Una lengua sobrevive gracias a un gesto cotidiano: una madre habla con su hijo y el hijo responde. Mientras esa conversación pase de una generación a otra, la lengua seguirá viva. Cuando se interrumpa, comenzará su decadencia.

Así han desaparecido miles de lenguas, sin necesidad de prohibiciones ni conquistas.

Pero las lenguas afrontan ahora un nuevo desafío. Porque, además de hablantes, necesitan máquinas capaces de comprenderlas.

¿Qué ocurre cuando pedimos a un asistente de inteligencia artificial que responda en gallego, guaraní o euskera?

Guarda silencio educado o improvisa una respuesta poco natural. No es desprecio ni preferencia cultural, sino ausencia de suficiente material escrito, conversaciones o grabaciones para aprender a desenvolverse en esas lenguas.

Charles Darwin explicó que sobreviven las especies mejor adaptadas a su entorno. Las lenguas obedecen a otra lógica, pero también conocen formas de selección que ya se aplicaron cuando llegaron la escritura, la imprenta, la escuela o internet.

Y ahora aparece una quinta criba: la adaptación a la inteligencia artificial.

Es verdad que cuando utilizamos un traductor automático, un asistente virtual o un modelo de lenguaje, esperamos recibir respuestas igual de precisas en cualquier lengua. Pero esa igualdad no es real, porque depende de la cantidad y de la calidad de los datos con los que cuentan las máquinas.

Los campos de la inteligencia artificial. Imagen de archivo

Toda revolución tecnológica ha cambiado el destino de las lenguas.

La escritura las salvó del olvido.

La imprenta multiplicó su difusión.

La escuela consolidó el uso cultural.

Internet las ha convertido en instrumentos de comunicación global.

Y la inteligencia artificial añade ahora una exigencia inédita: ya no basta con que una lengua pueda hablarse, escribirse y leerse. También debe ser comprendida gracias a una inmensa base de datos que la sustente.

Los grandes modelos lingüísticos no aprenden paso a paso como las personas. Leen a la velocidad del rayo colosales bloques de información digital: libros, periódicos, artículos científicos, páginas web, conversaciones, grabaciones y millones de documentos de toda clase. Cuanto mayor es el caudal, más grande es la capacidad para comprender y expresarse.

Las lenguas ya no compiten por tanto sólo por el número de hablantes. Necesitan volumen de datos, producir conocimiento, digitalizar bibliotecas, publicar investigaciones, alimentar repositorios documentales y ocupar un espacio creciente en internet.

Una lengua ausente o poco presente en el universo digital seguirá hablándose, sí. Pero perderá terreno allí donde se desarrolla buena parte de la actividad científica, tecnológica y económica.

La nueva competencia no se libra sólo en universidades, centros de investigación, editoriales, archivos, plataformas digitales, empresas tecnológicas y apoyo institucional. Sino también, y cada vez más, en los algoritmos que pueden manejar cada lengua con precisión.

Las lenguas que no superen la criba quedarán relegadas a funciones cada vez más limitadas.

Son muchas las lenguas ricas en hablantes que tendrán dificultades para alimentar la base de datos, porque sus propios hablantes son también, como ambilingües, hablantes de otra lengua de mayor horizonte.

Las lenguas que desde el ambilingüismo sirven de apoyo a las demás son muy pocas.

A la cabeza, el inglés, que parte con una ventaja evidente. Reúne centenares de millones de hablantes como lengua complemento. Concentra, además, un altísimo porcentaje de la producción científica, tecnológica y empresarial del mundo.

Esa extraordinaria abundancia de contenidos explica que la inteligencia artificial alcance en inglés niveles de precisión que todavía resultan difíciles de igualar en la mayoría de las otras lenguas.

Eso no significa que las vaya a eliminar. El automóvil no hizo desaparecer la bicicleta, que sigue rodando al servicio de trayectos cortos. Tiene la ventaja de no exigir gasolina ajena, y de adelantar hábilmente al coche por las calles estrechas del centro de las ciudades.

Así que no debemos interpretarlo como una condena. Las lenguas suelen perder funciones de manera gradual. El latín clásico continuó durante siglos como vehículo del saber, aunque dejó de transmitirse de padres a hijos.

Otras lenguas conservaron su identidad cultural mientras cedían espacio en ámbitos administrativos o científicos.

El español parte de una situación envidiable. Reúne condiciones que pocas lenguas pueden igualar. Por eso seguirá formando parte del reducido grupo de idiomas con proyección mundial y seguirá produciendo y aportando conocimiento al universo cultural.

Pero no se trata sólo de publicar libros o de mantener una intensa actividad periodística. Será necesario aumentar la producción científica, digitalizar bibliotecas y archivos, enriquecer los recursos terminológicos, crear corpus lingüísticos cada vez más completos y facilitar que las empresas tecnológicas puedan entrenar con ellos sus modelos de inteligencia artificial.

Las lenguas europeas de dimensión media han comprendido rápidamente el desafío. Diversos gobiernos financian grandes proyectos destinados a crear diccionarios electrónicos, bancos terminológicos, corpus especializados y modelos propios de inteligencia artificial para garantizar que sus lenguas continúen siendo plenamente útiles.

Las comunidades lingüísticas ambilingües, muy numerosas en el mundo, afrontan un reto mayor. La lengua internacional será la más dimensionada, y la otra perderá espacios, porque ni siquiera una planificación institucional para multiplicar documentos alcanzará la velocidad de crecimiento de la lengua fuerte.

No tendría por ejemplo sentido hacer consultas en irlandés o en tártaro si el usuario espera mejores resultados en la otra lengua que también es suya, el inglés o el ruso. Una lengua que apenas genera datos acaba ofreciendo herramientas peores y menos eficaces.

A favor de las lenguas débiles de las parejas ambilingües diremos que nunca había sido tan sencillo elaborar diccionarios, registrar variedades dialectales, traducir documentos o desarrollar materiales didácticos de calidad. Unas herramientas reservadas hace apenas unos años a grandes instituciones están hoy al alcance de universidades, profesores, investigadores e incluso asociaciones culturales.

La inteligencia artificial no va a decidir qué lenguas deben sobrevivir. Lo que va a hacer es amplificar las ventajas de unas y las carencias de otras. Privilegios y limitaciones que no son sino los que cada comunidad lingüística ha construido.

Allí donde existen hablantes comprometidos, producción científica, creación cultural y abundancia de contenidos digitales, las oportunidades aumentan. Cuando esos recursos escasean, las limitaciones se multiplican.

Tal vez dentro de un siglo los historiadores señalen nuestra época como el inicio de una nueva etapa en la evolución de las lenguas.

La escritura las hizo perdurables.

La imprenta multiplicó su alcance.

Internet transformó su difusión.

Y la inteligencia artificial exige ahora que, además de ser habladas por las personas, sean comprendidas por las máquinas.

*** Rafael del Moral es filólogo.