimiento económico de la historia moderna del país.

Entre 1968 y 1973, el PIB creció a un ritmo de entre el 10 y el 14% anual.

El empleo crecía a un ritmo del 4,3% anual, muy por encima del crecimiento demográfico.

Los salarios de los trabajadores calificados aumentaban con fuerza, impulsados por una demanda industrial sin precedentes.

Se construyó el puente Río-Niterói. Se iniciaron miles de kilómetros de carreteras en la Amazonia (la Transamazónica, la Santarém-Cuiabá, la Perimetral Norte) como parte del Programa de Integração Nacional, en una apuesta de integración territorial de escala sin precedentes en la historia del país.

"La característica principal de aquella época no fue la represión sino el optimismo, el crecimiento y la energía de un país que sentía que estaba despegando"

Comenzó la construcción de Itaipú, la que décadas después se convertiría en la mayor represa hidroeléctrica del mundo en generación de energía.

La industria automotriz, la siderurgia, la petroquímica y los bienes de consumo duraderos se desarrollaron a una escala que transformó la fisonomía del país.

Brasil se construía; Brasil avanzaba velozmente.

Hay algo que la narrativa victimista nunca puede explicar: la cultura.

Precisamente, durante esos "años de plomo" (en ese mismo período que la izquierda describe como una era de oscuridad total) nació y floreció el movimiento cultural más rico e internacionalmente influyente de la historia brasileña. El tropicalismo, el MPB, el rock brasileño. Chico Buarque de Holanda, Gilberto Gil, Caetano Veloso, Elis Regina, Milton Nascimento, Gal Costa, Ivan Lins, Jorge Ben, Tim Maia, Rita Lee.

Caetano Veloso y Gilberto Gil fueron arrestados en 1968 y terminaron exiliándose en Londres durante tres años. Chico Buarque pasó un año en Italia. Pero el movimiento no solo sobrevivió sino que produjo algunas de las obras más luminosas de la música popular iberoamericana del siglo veinte.

¿Cómo se explica semejante florecimiento creativo en medio de una supuesta noche totalitaria?

El dictador y expresidente de Brasil, Emílio Garrastazu Médici, junto al futbolista Pelé, en 1970. Archivo

No se explica. Porque la premisa es falsa. La característica principal de aquella época no fue la represión sino el optimismo, el crecimiento y la energía de un país que sentía que estaba despegando.

La narrativa victimista elige llamar a esos mismos años "los años de plomo" y enfocarse exclusivamente en la represión política.

Es propaganda pura. No es análisis histórico: es un acto político destinado a borrar del imaginario colectivo brasileño la asociación entre políticas de derecha y prosperidad.

Aquello tampoco fue todo igual. El gobierno de Ernesto Geisel, entre 1974 y 1979, emprendió una apertura política deliberada y progresiva.

Cuando en 1975 el periodista Vladimir Herzog apareció muerto en las instalaciones del DOI-CODI con el inverosímil cuento de que se había suicidado con su propio cinturón, Geisel destituyó al general responsable.

En ninguna de las dictaduras del Cono Sur hubiera ocurrido algo semejante. El General Jorge Rafael Videla no destituyó a ningún general por exceso de violencia: la violencia era la política.

Y encima, lo más obvio: que mientras Brasil vivía bajo un gobierno militar autoritario, el modelo que la izquierda latinoamericana proponía como alternativa era Cuba. La Cuba de los paredones, los campos de trabajo forzado, la persecución a homosexuales y disidentes, el exilio de centenares de miles.

"Mientras Brasil vivía bajo un gobierno militar autoritario, el modelo que la izquierda latinoamericana proponía como alternativa era Cuba"

Si Brasil fue una dictadura, Cuba era el 1984 de Orwell hecho realidad tropical. La represión en el Brasil de aquellos años era un juego de niños en comparación con la que imperaba en el país que servía de inspiración y financiamiento a los guerrilleros que los militares brasileños combatían.

La pregunta no es si el período militar fue perfecto (no lo fue). La pregunta es por qué la narrativa dominante en Brasil es tan unilateral, tan empeñada en presentar aquellos años exclusivamente como un catálogo de horrores mientras borra de la memoria colectiva el milagro económico y el esplendor cultural que los acompañaron.

La respuesta está en Antonio Gramsci. Los que perdieron la batalla política en los años sesenta y setenta (y que de haber ganado habrían llevado a Brasil por el camino de Cubazuela) se dedicaron durante las décadas siguientes a la captura paciente de las universidades, los medios, las instituciones culturales y el sistema judicial.

Lo lograron con notable éxito. Hoy controlan el relato. Y el relato que construyeron les es útil.

Pero el relato está empezando a resquebrajarse. Lo del 4 de octubre no fue solo una elección. Fue otra cosa.

Los resultados confirmados hablan por sí solos: la derecha ganó 18 de 27 gobernaciones, obtuvo 39 de los escaños del Senado que se renovaban y 388 de los 513 diputados federales. En esa misma renovación parcial del Senado, la izquierda obtuvo apenas 5 escaños.

Flávio Bolsonaro llega al 25 de octubre como favorito con el respaldo de una derecha que ha barrido el país de norte a sur. Si gana, Brasil tendrá nuevamente un presidente dispuesto a mirar su propia historia con honestidad — y esta vez con la musculatura institucional para hacer algo al respecto.

Brasil tiene millones de personas talentosas, creativas y emprendedoras. Si algún día gozaran de verdadera libertad económica sin el peso aplastante de un Estado hipertrofiado, este país sería uno de los grandes éxitos del siglo.

Pra frente, Brasil. Por fin.

*** Pablo Kleinman es empresario de medios de comunicación y presidente del Hispanic Jewish Endowment en Miami.