Durante décadas hemos contemplado la sanidad fundamentalmente desde una perspectiva: cuánto nos cuesta. Cada año discutimos cuánto aumenta el presupuesto sanitario, qué porcentaje del PIB destinamos a ella o cuánto deberían incrementar su gasto las comunidades autónomas.

Y es lógico. La sanidad constituye uno de los pilares fundamentales del Estado del bienestar y garantizar una asistencia universal y de calidad debe seguir siendo su primera función.

Pero quizá llevemos demasiado tiempo haciéndonos solamente la mitad de la pregunta.

Porque la sanidad no es únicamente un gasto necesario para garantizar el bienestar de los ciudadanos. Es también investigación, tecnología, industria, empleo altamente cualificado, inversión, exportaciones, innovación y capacidad de atraer talento y capital. Y, como veremos, es también asistencia sanitaria desde la provisión sanitaria privada, capaz de competir en calidad y complejidad con cualquiera para poder atraer turismo de salud.

Y, desde esta segunda perspectiva, el sector sanitario constituye una de las grandes oportunidades perdidas de la economía española.

España dedica aproximadamente el 9,2% de su PIB a sanidad. Hablamos, por tanto, de uno de los grandes sectores de nuestra economía.

Disponemos, además, de un Sistema Nacional de Salud de alcance universal, que aspira a la equidad, con excelentes profesionales, una potente red hospitalaria pública y privada, universidades, centros de investigación y una industria farmacéutica, biotecnológica y de tecnología sanitaria con una creciente capacidad internacional.

Pocos países parten de una combinación semejante.

Mónica García, ministra de Sanidad, en el Congreso de los Diputados. Europa Press

Tenemos incluso algunas posiciones de auténtico liderazgo mundial. España autorizó 962 ensayos clínicos con medicamentos en 2025 (casi el 50% de ellos se realizaron también en el sector privado), siendo nuevamente el país más activo de la Unión Europea. Cerca de mil centros españoles, más del 80% del total, han participado en investigación clínica durante los últimos cinco años. Somos particularmente fuertes en oncología, enfermedades raras y terapias avanzadas.

El problema aparece cuando tenemos que convertir toda esa capacidad científica y asistencial en una cadena de valor industrial completa.

Investigamos aquí, participamos en el desarrollo de nuevas tecnologías y medicamentos, disponemos de magníficos profesionales para utilizarlos y tenemos hospitales capaces de demostrar su valor. Pero una parte demasiado importante de la tecnología, los equipos, los componentes y la innovación que posteriormente utilizamos continúa procediendo del exterior.

Ahí está nuestra gran oportunidad.

La tecnología sanitaria española factura ya más de 12.000 millones de euros anuales y supera los 5.000 millones en exportaciones. Genera decenas de miles de empleos directos y un importante valor añadido para nuestra economía.

Sin embargo, España continúa importando más tecnología sanitaria de la que exporta.

La pregunta que deberíamos hacernos es evidente. ¿Por qué un país que dispone de uno de los mayores ecosistemas sanitarios de Europa no ha desarrollado alrededor de él una industria sanitaria proporcional a su capacidad asistencial y científica?

No se trata de aspirar a fabricar absolutamente todo. Eso sería tan imposible como económicamente absurdo en una economía globalizada. Se trata de identificar aquellos ámbitos en los que España dispone de conocimiento, escala y capacidad suficientes para competir.

Biotecnología, diagnóstico, inteligencia artificial aplicada a la medicina, medicina personalizada, genómica, robótica, dispositivos médicos, terapias avanzadas, salud digital o neurotecnología son algunos ejemplos.

Y tenemos otra ventaja extraordinaria. Nuestro propio sistema sanitario puede convertirse en una formidable plataforma de innovación.

Cada hospital debería ser también un espacio donde investigar, probar, validar y desarrollar nuevas soluciones. Cada problema asistencial debería poder convertirse en una oportunidad para que médicos, investigadores, ingenieros, universidades y empresas desarrollasen una respuesta.

Para conseguirlo, necesitamos conectar mundos que todavía funcionan demasiado separados entre sí.

Sanidad, ciencia, universidad, industria y economía siguen teniendo políticas, estructuras e incluso lenguajes diferentes. Y, sin embargo, forman parte del mismo ecosistema.

Necesitamos una verdadera estrategia sanitaria industrial de país.

Una estrategia que facilite que aquello que investigamos pueda desarrollarse empresarialmente en España; que nuestras startups puedan crecer sin tener que venderse prematuramente o trasladarse al extranjero para encontrar financiación; que las empresas internacionales encuentren razones para instalar aquí sus centros de investigación y producción; y que la compra sanitaria pública pueda utilizarse también, con las debidas garantías de competencia y eficiencia, como instrumento para estimular la innovación.

Pero también debemos cambiar nuestra propia concepción de la sanidad.

Hospital público La Paz, Madrid. IStock

La innovación no consiste simplemente en comprar el último robot, incorporar inteligencia artificial o disponer de la tecnología diagnóstica más avanzada. Innovar significa transformar la manera en la que prestamos asistencia y conseguir mejores resultados utilizando adecuadamente los recursos disponibles.

Y eso exige medir.

Nuestro debate sanitario está excesivamente centrado en cuánto gastamos y demasiado poco en qué obtenemos a cambio.

Necesitamos medir resultados clínicos, tiempos, calidad, productividad y valor generado. Porque aumentar continuamente los recursos sin analizar su productividad tampoco garantiza la sostenibilidad del sistema.

Y aquí debemos abandonar otra discusión que nos ha hecho perder demasiado tiempo: la división ideológica entre sanidad pública y privada, y entramos con ello de lleno en la segunda gran oportunidad que tenemos como país.

La sanidad privada de nuestro país tiene un nivel de competencia altísima porque la legislación le permite hacer todo, a diferencia de otros países de nuestro entorno, donde está mucho más regulada y su capacidad de servicio es mucho más limitada.

Aquí el sector privado hace desde investigación, radioterapia o cirugía cardíaca a las cosas más sencillas y banales, y eso supone un potencial altísimo de cara a poder ser fuente de atracción de una industria de turismo de salud que no recibe ningún apoyo por parte de las administraciones públicas, a diferencia de otros sectores, como pasa con el turismo, la energía o las telecomunicaciones. Y como hacen otros países con sus sistemas sanitarios privados, de los que no tenemos nada que envidiar, salvo el apoyo de sus instituciones para ser referencia internacional en ese tipo de turismo.

La sanidad podría ser una infraestructura estratégica también de primer orden en nuestro país, porque con un mínimo apoyo de la Administración podríamos atraer pacientes de alta complejidad de otros países sin los recursos adecuados para tratarlos en origen.

Y no estoy hablando de turismo sanitario barato. Estoy hablando de convertir el conocimiento médico español y nuestros recursos en una industria internacional de alto valor añadido.

Tenemos profesionales, hospitales, universidades, investigación, industria, calidad de vida y capacidad científica para hacerlo.

Nos falta convertir todo ello en una estrategia común.

Dejar de lado los prejuicios contra la sanidad privada, a la cual sólo se ve como una amenaza contra el sistema sanitario público, y ver su potencial como industria para nuestro país. Entiendo que el cambio no es sencillo. Si tu único objetivo es ningunear en el interior y justificar constantemente la cooperación con el sector sanitario privado, parece difícil defenderlo y apoyarlo en el exterior.

En esta ocasión se trata de generar riqueza para nuestro país, y eso no puede ser ninguna amenaza contra la sanidad pública.

España seguirá necesitando invertir cada vez más en sanidad como consecuencia del envejecimiento, la cronicidad y la incorporación constante de innovación. La cuestión es si vamos a contemplar ese crecimiento exclusivamente como un problema de gasto público o si vamos a aprovecharlo también como una oportunidad para transformar nuestro modelo productivo.

Porque quizá el verdadero debate no sea cuánto nos cuesta la sanidad. Quizá deberíamos empezar a preguntarnos cuánto podría generar para España.

Y ahí tenemos todavía una enorme oportunidad esperando ser aprovechada.

*** Juan Abarca Cidón es presidente de HM Hospitales.