Si algo ha tratado de dejar claro el Gobierno desde el principio es que, detrás del ataque frontal a nuestra soberanía e integridad territorial no se encuentra Marruecos.
Lo descartó, con sus habituales formas tabernarias, el ministro Puente, que trató de dar carpetazo a la crisis en un par de días.
Lo ha repetido hasta la saciedad el ministro Albares, siempre presto y dispuesto a subrayar la colaboración del régimen alauí.
Lo confirmó en sede parlamentaria el presidente Sánchez, que ya había adelantado días antes, en una entrevista, que Marruecos es un socio fiable, destacando "su estrecha colaboración".
Es difícil hacer comulgar con ruedas de molino a todo el mundo durante tanto tiempo. Hay un tipo de hechos, de carácter notorio y evidente, cuyo desmentido deja en una posición difícil, casi caricaturesca, a quienes lo practican.
Es el caso de un Gobierno a la deriva, incapaz de gobernar, sumido en algunas paradojas especialmente macabras incluso para la propia claque que aún lo apoya, y para el relato de un Gobierno progresista erigido en resistencia casi única frente a una internacional reaccionaria que recrudece su amenaza.
Por ahí fueron, una vez más y para sorpresa de nadie, las muy poco originales declaraciones del presidente.
Al mismo tiempo que descartaba cualquier implicación de Marruecos en la agresión contra la integridad territorial española, apuntaba a los peligros de la internacional ultraderechista. Una amalgama de lo más variopinta, entre Elon Musk, Trump, Israel o Rusia.
Pedro Sánchez, a su llegada al Congreso de los Diputados este lunes.
Si me permiten la digresión, en el fondo hay una parte de ese relato que no constituye una majadería, o al menos no una majadería completa.
Es indudable que, desde hace bastante tiempo, el orden liberal que preconizara Fukuyama saltó por los aires.
Nuestro mundo ha dejado de ser unipolar y está en disputa la hegemonía estadounidense, empezando por el pragmatismo comercial de China, ejemplo notable de "realismo político".
De sostenerse que se trata de un sistema comunista —disparate habitual—, habría que reconocer la indiscutible eficiencia de su modelo económico y la posibilidad de que comunismo (o, por matizar y encauzar el dislate, estatismo) y eficiencia sean compatibles.
Si, en caso contrario, afirmamos que es un sistema capitalista —de Estado, obviamente—, entonces no quedaría más remedio que convenir que este sistema socioeconómico es perfectamente compatible con una forma política de partido único y completamente ajena a la democracia liberal.
Frente a la crisis del mundo liberal, hemos asistido al recrudecimiento de movimientos autocráticos.
Unos movimientos respaldados, en buena medida, por la quiebra de parte de los sistemas productivos occidentales, atacados por la deslocalización de empresas y la destrucción de puestos de trabajo. Por la consiguiente descomposición de los horizontes de vida de cientos de miles de personas. Y por la crisis de desigualdad en antiguos modelos sociales hoy en retroceso.
No es del todo descabellado sostener que existen algunos rasgos comunes en la respuesta autocrática e iliberal, aunque resulta muy insuficiente apuntar a los efectos corrosivos de estos movimientos sin entender el caldo de cultivo que los promociona y alienta.
Limitarse a agitar el fantasma del "fascismo internacional", como hace el Gobierno, resulta tan capcioso como convertir la violación de las fronteras españolas en una simple crisis migratoria y humanitaria. Tesis con la que ha flirteado a pesar de que la tozuda realidad se empeñe en desmentirla.
Máxime cuando se busca exonerar de toda responsabilidad a Marruecos, por la consabida posición de subalternidad y servidumbre por la que ha optado este Gobierno, encabezado por un PSOE históricamente dúctil y maleable en relación con el lobby marroquí que, con tanta solvencia y dinero, opera en España.
"Limitarse a agitar el fantasma del 'fascismo internacional', como hace el Gobierno, es tan capcioso como convertir la violación de las fronteras españolas en una simple crisis migratoria"
Un lobby que, ahora, bajo el mandato de Sánchez y los auspicios de personajes como Zapatero o Bono, se muestra abiertamente entregado a una agenda de intereses claramente alineados con los del país que nos amenaza y agrede.
He aquí la macabra paradoja de un Gobierno instalado en el único relato que podría salvarle: atreverse contra el trumpismo global y defender la causa del pueblo palestino, masacrado por la acción criminal del Israel de Netanyahu, con la cooperación necesaria de EEUU y el silencio cómplice de buena parte de la hipócrita y cobarde comunidad internacional.
Paradoja lacerante, porque esa beligerancia se ha demostrado, desde un principio, como otro fuego de artificio de un Gobierno incapaz de tramitar otra agenda que la de maquillar su descomposición interna a través de un marketing político cada vez más burdo.
(Y el mejor reflejo de esa descomposición es la guerra civil entre Robles y Marlaska, en mitad del revuelo de unos socios asilvestrados, sensibles únicamente a la posibilidad de conseguir dádivas y favores derivados de la debilidad crepuscular de una legislatura nula).
No hay consistencia moral alguna en quien trata de conjugar, en una misma propaganda política, el enfrentamiento contra Trump y Netanyahu con la sumisión activa y servil frente al aliado central de Trump y Netanyahu en el Magreb.
O sea, Marruecos, el país que cuestiona nuestra soberanía, seguridad e integridad territorial.
Ni la hay tampoco en la posición de un Gobierno que utiliza Palestina como insignia en la solapa de un compromiso con el derecho internacional y los derechos humanos tan cacareado como impostado.
Pero que, al mismo tiempo, se alinea con su supuesta némesis trumpista en la traición a ese mismo corpus civilizatorio, entregando al pueblo saharaui al régimen marroquí . Y demostrando, una vez más, no estar tan lejos de los autócratas a los que presume combatir.
¿Por qué Marruecos no forma parte de la internacional reaccionaria que denuncia el presidente?
¿Acaso es un régimen ajeno a una visión ultranacionalista e imperialista como la que supone el Gran Marruecos, que persigue la anexión, entre otros territorios, de nuestras ciudades autónomas?
¿Por qué acepta el Gobierno autoproclamado como más progresista de la democracia, con sus socios pretendidamente ubicados a la izquierda del PSOE, ese maridaje con una política internacional reaccionaria que firmaría el más ortodoxo de los atlantistas?
"¿Por qué Marruecos no forma parte de la internacional reaccionaria que denuncia el presidente?"
¿Por qué se acepta desde las filas de la izquierda política y sociológica transigir con la posición internacional más vergonzosa que jamás ha practicado España con el Sáhara Occidental desde la Marcha Verde?
¿Por qué un Gobierno retóricamente hostigador de Trump y Netanyahu mantiene una posición oficial de servil auxilio a los intereses alauitas que, en el fondo, complace a los pretendidamente hostigados?
El Gobierno español es incapaz de sostener internamente otra agenda política que la de la resistencia, al oneroso precio de una imparable degradación institucional.
Pero siempre ha tratado de exhibir una buena imagen internacional, frente a una derecha lastrada por unas dependencias geopolíticas de "socios" que carecen del menor interés por respetar los intereses nacionales españoles, prefiriendo con frecuencia echar un cable a quienes los ponen en tela de juicio.
Ahí está la inhibición de la Unión Europea, hervidero de intereses nacionales en conflicto, donde históricamente ha destacado la posición francesa, complaciente con los desmanes del monarca alauí y sus veleidades anexionistas.
O la propia OTAN, que descarta la protección de Ceuta y Melilla. Y que actúa como si fuera Marruecos, y no España, uno de sus miembros.
Sin embargo, es el Gobierno quien cabalga con la mayor de las contradicciones. A estas alturas, es evidente que su talón de Aquiles es Marruecos.
Su paradoja geopolítica más macabra: una sumisión que retrata su desinterés por un mundo regido por reglas civilizatorias frente al mero arbitrio del más fuerte y que descarta su preconizada credibilidad en cualquier alineamiento democrático y progresista dentro del orden internacional.
Negar a estas alturas esta realidad incómoda denota, únicamente, un patriotismo de siglas partidistas tan sectario como poco saludable en términos democráticos. Y, a pesar de todo, algunos se empeñan en cultivarlo hasta límites ciertamente bochornosos.
*** Guillermo del Valle es abogado y director de El Jacobino.
