Hay películas que sin pretenderlo demuestran exactamente lo contrario de lo que pretendían. Benditas sean, porque ellas ejemplifican a la perfección aquello que decía Spinoza: cuando Pedro habla de Pablo, en realidad está hablando de Pedro.

Me encontré con Anniversary en no sé qué plataforma. Y, aunque la actriz principal, Diane Lane, me resulta un poco irritante, me enganché rápidamente a ella.

El motivo de que Lane me desagrade, más allá de que nunca termine de parecerme convincente en sus personajes, es que no tiene nariz.

A mí una mujer napiona, sobre todo si es italiana, me parece la forma más perfecta que tiene la belleza de rebelarse contra las pretensiones ordenancistas del canon clásico. Pero una mujer sin nariz me resulta algo fantasmal y asexuado. Algo que me sugiere, no sé muy bien por qué, cortedad de miras y pequeñez de alma.

Creo que la única mujer que tiene menos nariz que Diane Lane es Cuca Gamarra.

Pero vamos a lo que vamos.

Anniversary es de esas películas que es aún más mala por no serlo del todo, ya que, aunque sea de un modo involuntario, nos permite al menos tomarle el pulso al estado de paranoia ideológica que aqueja la izquierda actual.

Una paranoia consecuencia, en primer lugar, de la convicción profunda de hallarse en posesión exclusiva de la verdad. Y, en segundo, de la idea de que cualquiera que piense distinto supone una amenaza capital para su propia existencia.

Cartel de la película 'Anniversary' (2025). Prime Video

La película se pretende una proyección apocalíptica de nuestro presente. Pero termina reflejando sin quererlo el estado de paranoia profunda en el que vive la izquierda americana y, por extensión, la del resto del mundo.

De hecho, a mí me atrapó porque la cerril intolerancia de la que hace gala la familia progresista desde el principio daba pie a interpretar que nos encontrábamos ante una denuncia que, desde dentro del mismísimo Hollywood, se hacía sobre el tradicional desprecio que la izquierda ha solido mostrar por cualquiera que no piense lo que ella dicta, sea que cuatro dedos son cinco o que son cinco y cuatro al mismo tiempo.

Ya desde George Orwell y su mejor alumno, Pedro Sánchez, sabemos de las virtudes del "doblepensar".

Por supuesto, mis expectativas se vieron defraudadas.

Lo que yo entreví ingenuamente como una posibilidad de sátira no era sino otra exhibición más de lo que conocemos como "superioridad moral de la izquierda", si bien mostrada con toda impudicia y naturalidad.

El trato que la familia protagonista, inasequible a cualquier conato de duda, le dispensa a la nuera de derechas, simplemente por el hecho de serlo, bascula unas veces hacia el ultraje y otras hacia el desprecio.

Ni que decir tiene, sin embargo, que, adicta como ha sido siempre la izquierda a las peticiones de principio, la nuera finalmente resulta ser la aviesa fascista que todos había sospechado desde el principio.

A partir de aquí, uno puede permitirse el lujo de fantasear hasta qué punto todo hubiera resultado mucho menos convencional si, por ejemplo, se hubiese planteado una dialéctica mínimamente creíble entre dos tipos de intolerancia de signo distinto.

O algo aún mejor en el ecosistema hollywoodiense: que la nuera finalmente no hubiera respondido a las presuposiciones de la familia. Y que hubiera resultado ser simplemente la víctima de una intransigencia dogmática que o no comprende o directamente desprecia el orden liberal.

"¿Cabe alguna posibilidad, no ya de acuerdo, sino simplemente de diálogo con un segmento de la sociedad que considera que cualquiera que piense diferente es un enemigo radical?

Pero, como decía el poeta, no debemos afligirnos. El destino de la película no podía ser otro que el de una distopía policial de corte fascista en la que cualquier discrepante puede ser detenido y, mucho nos suponemos, eliminado.

Vamos, lo que cualquier remitente de cartas al director de El País piensa de la América de Trump.

Al fondo de Anniversary resuenan los ecos de La invasión de los ultracuerpos, convertidos ahora en sibilinos criptofascistas que se infiltran en las familias. Y que, con formas amables y sin entrar en polémicas innecesarias, se dedican a destruirlas.

Por eso, si es el involuntario desnudo integral que perpetra Anniversary se corresponda con el estado mental de la izquierda actual, la pregunta que se impone es la siguiente:

¿Cabe alguna posibilidad, no ya de acuerdo, sino simplemente de diálogo con un segmento de la sociedad que ya desde el principio considera que cualquiera que piense diferente es un enemigo radical al que hay que negarle el pan y la sal?

¿Puede funcionar una democracia en la que uno de los actores no cree en el derecho a la discrepancia o, peor aún, piensa que esta sólo puede ser el síntoma de una enfermedad moral?

Tras varias décadas interminables de hegemonía exclusivista en el orden cultural, la izquierda ha entrado en pánico al encontrarse con unas fuerzas de derecha que ya no sólo no le compran sus premisas, sino que, por parafrasear a Oscar Wilde y al último libro de Žižek, han perdido el miedo a decir su nombre.

El problema es que, comoquiera que el campo de juego, tanto en el terreno mediático como en el cultural, sigue estando en manos de la izquierda, a estas fuerzas se las ha calificado, sin mayores corroboraciones empíricas, de ultraderecha. Y, a partir de ahí, se las denuncia como avanzadillas apenas disfrazadas del fascismo clásico.

"En ninguno de los países gobernados por la 'ultraderecha' se dan ataques a las bases del sistema democrático comparables a las que estamos sufriendo en la España de Sánchez"

Pero vayamos entonces a los hechos.

Uno de los mantras más recurrentes del progresismo militante es que, con la llegada de la ultraderecha al poder, desaparecerán derechos esenciales, que es como generalmente llaman a muchos privilegios particularizados que le ha permitido un alto grado de control social.

En Andalucía, por ejemplo, con un timidísimo acuerdo entre PP y Vox, ya estamos escuchando la letanía del inminente asalto de la ultraderecha a las conquistas de las mujeres y los homosexuales.

Si nos vamos, sin embargo, a países en los que esta gobierna en solitario, no encontramos nada de ello.

¿Se están restringiendo en la Italia de Meloni o en la Argentina de Milei? Más bien todo lo contrario.

Lo que sí se ha producido son recortes de gastos que iban destinados al mantenimiento de asociaciones y organismos que, con el pretexto de velar por la situación de determinados colectivos, parasitaban a tope los presupuestos del Estado. Y que funcionaban de facto como redes clientelares mantenidas con los impuestos de los sufridos y cada vez más esquilmados ciudadanos.

Es más, en ninguno de esos países, ni siquiera en la América de Trump, pueden observarse ataques a las bases constitucionales del sistema democrático comparables a las que estamos sufriendo en la España de Sánchez.

Por eso, tal vez el progresismo debiera preocuparse menos de alimentar fantasías distópicas que sólo vemos en dictaduras de izquierda y más en recuperar algo de su vieja tradición liberal (si es que algo les queda).

Y si alguna vez detectamos verdaderos signos de autoritarismo en los gobiernos de las derechas de nuestro tiempo, tampoco deben inquietarse: ya nos ocuparemos nosotros de defender la democracia liberal en la que sí creemos, mientras ellos siguen apoyando cada vez que pueden a paraísos de la justicia social como Cuba y Venezuela.

*** Manuel Ruiz Zamora es filósofo.