Las imágenes que estamos viendo estos días en Ceuta deberían avergonzarnos como país.
No voy a entrar en las causas que provocaron la llegada masiva de personas a la ciudad autónoma los pasados 30 y 31 de julio, ni en las responsabilidades políticas, diplomáticas o de seguridad que deberán aclararse cuando corresponda.
Lo que es urgente ahora son las consecuencias. La crisis humanitaria que se ha desencadenado y las consecuencias para los ciudadanos que viven allí.
El Gobierno ha elevado ya a 80.000 el número de personas que llegaron a Ceuta durante aquellos dos días. La enorme mayoría ha regresado a Marruecos, pero entre 7.000 y 9.000 continúan todavía en una ciudad de poco más de 80.000 habitantes.
Entre ellos habría alrededor de 2.500 menores, según las cifras oficiales, aunque las organizaciones sociales consideran que pueden ser bastantes más.
Y lo que estamos viendo resulta impropio de un país con la capacidad económica, sanitaria y organizativa de España.
Frontera de Ceuta.
El propio defensor del pueblo ha abierto una actuación de oficio ante lo que denomina expresamente una crisis humanitaria, interesándose por las condiciones en las que permanecen estas personas y por la respuesta de las distintas administraciones.
Personas durmiendo en las calles o en instalaciones improvisadas; dificultades para disponer de agua, higiene, alimentación adecuada o asistencia suficiente; y, especialmente, menores que permanecen fuera de los circuitos ordinarios de protección.
No estamos viendo solamente una crisis migratoria. Estamos viendo una emergencia humanitaria, organizativa y, progresivamente, de salud pública.
Y conviene aclararlo para evitar cualquier interpretación equivocada e interesada: no estoy diciendo que los inmigrantes constituyan un problema sanitario por ser inmigrantes. El riesgo aparece cuando miles de personas (sea cual sea su origen) permanecen durante días hacinadas, a la intemperie o en condiciones insuficientes de higiene, alimentación y alojamiento. Cuando nadie se ocupa de ellas.
En esas circunstancias, aumentan inevitablemente los problemas dermatológicos, las infecciones, la deshidratación, las descompensaciones de enfermedades previas, los problemas de salud mental y las necesidades asistenciales.
Mientras tanto, los profesionales sanitarios de Ceuta están realizando nuevamente un esfuerzo extraordinario para contener la situación. Y hay que reconocerlo una vez más porque cuando falla la planificación, la última barrera termina siendo el compromiso de los profesionales.
Pero no podemos convertir permanentemente ese compromiso en nuestro plan de contingencia.
En cualquier caso, esto va mucho más allá de la capacidad de respuesta del sistema sanitario, porque es una cuestión de emergencia humanitaria. Esto no va sólo de contratar médicos o enfermeras adicionales. Ni tampoco de mandar unos cuantos millones de euros a la ciudad autónoma.
Va de organizar recursos in situ.
Hay que habilitar alojamientos temporales dignos, garantizar agua, alimentación, higiene y asistencia sanitaria, identificar cuanto antes a todas las personas y proteger especialmente a los menores.
Y también hay que acelerar los procedimientos administrativos que permitan determinar quién debe regresar, quién puede solicitar protección internacional y quién debe ser trasladado a otros recursos.
Pero lo primero es organizar unas condiciones dignas para estar allí.
Y si Ceuta no dispone de capacidad suficiente, habrá que crearla fuera de Ceuta y llevarla hasta allí.
Precisamente para eso existe un Estado.
Hace unos meses, España ofreció una magnífica imagen internacional durante la compleja gestión sanitaria del crucero afectado por hantavirus. Entonces demostramos que somos capaces de movilizar recursos, coordinar administraciones, establecer circuitos asistenciales y responder con enorme solvencia ante una situación excepcional.
Por eso resulta aún más difícil comprender lo que está ocurriendo ahora.
Inmigrantes ilegales en Ceuta.
En apenas unos días, hemos pasado de transmitir una imagen de enorme capacidad organizativa a proyectar escenas propias de una emergencia humanitaria mal resuelta.
Me temo que nos hemos centrado en el tema político y migratorio, y nos hemos olvidado del problema humanitario. No podemos aceptar como respuesta que "el problema se resolverá en unas semanas".
El Gobierno tiene que reaccionar, porque esto no va de dar más muestras de solidaridad a la gente que vive allí. Ceuta necesita que se ocupen de ella. Y lo primero es gestionar la emergencia.
España dispone de excelentes profesionales sanitarios, magníficos servicios de emergencias, Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, Fuerzas Armadas, Protección Civil, administraciones autonómicas y locales, organizaciones sociales y una enorme red de recursos públicos y privados.
Lo que necesitamos es conseguir que todos ellos funcionen rápidamente como un único sistema cuando las circunstancias lo exigen.
Necesitamos liderazgo, coordinación y capacidad ejecutiva, que es lo que debería caracterizar a un Estado moderno cuando se enfrenta a una situación excepcional.
Primero gestionemos la emergencia. Después ya discutiremos todo lo demás.
*** Juan Abarca Cidón es presidente de HM Hospitales.
