Hay una cifra en el último informe PISA 2025 que debería haber hecho estallar todas las alarmas. Apenas un 2% de los alumnos españoles de quince años alcanza los niveles altos de comprensión lectora. Dos de cada cien.
En matemáticas, sólo un 4% llega a la excelencia, y un tercio de todos ellos no alcanza el nivel mínimo para resolver un problema sencillo.
España obtiene 451 puntos en lectura, 457 en matemáticas y 477 en ciencias: el peor resultado de la historia en las tres competencias a la vez.
Dado que veinte puntos equivalen, según la OCDE, a un curso escolar, nuestros hijos han perdido más de dos cursos en lectura desde 2015 y casi curso y medio en matemáticas.
Es un fallo sistémico.
Pero nadie debería llamarse a sorpresa. La tónica general de los informes PISA sobre España ha sido de degeneración de la calidad de la educación en nuestro país. Esa educación que el Gobierno utiliza, junto a la sanidad, como pretexto para confiscar más de la mitad de lo que producimos.
Estudiantes españoles en las pruebas de Selectividad.
Las generaciones educadas en las leyes de educación de los últimos treinta años, y especialmente en la Lomloe, dan un veredicto inapelable. La respuesta del secretario de Estado de Educación, Abelardo de la Rosa, ha sido, grosso modo, culpar a las pantallas. Las pantallas, que no votan, no legislan y no diseñan currículos escolares.
Es cierto que la caída es internacional. Pero España cae más que la OCDE y más que la Unión Europea, y en ciencias ya está por debajo de Francia, Italia y Portugal, que tienen las mismas pantallas que nosotros.
El dato más revelador, sin embargo, es otro.
El deterioro alcanza también a los alumnos de alto nivel socioeconómico y cultural, y en el conjunto de la OCDE la brecha social se estrecha justamente porque son los favorecidos los que más retroceden.
Es decir, que el sistema no está fallando solamente en sacar del pozo a los que peor lo tienen. Está fallando también en dejar volar a los que podrían, supuestamente, hacerlo con más facilidad.
Hemos conseguido, por fin, igualar. Pero por abajo.
No es un accidente. Es una doctrina. El típico líder del Sindicato de Estudiantes con cuarenta años de edad exigiendo la abolición de la selectividad, que hemos visto tantas veces en telediarios, no era una anécdota graciosa de un vago pidiendo más privilegios.
Ese veneno se ha ido inoculando hasta los legisladores y gobernantes. Mientras sus hijos estudian en escuelas privadas y exigentes, han destrozado el único ascensor social eficiente: la educación.
Se habrán quedado a gusto, porque el desastre es tal que cuesta creer que sea por desidia.
Y no, esto no es ninguna casualidad, ni tampoco, de forma exclusiva, culpa de las pantallas. Ni de lejos.
Es una estrategia para crear súbditos sumisos, conformistas, mediocres y castrados intelectualmente.
Durante dos décadas, una parte de la pedagogía oficial, con enorme influencia en los ministerios de izquierdas, ha predicado que exigir es traumatizar, que suspender es estigmatizar, que la memoria es un vestigio decimonónico, que el esfuerzo es una imposición de clase y que el mérito es una coartada de los privilegiados.
La Lomloe convirtió ese sermón en Boletín Oficial: se puede aprobar la ESO sin aprobar todas las asignaturas, se puede superar el bachillerato con un suspenso, se han difuminado las notas numéricas en primaria y la repetición se ha convertido en anatema.
Todo ello con el ropaje amable del buenismo: que ningún niño se quede atrás.
El resultado es que se han quedado atrás todos.
El filósofo y pedagogo navarro Gregorio Luri lleva años advirtiéndolo con una frase que debería estar grabada en el frontispicio del Ministerio: "La escuela no es un parque de atracciones".
Luri defiende que la única escuela verdaderamente igualitaria es la que exige a todos, porque el hijo del catedrático tendrá libros en casa haga lo que haga el sistema, mientras que el hijo del jornalero sólo tiene el colegio. Rebajar el listón en nombre de la igualdad es, en realidad, la política más clasista posible: garantiza que sólo prosperen los que ya prosperaban.
La hispanista sueca Inger Enkvist, que ha estudiado la escuela nórdica progresista, lo resume de otra manera: un sistema que no pide nada a los alumnos les está diciendo que no espera nada de ellos. Y cuando son ya adolescentes, entienden el mensaje.
Y es que ¿de qué sirve esforzarse si no hay incentivo para ello?
Andreas Schleicher, el responsable de PISA en la OCDE, ha repetido en cada edición que los sistemas que mejor funcionan, de Singapur a Estonia, comparten un rasgo incómodo para nuestros legisladores y gobernantes (especialmente los de izquierdas, pero no sólo ellos): altas expectativas para todos, sin excusas ni descuentos por origen.
Aquí hemos hecho justo lo contrario. Y es que la ambición, en España, está bajo sospecha. El que estudia demasiado es un empollón; el que quiere sobresalir, un trepa o un flipado; el que monta una empresa, un explotador; el que gana dinero, un sospechoso, cuando no un ladrón.
Hemos construido una cultura de la modestia obligatoria en la que pedirle más a la vida es una descortesía y moralmente malo. Luego nos sorprende que casi la mitad de los jóvenes de dieciocho a veinticuatro años aspire a ser funcionario (con todo respeto a los funcionarios, pero no se puede construir una sociedad próspera sólo con funcionarios) y que la palabra excelencia sólo aparezca en los folletos de los colegios privados.
Hace un tiempo escribí, a propósito de las guerras culturales, que la mejor comparación entre Estados Unidos y España se hacía viendo aterrizar el propulsor de la Starship de SpaceX y luego viendo cualquier vídeo corto de un político nuestro en redes sociales.
Me quedé corto. La comparación real es esta: ellos tienen a cientos de ingenieros gritando de júbilo porque han atrapado un rascacielos de metal en el aire, y nosotros tenemos un informe que dice que sólo dos de cada cien chavales entienden bien lo que leen.
Los cohetes no se hacen aterrizar con legiones de personas que aspiran y aman ser mediocres. Se hacen aterrizar con matemáticas, con física, con miles de horas de estudio y con una cultura que celebra al que llega más lejos en vez de mirarle con recelo.
Michael Sandel, filósofo de Harvard y uno de los referentes intelectuales de la izquierda anglosajona (y no tanto de la woke), publicó en 2020 La tiranía del mérito, un libro que ha servido de munición a quienes consideran el mérito una superstición neoliberal.
Sandel tiene razón en una cosa: el mérito puede generar arrogancia en los que triunfan.
Menudo problemón. Amenaza con hacer estallar todos los sistemas, vamos.
Para evitar semejante bomba atómica, la de la arrogancia de los mejores, la alternativa que hemos ensayado en España no es la humildad de los que triunfan, sino la resignación de los que ni lo intentan.
Entre una sociedad de meritócratas insoportables y una sociedad de quinceañeros que no saben leer, hemos elegido la segunda.
Un país que dice a sus hijos que no hace falta esforzarse porque de todos modos van a aprobar, que no hace falta destacar porque destacar es de mal gusto, y que no hace falta soñar en grande porque el Estado ya provee, "que inventen otros", no está educando ciudadanos. Está fabricando súbditos.
Y los súbditos, como los cohetes sin ingenieros, no vuelan. Y tampoco son libres.
*** Elías Cohen es profesor de relaciones internacionales de la Universidad Francisco de Vitoria.
