El nacionalismo catalán basa su hegemonía cultural tanto en una impúdica facilidad para manipular la historia como en la secular condescendencia pública de amplios sectores de la sociedad catalana y del conjunto de España, que por no molestar asumen acríticamente sus dogmas y ficciones.

Así, hay catalanes que sin ser nacionalistas aceptan como si nada que el 11 de septiembre Cataluña celebra una "derrota" como si en la Guerra de Sucesión (que no de Secesión) no hubiera habido catalanes partidarios de los Habsburgo, por lo que resulta de todo punto evidente que presentarla como una derrota de Cataluña es un disparate antihistórico.

También hay catalanes no nacionalistas que asumen de manera acomodaticia que la única manera de que la lengua catalana sobreviva es manteniendo un sistema educativo monolingüe en catalán que excluye la lengua mayoritaria de los catalanes, el español, como lengua de enseñanza.

Como si el empeño en mantener contra toda evidencia la mal llamada inmersión (un artefacto del nacionalismo ordenado a alterar los usos lingüísticos de la sociedad catalana) favoreciera el uso social del catalán y no al revés, por cuanto la imposición genera rechazo.

Ambos son dogmas y ficciones que permiten al nacionalismo retener la hegemonía cultural en Cataluña y seguir condicionando la política española mediante chantaje. Son sólo dos ejemplos.

Otro ejemplo palmario lo estamos viendo estos días con el histórico triunfo de la Selección Española en el Mundial de fútbol celebrado en tierras americanas. Se trata de la especie (metódicamente enunciada por Rufián en un tuit) según la cual los centenares de miles de catalanes que salieron a celebrar el título de España a lo largo y ancho de Cataluña lo hicieron sólo porque en la Selección hay jugadores catalanes o del Barça.

Lo mismo dijeron en 2010, cuando España ganó en Sudáfrica el primer Mundial de su historia.

La idea es convencer al mundo de que la adhesión de los catalanes a España no es de corazón. Que no es natural, sino meramente instrumental, interesada y siempre supeditada a otros factores más "puros" como la identificación con Cataluña o el Barça.

Bastaba echarse a las calles de Barcelona, Badalona, Sabadell, Gerona, Lérida o Tarragona tras el partido contra Argentina para desmentir a Rufián y todos aquellos que se empeñan en minusvalorar la profundidad del sentimiento de españolidad de la mayoría de los catalanes.

Riadas de ciudadanos catalanes de todas las edades, sobre todo jóvenes, de toda clase y condición, salieron a la calle para ondear banderas de España (y no de Cataluña ni del Barça) y dar vivas a España con una intensidad sentimental acaso superior a la del resto de las ciudades españolas.

Algunos no quisimos perder la ocasión de recorrer con nuestros hijos hasta bien entrada la madrugada el Paseo de Gracia, la Gran Vía, la Plaza de Cataluña o la de España de Barcelona, y, a diferencia de Rufián, estamos en disposición de afirmar sin ambages que la mayoría de los catalanes nos sentimos tan españoles como el que más.

Ferrán Torres durante la final del Mundial. Europa Press

Mal que les pese a los que se empeñan en perpetuar las ficciones del negocio nacionalista que tanto rendimiento ha dado a sus más eminentes predicadores, desde Pujol a Rufián pasando por Montilla, Mas y Puigdemont.

En su deliciosa entrevista con Joaquín Soler Serrano en el programa A fondo, de 1977, Josep Pla dejó una frase memorable sobre el empeño del nacionalismo por desnaturalizar a los catalanes. "Un catalán es un ser que se ha pasado la vida siendo español cien por cien y ahora le han dicho que tiene que ser otra cosa", sentenció el genio ampurdanés.

Y en eso siguen, intentando convencernos de que tenemos que ser otra cosa.

Quienes vivimos la noche del 19 al 20 de julio del 2026 en las calles de Barcelona y otras ciudades de Cataluña podemos negar y negamos rotundamente la mayor: los catalanes no vamos con España sólo (ni principalmente) porque en la Selección haya jugadores catalanes o del Barça, sino porque nos sentimos españoles por los cuatro costados y también (a qué negarlo) porque estamos hasta el moño de que se cuestione nuestra españolidad y patriotismo.

Como catalán, me cuesta creer que en otras ciudades de nuestro país se viviera con tanta intensidad como por ejemplo en Barcelona el triunfo de España.

Por cierto, no deja de resultar sintomático que cada vez que en la red social X (antes Twitter) empiezo un mensaje con la premisa "como catalán" me lleguen centenares de respuestas de perfiles nacionalistas negándome la condición de catalán. Sin duda, esto no me ocurriría si hubiera nacido en Asturias o Extremadura, y desde luego sería considerado (con razón) una reacción que rezuma racismo y xenofobia si, en un caso homologable, alguien le negara la condición de español a una persona nacida en España que se declara orgullosamente española.

A Rufián también le niegan la condición de catalán, aunque en su caso lo hacen sus propios conmilitones, cuadros y militantes de su partido y de su espectro ideológico que le niegan el pan y la sal de la catalanidad, a pesar de lo cual él sigue alimentando ficciones que resultan pertinentes no sólo para prorrogar la hegemonía nacionalista, sino sobre todo para seguir engrosando su propio peculio. Denle pan y llámenle tonto.

Ni que decir tiene que la ficción seguirá viva mientras en Cataluña gobierne el PSC, con un presidente como Salvador Illa, que con una mano escribe un tuit felicitando a la Selección Española, y con la otra pacta con ERC redoblar su ofensiva por la oficialidad de las selecciones catalanas. El PSC es parte consustancial de la ficción nacionalista que tan bien representa Rufián.

Mientras tanto, los catalanes seguiremos trabajando, como siempre, por hacer España grande otra vez, como rezaba la gorra que lucía el culé y valenciano Ferran Torres en la celebración del Mundial por las calles de Madrid.

Gracias a él, a sus compañeros y al seleccionador, Luis de la Fuente, y a su cuerpo técnico por habernos vuelto a ilusionar a todos los españoles, sin distingos ni complejos.

*** Nacho Martín Blanco es diputado del PP en el Congreso.