El 2 de abril de 2007, en el 25º aniversario de la invasión argentina a las Malvinas, escribí un artículo que circuló por varios periódicos de Iberoamérica y España. El argumento central era que la soberanía argentina sobre las islas era históricamente insostenible, que la colonización argentina nunca había sido más que una ficción brevísima y mal documentada, y que el derecho de autodeterminación de los malvinenses debía ser respetado.

Me llegaron emails con amenazas de nacionalistas argentinos. No me arrepiento de lo que escribí entonces.

Pero el mundo ha cambiado. Y cuando el mundo cambia, los argumentos deben actualizarse.

Este Mundial de 2026 ha revelado cosas que van mucho más allá del fútbol. Cuando Argentina eliminó a Egipto en cuartos de final, el comentarista egipcio Mohammed Nour publicó un video en el que explicaba, con toda la seriedad del mundo, que Argentina no había ganado sino que lo había hecho "Israel, es decir, la FIFA y los árbitros".

Según Nour, "la selección argentina es un equipo israelí por excelencia" porque Milei es amigo de Netanyahu, Messi visitó el Muro de los Lamentos en 2013 con el Barcelona, y Yair Netanyahu fue quien llevó a Messi a Inter Miami.

En Wikipedia, alguien editó la página del árbitro francés François Letexier para afirmar que provenía de una familia judía ortodoxa de Bretaña.

Los jugadores de la Selección Argentina reivindican las Malvinas durante el Mundial. EFE

La conspiración Mossad-Messi-Milei-FIFA estaba servida.

A esto se sumó otro frente. La izquierda occidental lleva años señalando que la selección argentina no tiene jugadores negros como prueba de algún pecado histórico.

El Washington Post publicó en 2022 un artículo que hablaba de "black erasure" en Argentina (la supuesta eliminación deliberada de la población negra del país).

La realidad es más sencilla y menos conspirativa. Argentina no tuvo economía de plantaciones ni grandes contingentes de mano de obra esclava como Brasil, Cuba o el sur de los Estados Unidos. La esclavitud existió, pero en escala mucho menor, y la inmigración europea masiva de fines del siglo XIX transformó la demografía del país.

No hay erasure, hay historia demográfica. Pero en el universo woke, ganar sin jugadores negros es sospechoso. Y ganar con Milei de presidente es directamente imperdonable.

Javier Milei junto a su hermana, Karina Milei. Reuters

Luego llegó la semifinal contra Inglaterra. Dos jugadores salieron al campo tras la victoria con una pancarta que decía "las Malvinas son argentinas".

El gobierno de Keir Starmer (ese mismo Starmer que acaba de intentar ceder las Islas Chagos a Mauricio en uno de los gestos de rendición territorial más gratuitos e inexplicables de la historia reciente) exigió una investigación de la FIFA. Un portavoz dijo con cara de póker: "El Mundial puede no ser nuestro, pero las Malvinas definitivamente lo son".

La FIFA abrió una investigación. Milei dijo que los jugadores se habían dejado llevar por la emoción y que probablemente habría una multa. Nada indica que vaya a pasar gran cosa. Argentina perdió la final contra España, pero la pancarta ya había cumplido su función.

Todo esto viene a cuento porque el reclamo argentino sobre las Malvinas ya no vive en el mismo universo ideológico que en 1982. Ni en el de 2007. Entonces era el argumento de los militares golpistas y de los nacionalistas que llevaban décadas programando a la población con una obsesión territorial meticulosamente cultivada: un himno a las Malvinas que aprendíamos y cantábamos en el colegio; un feriado nacional inamovible el 2 de abril y una segunda conmemoración el 10 de junio que, aunque ya no es feriado oficial, sigue celebrándose; la palabra "Malvinas" incrustada en la nomenclatura de barrios, calles y municipios de todo el país.

Era el tipo de causa irredentista que los gobiernos de la región siempre han cultivado con esmero cuando la realidad doméstica se ponía fea. Las Malvinas cumplían para Argentina la misma función que Palestina para los gobernantes egipcios, sirios y árabes en general: un espectáculo secundario para entretener al pueblo (para marear giles) y desviar la atención de los verdaderos responsables del desastre.

Que haya nacido de la peor manera no quiere decir que no tenga razón de ser.

Porque hoy ese reclamo lo formula una Argentina radicalmente distinta. La Argentina de Milei es optimista, pro occidental, aliada firme de Israel y de Estados Unidos, decididamente anti woke en un momento en que Gran Bretaña es quizás el país desarrollado más woke del mundo, y con una economía que tras años de catástrofe kirchnerista empieza a recuperarse.

Que esa Argentina reivindique las Malvinas no es lo mismo que cuando lo hacía Galtieri.

Y del otro lado del argumento está una Gran Bretaña que ya no es lo que era. En 1982 todavía tenía Hong Kong. Todavía tenía una marina de guerra capaz de cruzar el Atlántico y recuperar un territorio en el extremo sur del mundo. Todavía tenía a Margaret Thatcher, que cuando le informaron de la invasión argentina respondió, no con un comunicado de prensa, sino con una flota.

El analista Konstantin Kisin lo resumió tras el partido: "La selección de fútbol de Inglaterra perdió por la misma razón por la que el país está perdiendo: las personas a cargo temen asumir riesgos y tratan de aferrarse a lo que tienen en lugar de ser ambiciosas respecto al futuro".

No hay que ser aficionado al fútbol para entender que eso describe también la política exterior, la demografía y la estrategia de defensa del Reino Unido en las últimas dos décadas.

En Washington, alguien tomó nota. Andrew Giuliani, jefe de la task force para el Mundial designada por la administración Trump, dio luz verde a que Argentina volviera a desplegar la pancarta de las Malvinas si ganaba la final (los jugadores argentinos, dijo, tienen derecho a expresar sus opiniones).

Londres protestó. Washington no le prestó mayor atención.

Marc Zell, presidente de Republicans Overseas en Israel, lo dijo sin rodeos: "Las alianzas no son herencias. Son cuentas vivas de reciprocidad. Reagan estuvo con Gran Bretaña cuando Gran Bretaña era el aliado que importaba. En 2026, el aliado que importa puede estar ondeando una bandera diferente".

No es poca cosa que lo diga quien lo dice.

No abogo por una guerra. Abogo por una negociación. El gobierno argentino debería aprovechar este momento (el declive británico, la sintonía de la administración Trump con Milei, el contexto del Mundial que volvió a poner el tema en la agenda) para forzar una conversación seria sobre una transferencia paulatina de soberanía, con garantías robustas para los menos de 3.500 malvinenses y compromisos argentinos verificables.

El antecedente de Hong Kong, donde China no cumplió nada de lo prometido, debe servir de advertencia: cualquier acuerdo necesita mecanismos de verificación que no dependan de la buena fe de Buenos Aires.

Pero eso es un argumento para diseñar bien el acuerdo, no para no negociarlo.

Bandera británica en Port Stanley, en las islas Malvinas. Arnold Drapkin

En cuanto al derecho de autodeterminación de los malvinenses: sigo creyéndolo. Pero ese derecho no puede ser el único factor que determine la política sobre territorios en disputa para siempre, especialmente cuando la potencia que las administra ya no se parece en casi nada a la de 1982.

Lo que cambió en cuarenta y cuatro años no son las islas (que siguen siendo inhóspitas, ventosas y escasamente pobladas).

Tampoco cambió quién las reclama ni quién las tiene.

Lo que cambió, y de manera profunda, es lo que cada uno representa.

La Argentina que hoy reclama las Malvinas es más responsable, más confiable y más alineada con los valores occidentales que la que mandó sus soldados en 1982. La Gran Bretaña que hoy las administra es considerablemente menos de todo eso que la que mandó su flota (abandonó el proyecto europeo que contribuyó a construir, se deteriora social y económicamente a pasos agigantados, y su clase dirigente ha hecho del managed decline casi una política oficial).

Para Washington, una Argentina que crece, que comparte sus valores y que aspira a ser un actor global de peso es hoy un aliado con mucho más futuro que una Gran Bretaña en retirada. Eso debería cambiar el cálculo.

*** Pablo Kleinman es empresario de medios de comunicación y presidente del Hispanic Jewish Endowment en Miami.