Con el pitido del esloveno Vincic, tras ciento veinte minutos de contienda, terminó el pasado domingo 19 la final de la edición más mastodóntica de la Copa del Mundo de selecciones (cuarenta y ocho participantes y ciento cuatro partidos sólo en esta última fase, celebrada en México, Estados Unidos y Canadá).

Y con ese mismo pitido, un país entero se echó a la calle a celebrar y otro se recogió para dolerse de la derrota. Ambos en la misma lengua, eso sí.

Es lo que tiene el fútbol, su inextricable poder taumatúrgico. Y más cuando se trata de la máxima competición y de las selecciones que representan a toda una nación.

Porque, no nos engañemos, será sólo un deporte, pero contiene la semilla y la clave para entender muchas otras cosas y, sobre todo, para intentar entendernos a nosotros mismos.

España y Argentina jugamos enteras el pasado domingo. Una contra otra. Únicamente los jugadores saltaron al campo; únicamente ellos tocaron la pelota, corrían, se lanzaban a evitar el avance del contrario y, acabado el partido, únicamente ellos sintieron el cansancio físico real, acumulado, algunos tumbándose agotados sobre el césped.

Pero, en cada casa, pueblo y ciudad de España, en cada ciudad, pueblo y casa de Argentina, todos jugamos esa noche ese partido, todos nos sentimos concernidos (personalmente) por los movimientos de nuestros equipos, por los pases exitosos y los fallidos, por los remates que casi entraban y por los que iban fuera, por cada quiebro, cada interceptación, cada recuperación.

Rodri Hernández. Reuters

Estábamos allí, sobre el campo, cada uno de nosotros, por más que jugasen realmente otros compatriotas, por más que la pelota (desde luego, afortunadamente) la manejasen únicamente ellos.

Sí, el fútbol nos apela de una manera que es difícil de encontrar en otras actividades humanas. Tiene esa capacidad. Hayamos jugado de chicos o no habiendo dado nunca una patada a un balón, lo que ocurre en una final de un Mundial en que juega nuestra selección nos configura, nos identifica como colectivo, nos vehicula como pueblo.

Y lo hace casi más que cualquier otra cosa, pues, en ese contexto, nos resulta relativamente fácil entender que, al margen de nuestras diferencias, en realidad todos vibramos con idéntica pasión, todos nos alegramos hasta la extenuación con los goles que marca nuestro país y nos desesperamos hasta la exasperación cuando encajamos un gol del contrario.

Y, al final, cuando el árbitro pita señalando que todo ha terminado, somos todos los que hemos ganado y son todos los que han perdido, o viceversa.

Unai Simón. Reuters

Y ahí, sí, ya sin pudor alguno, entonamos todos una misma voz y un mismo orgullo: el de saber que nuestro país está lleno de gente muy grande, que es capaz de hacer grandes cosas cuando se une, cuando nos unimos, cuando sabemos entender que juntos somos siempre mucho mejores.

Y, que, del otro lado, incluso en la derrota también se puede crecer más si lo hacemos junto a otros, si entendemos esa suerte de pertenecer a algo mucho más grande que cada uno de nosotros, a eso que, cuando muchos latimos juntos, llamamos simplemente patria.

¡Gracias, compatriotas de la Selección Española, por la lección de esfuerzo colectivo, por la pasión, por el arte, por la ilusión, por la generosidad!

¡Y a recuperarse hermanos argentinos!

Es solo fútbol, sí. Y volverá a serlo en una próxima ocasión, sin duda.

*** Alfonso Trallero es abogado penalista.