Durante la última década el debate sobre la movilidad urbana a demanda ha girado alrededor de la pregunta ¿taxi o VTC? Políticos, tribunales, asociaciones y plataformas han librado una batalla regulatoria sin precedentes, hasta el punto de instaurar el concepto 'guerra del taxi' y convertir este sector en uno de los más conflictivos y judicializados de España.
Aunque aún los taxistas siguen maltratando a usuarios y cortando las calles con protestas, ya han sido eliminados de la nueva guerra y no lo ven. La siguiente guerra ya ha comenzado, y, paradójicamente, los taxistas apenas van a participar en ella.
La revolución que llega no enfrenta al taxi con Uber, ni siquiera al taxi con las VTC. La auténtica batalla será entre dos modelos tecnológicos radicalmente distintos para dominar el mercado mundial del robotaxi. Entre el modelo Uber y el modelo Tesla.
Y Madrid será uno de los primeros escenarios.
Uber ya ha anunciado oficialmente que antes de finalizar 2026 comenzará a operar los primeros robotaxis en Madrid junto a la empresa china WeRide y el operador español AVOMO. Los primeros vehículos circularán con un 'operador de seguridad' a bordo, pero el objetivo es evolucionar progresivamente hacia una conducción completamente autónoma conforme lo permita el marco regulatorio. Esta es la clave, pues de no adaptarse hará imposible la prestación de estos servicios para cualquier operador.
La revolución que llega no enfrenta al taxi con Uber, ni siquiera al taxi con las VTC. La auténtica batalla será entre dos modelos tecnológicos para dominar el robotaxi
No se trata de un experimento aislado, es un imperativo para no quedarse descolgados del futuro y forma parte de un plan global que contempla el despliegue conjunto de Uber y WeRide en quince ciudades antes de 2030 y que sitúa a Madrid como una de las principales puertas de entrada del robotaxi o vehículo autónomo en Europa
Bolt tampoco quiere quedarse fuera. Aunque todavía no ha señalado Madrid como mercado prioritario, ya ha anunciado acuerdos estratégicos con Pony.ai y Stellantis para desarrollar una gran red europea de robotaxis durante la próxima década.
Mientras tanto, Tesla juega una partida completamente distinta. Muchos siguen pensando que Tesla compite contra Uber. Pero, en realidad, apenas compiten entre sí.
Uber, aunque lo planteó en sus comienzos, ya no quiere fabricar coches. Y Tesla no quiere ser una simple plataforma. Uber aspira a convertirse en el gran mercado mundial de la movilidad autónoma.
Igual que Booking no posee hoteles o Airbnb no construye viviendas, Uber pretende coordinar la demanda, la aplicación, los pagos y los clientes, mientras diferentes fabricantes aportan la tecnología. Hoy firma acuerdos con WeRide, Waymo, Pony.ai o cualquier empresa capaz de desarrollar una conducción autónoma segura. Su apuesta consiste en ser el intermediario universal del robotaxi.
No se trata de un experimento aislado, es un imperativo para no quedarse descolgados del futuro
Tesla, en cambio, quiere controlar toda la cadena de valor. Aspira a aunar en su propio sistema el vehículo, la inteligencia artificial (IA), el software, la plataforma y la relación directa con el usuario. El de Tesla es un modelo mucho más parecido al de Apple que al de Uber.
La diferencia tecnológica también resulta importante, porque la mayoría de las compañías que desarrollan robotaxis (Waymo, WeRide o Pony.ai) utilizan una combinación de cámaras, radares, sensores LIDAR (Laser Imaging Detection and Ranging), mapas de alta precisión e IA. Se trata de una filosofía basada en la redundancia: cuantos más sensores, mayor capacidad para detectar errores y aumentar la seguridad.
Pero Elon Musk con Tesla sostiene exactamente lo contrario. Es decir, que, si una persona conduce utilizando básicamente los ojos y el cerebro, un coche también debería hacerlo mediante cámaras y redes neuronales. Por eso Tesla ha eliminado el LIDAR y apuesta casi exclusivamente por la visión artificial alimentada por millones de kilómetros recorridos por sus propios vehículos.
La industria considera que la estrategia de Uber y sus socios ofrece hoy mayores garantías de seguridad. Pero Musk cree que, si consigue demostrar que su sistema funciona igual de bien únicamente con cámaras, el coste de cada robotaxi será muy inferior al de sus competidores (180k€ vs 35k€). Y ahí reside su apuesta.
Así que la batalla no es estrictamente tecnológica, sino más bien económica. Uber obtendría una comisión por cada viaje realizado en cualquier vehículo autónomo conectado a su plataforma, mientras que Tesla pretende quedarse con todo el negocio.
La industria considera que la estrategia de Uber y sus socios ofrece hoy mayores garantías de seguridad
Elon Musk incluso ha planteado una idea que transformaría completamente el mercado al proponer que cualquier propietario de un Tesla pueda incorporar su vehículo a una red mundial de robotaxis cuando no lo esté utilizando, obteniendo ingresos de forma similar a como hoy se alquila una vivienda a través de Airbnb. Pero para ello, requeriría de cambios en la regulación.
Y mientras tanto, los taxistas continúan librando una guerra que pertenece al pasado, obcecados en poner puertas al campo y limitar la actividad de las VTC mediante restricciones administrativas, barreras regulatorias y conflictos judiciales, en su “lógica” de mercado protegido. Pero su miopía les impide ver que la innovación no espera a que las batallas regulatorias, va por delante siempre.
Mientras siguen discutiendo tiempos mínimos de 15 minutos de precontratación, geolocalización o autorizaciones urbanas, la tecnología ya ha conseguido eliminar al conductor.
Es una gran ironía. Tras años intentando decidir quién podía o no transportar pasajeros (como si fueran clientes cautivos), la tecnología prescindirá de todos los conductores, sean taxistas o asalariados de una VTC.
Los taxistas continúan librando una guerra que pertenece al pasado
La nueva competencia ya no consistirá en conseguir una licencia más o una autorización menos. Consistirá en desarrollar la mejor inteligencia artificial, captar más usuarios y construir la plataforma capaz de conectar millones de desplazamientos diarios. Ese partido se juega con miles de millones de euros en inversión, con redes neuronales, centros de datos y alianzas globales entre fabricantes de automóviles y empresas tecnológicas.
Y, lamentablemente, ni el taxi español ni buena parte de sus organizaciones representativas parecen haber decidido participar en él. De hecho, llevan años de espaldas, negando la realidad, y confundiendo proteger un mercado con preparar el futuro.
Habrá robotaxis en nuestras ciudades, antes o después, y los taxistas quedarán al margen, como espectadores, por su propia irresponsabilidad. La nueva guerra por el mercado ya no se librará entre el taxi y las VTC, sino entre el sistema abierto de Uber y el modelo integrado de Tesla. Aún no sabemos quién ganará, o a quién le allanarán el camino los políticos y sus regulaciones.
Estamos ante la mayor transformación del transporte urbano desde la aparición del automóvil. Apasionante.
*** Emilio Domínguez del Valle es abogado, experto en movilidad y transportes.
