Los copistas eran antiguamente un oficio.
El amanuense pasaba media vida encorvado sobre un pupitre, dejándose las pestañas, sin cobertura social de ningún tipo, transcribiendo con pulso monástico lo que otro había escrito antes.
Era un trabajo digno, respetado, gremial.
Pero cuando Johannes Gutenberg tuvo la ocurrencia de crear la imprenta, ese oficio entero sintió que el mundo se le venía encima. Y no se equivocaban porque, efectivamente, se les venía encima.
Lo que no entendieron es que el mundo no se les venía encima a ellos, sino a un modo concreto de trabajar y hacer las cosas.
La reacción no fue el debate sobre la conveniencia del cambio, sino la caza. Se acusó a Gutenberg de brujería, de estar al servicio del demonio, de corromper la pureza de la palabra escrita a mano.
Los copistas de Europa, organizados en gremios, presionaron a obispos y príncipes para frenar aquel invento diabólico que amenazaba su sustento.
Perdieron, por supuesto. Y perdieron porque la historia no se detiene a esperar a que los perjudicados por el progreso den su visto bueno, salvo en los regímenes islamistas.
Eso sí, antes de perder, hicieron mucho ruido, agitaron y exorcizaron como hoy se hace con Elon Musk.
Grabado que representa al inventor de la imprenta, Johannes Gutenberg.
El currículo de creaciones geniales de Musk es ya extenso. Y ahora llegan los cibertaxis, que no son una novedad tecnológica más, sino una repetición casi calcada del guion redactado por Gutenberg en su día, con los mismos personajes reciclados.
Donde antes había amanuenses hoy tenemos taxistas, con sus sindicatos y sus regulaciones.
Donde antes había gremios hay hoy Uber, que en un giro apoteósico de la historia pasa de empresa disruptora a víctima de la disrupción, porque también su modelo depende de un conductor humano al volante.
Ya están analizando cómo afrontar lo que viene, claro.
También, donde antes había obispos u otras autoridades dispuestas a prohibir lo que no comprendían, hoy tenemos reguladores europeos que descubren, sorprendidos, que Bruselas no está diseñada para gestionar la velocidad del cambio real que llega desde Estados Unidos, sino para administrar su ausencia.
El argumento contra Musk es siempre el mismo, disfrazado de preocupación social. El tecnoligarca va a destruir empleos, va a dejar en la calle a miles de familias, hay que pararlo.
Es el argumento exacto que se esgrimió contra la imprenta, contra el telar mecánico, contra el tractor, contra el cajero automático.
Y es, además, un argumento que nunca lo pronuncian quienes de verdad se preocupan por el bienestar de esos trabajadores, sino quienes se preocupan por su propia posición de poder sobre ellos.
El gremio de copistas no defendía a los copistas, sino que se defendía a sí mismo.
"El gremio de copistas no defendía a los copistas, sino a sí mismo. Y el sindicato del taxi de hoy tampoco defiende al taxista, sino una licencia que cotiza en un mercado cerrado"
El sindicato del taxi de hoy tampoco defiende al taxista. Se defiende una licencia que cotiza en un mercado cerrado, una renta de posición que el robotaxi amenaza con pulverizar de un plumazo.
Uber y compañía no sabemos bien lo que harán, pero tendrán que adaptarse o desaparecerán.
Lo curioso, en cualquier caso, es el odio personal que despierta Musk, un odio que ya no tiene forma de argumento económico sino de exorcismo.
No se discute si el vehículo autónomo es más seguro que uno conducido por un humano cansado, borracho o distraído con el móvil, cosa que las estadísticas ya empiezan a sugerir con fuerza.
Se discute la persona. Es decir, su ego, sus tuits, su política, su dinero, sus posicionamientos, sus opciones, y hasta su cara.
Es la misma operación que se hizo con Gutenberg cuando le acusaron de pacto satánico en lugar de discutir si sus Biblias eran más baratas y accesibles que las copiadas a mano.
Cuando no se puede combatir la idea, se combate al hombre. Porque siempre ha sido más fácil quemar a la persona que rebatir la máquina.
La imprenta no acabó con la cultura escrita, sino que la multiplicó hasta hacerla llegar a quien jamás habría tenido acceso a un libro.
El cibertaxi no acabará con la movilidad urbana. Debería abaratarla y la hará incluso más segura para quien hoy no puede permitirse un taxi y depende de un transporte público cada vez más deficiente.
Los amanuenses de Maguncia o Bolonia perdieron su oficio, es cierto, y la historia no les debe una disculpa por ello. Pero sus hijos aprendieron a leer libros que sus padres jamás habrían podido copiar a tiempo para leerlos ellos mismos.
Los taxistas de hoy, como los conductores de Uber, si la historia se repite como suele y nuestros políticos no se empeñan en demostrar que son peor que la peste, no serán la excepción que la detenga.
Serán, como siempre, la anécdota que la ilustra.
*** Juan J. Gutiérrez Alonso es profesor de Derecho administrativo.
