La escena se repite desde hace siglos. A un judío se le exige responder, bajo juramento y amenaza, por crímenes colectivos que no ha cometido.
A la escritora judeoargentina Ariana Harwicz le tocó responder por Israel si quería participar en el festival de arte y literatura CULTUR-ALH de Granada. Su charla se iba a titular, deliciosa ironía, Oponerse al mundo. La organización retiró su invitación tras recibir un edicto inquisitorial de la Red Universitaria por Palestina.
Harwicz, sobra decir, no iba a Granada como miembro del gabinete de Netanyahu, sino como finalista del International Booker Prize y como autora de gran éxito cuya novela Mátate, amor fue llevada al cine por Lynne Ramsay y coproducida por Martin Scorsese.
Sin embargo, su causa de fe para venir a España a hablar de literatura era posicionarse sobre Israel en los términos exactos dictados por los depositarios de la razón moral sobre Oriente Medio.
Más de 350 académicos, los 300 y pico de casi siempre, firmamos entonces un modesto manifiesto en su defensa. Llegaron luego más airados abajofirmantes, con renovadas acusaciones.
Llevo demasiados años estudiando la historia de los judíos españoles como para no reconocer los patrones habituales. Así que, llegados a este punto, aprovecho, como el gran Paco Umbral, para hablar de mi inminente libro, titulado The Last of the Almojarifes: Jewish Power, Royal Finance, and Conspiracy in the Crown of Castile.
'Mátate, amor", de Ariana Harwicz.
Durante siglos, los reinos cristianos de la península confiaron sus funciones financieras más delicadas a judíos. Los almojarifes eran hombres de la máxima confianza de los reyes. Uno de ellos era Zag de la Maleha, financiero de Alfonso X el Sabio, que terminó ejecutado, como muchos de sus predecesores y sucesores. Le convirtieron en cabeza de turco en una crisis que marcó el declive del Rey Sabio: la del fallido asedio de Algeciras contra los moros.
A Maleha le tocó morir para ocultar que Sancho, hijo de Alfonso X, se había fundido los fondos de Algeciras en tratar de devolver la corte de su madre a Castilla, después de que ésta se refugiara en Aragón por no poder soportar más el carácter iracundo del Rey en su vejez.
Si el Rey fracasaba, el judío debía responder, con su vida si era necesario, por acciones ajenas. No estamos hoy en esas, pero a Ariana Harwicz se le exige que responda por las acciones de otros, precisamente por ser judía.
El siglo XIV, sembrado de guerras, epidemias y crisis, culminó con las matanzas de judíos de 1391, que incendiaron las juderías, desde Sevilla hasta Barcelona. Miles de judíos murieron, y otros tantos se convirtieron.
A estos entonces les cambiaron la pregunta. Como el converso era cristiano, sus hijos nacían cristianos y sus nietos podían no haber entrado jamás en una sinagoga, les movieron los postes de la portería.
¿Seguían descansando el sábado? ¿Comían cerdo? ¿Encendían velas? ¿Seguían hablando con familiares y amigos que no se habían convertido?
Hoy les preguntarían qué piensan sobre Israel, y sólo les sirve una respuesta: "¡genocidio!".
A los judíos que empiezan a contestar 'correctamente' estas preguntas se les terminan formulando otras. Así ha sucedido demasiadas veces a lo largo de la historia. Y es que en España, además, seguimos peleándonos con nuestro propio judaísmo.
De forma muy oportuna, esta misma semana se publica El gran secreto. El origen judío de la nobleza española, el nuevo libro del profesor Enrique Soria Mesa, fruto de tres décadas de investigación de archivo.
Soria reconstruye precisamente lo que ocurrió cuando España decidió buscar al judío como defecto dentro del cristiano. Y cuanto más buscaba, más sangre judía encontraba en sí misma.
La conversión había creado una población cristiana de ascendencia judía que prosperó, compró tierras, y estableció alianzas matrimoniales en la administración, la Iglesia y la nobleza.
En el siglo XV, los antepasados judíos trufaban ya los árboles genealógicos de buena parte de la alta nobleza y alcanzaban incluso a instituciones que exigían pruebas de limpieza de sangre.
Los Grandes de España fantaseaban con míticos antepasados visigóticos, pero sus mermadas haciendas les llevaron a abrazar al converso, aceptando con sus fortunas la correspondiente impureza de sangre.
El mismo Fernando el Católico, como le recordaría Isabel ante sus dudas previas al decreto de expulsión de 1492, era hijo de Juana Enríquez, de familia conversa. Su último almojarife fue Abraham Seneor, que se bautizó en su vejez, tomando el nombre de Fernán Núñez Coronel. Su compañero, el polímata Isaac Abravanel, se iría de España dando un portazo y maldiciendo a sus otrora benefactores.
Pasaron las décadas y a sus descendientes les obligarían a demostrar quiénes habían sido sus bisabuelos para acceder a ciertos trabajos e instituciones. Se amañaron las genealogías, se falsificaron los documentos, se inventaron escudos heráldicos.
Bajo Felipe IV, según documenta Soria Mesa, 28 de los 35 hábitos de Santiago concedidos en Granada fueron a personas de origen judeoconverso. La misma Granada donde una escritora judía hoy tiene que responder por Palestina lleva varios siglos suspendiendo exámenes de pureza.
Cuanto más busca España al malvado judío de sus obsesiones, más termina encontrando sus propias paranoias. Por todo ello, el mecanismo del caso Harwicz no aporta gran novedad: el antisemitismo sigue buscando refugio en preguntas que sólo el judío está obligado a contestar. "¿Sigues comiendo adafina? ¿Condenas el genocidio en Gaza?".
Cambian las preguntas, pero no cambia quién debe dar las explicaciones en un examen amañado, imposible de aprobar. Ariana Harwicz no tiene por qué compartir mis opiniones sobre Israel. Tampoco, desde luego, las de quienes pidieron, y lograron, su exclusión.
No debería tener que aprobar ningún examen por ser judía. Nadie debería preguntarle por su religión, ni por la sinceridad de su conversión si se hiciera cristiana, ni por sus preferencias culinarias.
Ayer pedíamos árboles genealógicos. Hoy se pregunta por la contundencia de tu condena a Netanyahu. En todos los casos, sólo se acepta una respuesta correcta, que dará paso a más preguntas. España sigue interrogando al judío.
*** Carlos Conde Solares es historiador.
