Acabamos de salir de Yom Kipur, el día más sagrado del calendario judío, la jornada que dedicamos al ayuno, a la oración, a la introspección y a los propósitos.

Pero apenas terminado, el choque con la realidad nos devuelve al presente.

Nos llegan noticias de intentos de atentado contra comunidades judías en Alemania y en Canadá. Una vez más, el día más solemne se convierte también en el día de mayor riesgo.

Esa es la paradoja dolorosa que arrastramos los judíos allí donde vivimos: la fe y el temor caminan de la mano.

En España, afortunadamente, no hablamos de atentados con explosivos ni de ataques armados. Pero sí hablamos de otro tipo de atentados. Ataques contra la voz, contra la libertad de expresión, contra la cultura y contra el pensamiento.

Y ese tipo de atentado también deja víctimas: deja escritores silenciados, deja debates que no se celebran, deja sociedades más pobres y más cobardes.

El caso más reciente tiene nombre y apellido: Ariana Harwicz.

El Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades (Cultur-Alh) de Granada decidió, a pocos días de su inauguración, desprogramar a esta reconocida escritora argentina, finalista del Booker Internacional, ante la presión de colectivos que exigían su exclusión.

Uno de los eventos celebrados en la edición de 2024 del Festival de las Ideas. Festival de las Ideas

No se ha cuestionado su obra literaria, que nadie discute y que ha entusiasmado a parte de la organización. Se cuestiona su opinión sobre el conflicto en Oriente Medio, contrario a los boicots culturales.

Cedieron. Cedieron a la presión de quienes no soportan la disidencia, de quienes no quieren debate sino discurso único, de quienes han decidido que sólo se puede hablar en un festival cultural si se piensa exactamente lo que ellos piensan.

Es exactamente lo contrario de lo que debería ser un festival de literatura y humanidades. Un festival que teme la disidencia no es un festival: es una cámara de eco con presupuesto público.

Lo verdaderamente pavoroso, sin embargo, no es sólo la decisión de los organizadores. Es el silencio de quienes colaboran con el festival y que, con su mutismo, avalan esta discriminación.

Hasta el momento, sólo la Universidad de Granada se ha desmarcado tímidamente de la decisión, pero no se ha planteado siquiera retirar su respaldo institucional a la organización del festival.

Ese silencio no es neutralidad. Es una forma de complicidad.

Y resulta, si cabe, más doloroso que el propio veto: uno puede entender, aunque no comparta, el miedo de unos organizadores ante la presión. Lo que cuesta más entender es el silencio cómodo de instituciones que se presentan como garantes del pluralismo y la convivencia.

Y no es un caso aislado.

Apenas unos días antes, el Festival de las Ideas de Madrid vivió su propio episodio de claudicación: una veintena de participantes anunció que no acudiría al evento si este no rompía con la aseguradora alemana Allianz, su patrocinador principal, señalada por sus vínculos financieros con Israel.

El festival terminó separándose de su patrocinador.

"Nadie exige avales ideológicos a otros invitados de estos festivales. Sólo a los judíos, sólo a Israel, sólo a quienes se apartan del guion"

Otra vez la misma lógica: en un festival que se proclama espacio abierto a todas las ideas, resulta que no todas las ideas caben. Sólo caben las de quienes tienen capacidad de presión y boicot.

Es de agradecer, en este caso, que desde el Ayuntamiento de Madrid se haya planteado, cuando menos, seguir apoyando el festival, en lugar de sumarse también al silencio.

Los judíos españoles estamos hartos de esta hipocresía de la ultraizquierda.

Hartos de que quienes enarbolan la bandera de la libertad, la multiculturalidad y la tolerancia sean, con demasiada frecuencia, los primeros en practicar la censura, el boicot y la discriminación selectiva.

Hartos de que se nos pida, a nosotros y a cualquier autor judío, mostrar el carnet ideológico antes de subir a un escenario.

Hartos de que la disidencia sólo se persiga cuando la ejerce quien no piensa como el discurso dominante en según qué ambientes culturales.

Nadie exige avales ideológicos a otros invitados de estos festivales. Sólo a los judíos, sólo a Israel, sólo a quienes se apartan del guion.

Esto no es un problema de agenda cultural. Es un síntoma.

Es la evidencia de que el antisemitismo ya no necesita presentarse con esvásticas ni con consignas explícitas: le basta con vestirse de causa justa, de activismo, de "no somos nosotros, es su ideología".

Harwicz lo ha dicho con toda claridad: no la desprogramaron por sus ideas, sino por ser judía, y la ideología es hoy el eufemismo con el que se disimula la discriminación.

Por eso, desde la Federación de Comunidades Judías de España reclamamos algo que debería ser elemental: que las instituciones públicas y privadas de este país dejen de mirar hacia otro lado.

Y que, en general, dejemos de aceptar como normal que la libertad de expresión tenga excepciones cuando quien habla es judío o tiene algún tipo de relación con Israel.

Echamos de menos, sencillamente, instituciones que condenen esto sin complejos, sin medias tintas y sin miedo a que la condena les cueste algún disgusto.

El silencio, cuando se produce ante la discriminación, deja de ser prudencia y se convierte en consentimiento. Y ese consentimiento, tarde o temprano, pasa factura a toda la sociedad, no sólo a los judíos ni a ninguna otra minoría.

*** David Obadia Chocrón es presidente de la Federación de Comunidades Judías de España.