Siempre recordaremos el Mundial de 2026 porque España fue campeona.

Sin embargo, también lo recordaremos por algo de lo que España careció: la liturgia de las celebraciones.

Noruega festejó cada victoria sentada en el césped, remando como una tripulación vikinga al ritmo de un tambor de guerra, con Haaland y Ødegaard de cómitres y la grada entera siguiéndolos al unísono.

La selección inglesa cantó, junto a los aficionados, Wonderwall de Oasis en un karaoke multitudinario después de cada victoria (una celebración que superó fronteras y alcanzó a todos los amantes del grupo).

Los ejércitos de ambos países replicaron los festejos, y el remo noruego se convirtió en un fenómeno viral del torneo, imitado en el Parlamento noruego y hasta en las camas de los hospitales.

No es una anécdota. Las naciones proyectan identidad, y la que proyecta el fútbol de selecciones no divide (no, al menos, en las selecciones que han celebrado los festejos con orgullo). Con estas celebraciones, Inglaterra y Noruega se están contando a sí mismas quiénes son.

Pero con España, estas celebraciones no fluirían con normalidad, y a los hechos me remito. España ganó el Mundial sin celebración propia. Sin coreografía, sin canción, sin rito. No tenemos siquiera letra en el himno: nuestro himno no se canta, se tararea. Campeones del mundo al grito de "lo-lo-lo-lo".

La razón es incómoda: los símbolos culturales tradicionales españoles nos dividen. Más allá del Que viva España de Manolo Escobar (compuesta, por cierto, por dos belgas: ni nuestro himno pop es de producción nacional) y del "¡a por ellos!", no hay liturgia compartida.

Imaginen a la selección celebrando con montera y capote o marcándose unas bulerías.

Más aún, imagínense a la selección ataviada como los tercios de Flandes, como hicieron los noruegos disfrazándose de vikingos (pese a las incursiones nórdicas de ataque relámpago y saqueo, los noruegos aceptan su pasado vikingo como patrimonio nacional).

La polémica habría durado semanas: para media España sería fascismo renacido, casposidad, apropiación o maltrato animal.

En España, la identidad nacional sigue siendo un campo minado, y este Mundial lo ha vuelto a reflejar. Sin querer, la ya famosa columna que Arcadi Espada escribió sobre la Selección indica que adoramos el colectivismo. España y su juego, venía a decir irónicamente, lo demuestran: devoción litúrgica por el sistema, miedo al desequilibrio individual.

Rechazo a la excelencia individual como seña de identidad, en suma.

Sin entrar en esta apreciación, la columna de Espada evocó a un servidor otra pregunta, más antropológica si cabe. ¿Qué identidad nos define cuando celebramos a nuestra selección?

La respuesta la dieron dos millones de personas en las calles de Madrid y otros tantos millones en toda España. A los españoles nos encanta el cachondeo, y se notó: Cibeles convertida en una gran verbena, Aitana cantando, Lamine y Nico bailando, el autobús descapotable, las bufandas, los cánticos, el calor.

Y algún símbolo asomó sin pedir permiso, pero de forma modesta. Alguna provocación, como la gorra de Ferran Torres.

El balance de aquella noche: sin disturbios, sin heridos, sin escaparates rotos, sin contenedores ardiendo. El lunes, todo el mundo de vuelta al tajo o a sus quehaceres diarios. Compárese con otras latitudes, donde las finales se celebran con gas lacrimógeno y luna de escaparate por los suelos.

Eso (fiesta masiva con civismo espontáneo, cachondeo sin sangre) es la verdadera identidad española del siglo XXI. Y va siendo hora de asumirlo.

No necesitamos remos, cuernos ni baladas de Manchester. Nuestro rito nacional es tomar la plaza, montar la fiesta del siglo y devolverla intacta.

De la España cainita del navajazo a la España del confeti. Que un país entero pueda echarse a la calle a lo grande sin que arda nada es un indicador de salud cívica que ya quisieran muchas democracias de nuestro entorno. No sale en el PIB, pero debería.

Tampoco es un reflejo de la polarización que se vive en las redes sociales, donde cada mañana parece que empieza de nuevo la guerra civil nunca terminada.

Rodri celebrando la victoria de la Selección en Cibeles. Reuters

Y ya que asumimos quiénes somos, pongámosle letra al himno. A mí me gusta la del maestro Eduardo Marquina, la que sonó en tiempos de Alfonso XIII: "¡Gloria, gloria, corona de la patria, soberana luz, que es oro en tu color! ¡Vida, vida, futuro de la patria, que en tus ojos es abierto corazón! Púrpura y oro: bandera inmortal".

Se puede discutir, actualizar o encargar otra al mejor poeta vivo. Lo que no se puede es ser campeones del mundo tarareando. Un himno sin letra es una nación que no se atreve a manifestarse en voz alta.

En 2030, además, el Mundial se juega en casa, con Portugal y Marruecos. Tenemos cuatro años para ensayar. Que cuando llegue la próxima copa, los ingleses canten a Oasis, los noruegos remen y España, por fin, cante algo. Aunque sea entre risas y copas.

Sobre todo, entre risas y copas. Es la identidad que nos une. Y es nuestra manera de ir en serio.

*** Elías Cohen es profesor de relaciones internacionales de la Universidad Francisco de Vitoria.